El lado bueno de las cosas

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No tan extrañas coincidencias

Flirteando con el desastre (David O. Russell, 1996) lo tenía todo para ser un clásico. Protagonizada por un reparto en estado de gracia, de Ben Stiller a Richard Jenkins pasando por Téa Leoni, despliega un sentido del humor capaz de cruzar el disparate con el patetismo, pero sobre todo muestra la personalidad de un director y guionista capaz de hacer de la comedia su forma de acercarse al interior de los personajes, satirizando con ellos nuestras comunes y vulgares vidas. Quien sabe lo que falló, quizás era demasiado pronto, no parece una película hecha para triunfar a mediados de los noventa. Similar suerte corrieron Tres Reyes (1999), sátira incomprendida en su momento por su carácter bélico, al igual que el Starship Troopers (1997) de Paul Verhoeven, o la imprevisible anarquía cómica de Extrañas Coincidencias (2004). Todo estaba en contra de David O. Russell, parecía destinado a ser un perdedor como los protagonistas de la película que nos ocupa. El éxito, Mark Whalberg y Oscars mediante, llegó al aportar modernidad (primordial elección musical y montaje) y la suficiente grasa de superación pugilística a la estructura de la espléndida The Fighter, en la que aparentemente se deja llevar por la épica del boxeo para finalmente contar lo que en realidad le interesa en sus films: el peso de la (des)estructura familiar en la sociedad norteamericana.

El estreno de El Lado bueno de las cosas (David O. Russell, 2012) ha consagrado por fin al neoyorquino como uno de los cineastas más relevantes del mal llamado cine independiente de Hollywood, una paradoja difícilmente sostenible de la que sus películas salen indemnes, ya sea por su personalidad tras las cámaras o por el fundamento que sus guiones aportan a un género y una sociedad en constante indecisión y amenaza. Si en Flirteando con el desastre su protagonista (Ben Stiller) buscaba con estrambótico infortunio a sus padres biológicos, en El lado bueno de las cosas este intenta recuperar, no con mayor fortuna, a su ex-mujer, renunciando a buscarse a sí mismo tras salir de un centro psiquiátrico y volver a vivir a casa de sus padres. Del evidente replanteamiento de nuestros orígenes a las incógnitas de nuestro futuro que no nos atrevemos a desvelar ni reconocer, su cine pone en cuestión a la familia para definitivamente abrazarla y reconfortarla como imperfecto lugar en el que quedarse. Quién no lo haría entre los brazos del más divertidamente irascible -y mejor- Robert de Niro en una década y de la fantástica (esta vez por entrañable) Jacki Weaver.

Aunque su estilo tras las cámaras pueda parecer imperceptible, lo cierto es que O. Russell toma decisiones terrenales, aunque no por ello menos valiosas. Cámara en mano acompaña a su personaje principal y se adentra en sus problemática personalidad. Desde el primer y simbólico plano del film, de espaldas a su cabeza en el psiquiátrico, hasta el dormitorio de sus padres de madrugada o a la sala de estar como continúa vorágine de la discusión familiar. Todo ello con inusitada naturalidad, sin apartar ni un segundo la cámara de los cuerpos y rostros que la pueblan. Con esta musculosa estrategia estética va a al núcleo de sus historias, de sus miserias. Y es que la pareja de baile protagonista de El lado bueno de las cosas no deja de estar formada por perdedores que están perdidos, por ello no estamos ante una comedia romántica cualquiera, ni podrá serlo, se escapa del estereotipo. Sus diálogos generan estímulos propios, y aunque esto pueda parecer un tópico, suenan auténticos, tienen una duración y complexión distinta al resto, quizás porque nacen de una excelente interpretación del texto y no solo al revés. Del mismo modo, en diversas secuencias se apodera de la imagen un estilo muy The Simpsons del gag, ya presente en Tres Reyes, que incluso incluía una referencia explícita con un peluche de Bart. ¿Y qué serie-película-documental-obra audiovisual (exceptuando algún video de comunión) ha reflejado mejor que nadie los problemas de una familia media norteamericana que la de Matt Groening? Probablemente ninguna. Los lazos cada vez parecen más reincidentes que coincidentes.

Igualmente, el trasfondo de las grandes novelas norteamericanas, las apuestas deportivas, el poder de integración del fútbol americano (o del deporte en sí) y los bailes de salón, son ingredientes que componen el film para volver una y otra vez al mismo concepto: la búsqueda de unidad, de orden familiar y sentimental en un último pase perfecto (para un touchdown o de baile, es igual), al fin y al cabo es lo único que intenta alcanzar el personaje interpretado excelentemente por Bradley Cooper, al borde de lo tragicómico todo el metraje, tratando de recuperar a su esposa, pero recuperando el amor y a sí mismo sin saberlo por el camino.

Si ahondamos resuena alguna (no tan) extraña coincidencia más allá. En los cincuenta años que difieren su contexto, podemos encontrar una correlación entre The Master (Paul Thomas Anderson, 2012) y El lado bueno de las cosas. Ambas parecen urgidas por una simetría invisible, caminan paralelas. Curiosamente, en palabras del propio Paul Thomas Anderson, The Master en realidad es una historia de amor. ¿Y qué es sino Silver Linings Playbook? Al igual que en El lado bueno de las cosas, su protagonista sufre un desorden bipolar tras la infidelidad de su esposa y su posterior ingreso psiquiátrico, en el film de PTA el personaje de Joaquin Phoenix está mentalmente trastornado tras la guerra y recuerda el amor perdido de una joven como la única posibilidad de salvarse. Frente a la odisea de recuperar esa idealizada vida que ya han perdido, cada uno es acogido por su propia familia y encuentra a su auténtico maestro. En The Master, Lancaster Dodd (Philip Seymour Hoffman) le lleva hasta lo más profundo de su mente por medio de sesiones de inmersión, le tiende la mano. La del personaje de Jennifer Lawrence para sacarle a bailar, que al fin y al cabo es lo que hacía Freddie Quell (Joaquin Phoenix) recorriendo aquella habitación a cabezazos de un extremo a otro. Un baile, otro tipo de danza, un ritual para que quizás todo cambie.

Y probablemente lo expuesto no se preste a una asociación específica, o debe ir más allá,  esta relación la encontraríamos en una diversidad de films contemporáneos. Quizás simboliza una corriente de pensamiento latente en el cine norteamericano actual, de desamparo. Un grito de ayuda que David O. Russell positiviza mirando el lado bueno de las cosas, sí, pero que también sabe mostrar con crudeza en una de las películas más emocionalmente directas y a la vez con más capas que continuar desentrañando de los últimos años.

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