El Universo Cinematográfico de Marvel: Fase I

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¿Sueñan los superhéroes con otros superhéroes?

No recuerdo donde leí un curioso comentario cuestionando el que los protagonistas de las películas de zombies parecían no haber visto nunca una. El reaccionar siempre con estupor y sorpresa ante los no muertos, o el ni siquiera saber lo que está ocurriendo resulta difícil de creer en un mundo que lleva mostrándolos en pantalla desde aquella La legión de los hombres sin alma (White Zombie, Victor Halperin, 1943). Cualquiera pensaría que alguna vez habrían visto alguna cinta de Romero, si acaso, y que al despertar ante tan desalentador y post-apocalíptico panorama sabrían inmediatamente cómo reaccionar.

Esta observación me llevó hace unos pocos días a hacerme otra pregunta, o la misma pregunta, pero cambiando el sujeto: ¿ven los superhéroes películas de superhéroes? ¿Sabe, por ejemplo, Spiderman que hay películas de Batman? ¿Ha visto Tony Stark la primera de ‘X-Men’? Existe sólo un superhéroe, por llamarle de alguna manera, que sí que podría hablar sobre películas de otros encapuchados, y tan sólo porque es uno que rompe con frecuencia la cuarta pared y que tiene conocimientos externos a su mundo: Deadpool. Más allá de éste, no sería descabellado asumir que los superhéroes que conocemos viven en un mundo paralelo en el que no se hacen películas de enmascarados.

Esta introducción viene a cuento porque cabría la posibilidad de una segunda teoría, mucho más sencilla que la de los universos paralelos, que explicase por qué, aparentemente, las películas de un superhéroe no llegan a oídos de otro. La respuesta, no mía sino dada por años de tradición comiquera, es que todos viven en un mismo universo compartido. La Gotham de Batman se encuentra de manera perpetua en el mismo marco temporal y espacial que la Metrópolis de Superman. Los rascacielos que surca Spiderman en Nueva York son los mismos que sobrevuela Iron Man. Y así. Por tanto, los superhéroes desconocen que haya películas de otros simple y llanamente porque los hechos que luego devendrán en esas historias aún se están forjando. Cuando los hechos se conviertan en leyenda, se imprimirá la leyenda.

Así, cuando Marvel Studios consiguió el poder creativo –para cine, ojo– sobre gran parte de sus personajes, se lanzó a la titánica tarea de crear un universo propio que todos ellos compartieran. La primera piedra en el camino la puso Iron Man (Jon Favreau, 2008). El espectador que venía de enfrentarse a la oscuridad y a los tormentos del Batman de Nolan encontró en Tony Stark un modelo a (no) seguir en cuanto a cómo comportarse si eres un superhéroe. En un ejercicio de correspondencia con la realidad bastante singular, el papel del multimillonario, alcohólico, desvergonzado y charlatán Stark fue a parar a manos del actor Robert Downey Jr., gran culpable por otra parte del éxito del filme.

Los engranajes habían comenzado a girar, una escena post-créditos –que se convertiría desde entonces en marca de la casa– confirmaba que las piezas habían empezado a moverse y que terminarían por colisionar en un experimento que no terminaría por ser tan arriesgado como se pensaba. Como decíamos, la Casa de las Ideas se hallaba ya en total control de sus producciones, y lo que siguió fue un intento de reinicio de la masa verde conocida como Hulk. Descontentos como estaban con la visión que el reputado director Ang Lee había dado a esta suerte de alegoría de Jekyll y Mr .Hide –en la muy infravalorada y absolutamente reivindicable Hulk (2003)–, se lanzaron a remodelar from sketch, es decir, desde el borrón y la cuenta nueva, al gigante verde. Edward Norton sustituyó a Eric Bana como Bruce Banner, y Louis Leterrier fue llamado a ponerse tras las cámaras. Lo que Lee había resuelto como un minucioso duelo de intelectos, el director de Transporter lo hizo como duelo de coces. Dice mucho de la película que ni siquiera Norton quedase satisfecho con ella: había estado involucrado en una escritura del guión que luego al parecer se obvió. Con todo, el enlace de este El increíble Hulk (2008) con el universo compartido vino en forma de referencias al programa del supersoldado y la aparición de Stark al final del filme.

Hubo que esperar tres años antes de volver a ver a una nueva cara de esta primera fase. Por el camino padecimos un segundo Iron Man, bastante floja en comparación con la primera, que presumía no obstante de villano al contar con un Mickey Rourke que llegaba muy en forma tras su renacer con El luchador (Darren Aronofsky, 2008). La segunda incursión en cines del hombre de hierro sufrió el hecho de no servir sino como puente al proyecto que acabaría por gestarse cuando todos estos superhéroes que estaban siendo introducidos se encontrasen por fin. Aquí además se presentó a Scarlett Johansson como Viuda Negra, lo que nos confirmó –aunque esto es otra historia– que su Nola Rice quedaba tristemente lejana.

El Dios del Trueno fue el siguiente en contar con película propia. Con Kenneth Branagh al frente de Thor (2011), terminaban por introducirse elementos sobrenaturales en la maraña de cintas que Marvel estaba componiendo. La elección de su director, sorprendente y esperanzadora en un principio –quién mejor que Branagh, debieron pensar, para zambullirse en este relato de dioses y monstruos–, no vino sino a confirmar que todas las películas de esta fase uno (a excepción quizás de la primera Iron Man) estaban siendo calcadas, perfectamente intercambiables entre ellas, sin alma y, lo peor, sin nada realmente atractivo que ofrecer. El director se encontraba siempre supeditado a un plan maestro contra el que poco o nada podía aportar. Aun así, el director de Hamlet (1996) se las ingenió para que no todo en la cinta fuese de usar y tirar, consiguiendo algunos momentos, casi todos ellos en Asgard, realmente memorables.

Y entonces llegó él. Quien si no iba a revitalizar lo que en su día empezó Iron Man. El primer vengador llegaba paradójicamente en último lugar, pero lo hacía con un filme tremendamente logrado, que lejos de resultar un capítulo más de presentación para su personaje constituía una película con identidad propia. El marco temporal de la II Guerra Mundial daba un plus a ese sentimiento de vieja escuela imperante en toda la cinta. La aventura en la que Steve Rogers se convertía en el Capitán América se permitía además posicionar al héroe como hiperbólico camarada del Tío Sam, además de hacerle partícipe de la forja de la leyenda propia –tebeos mediante– que comentábamos arriba. Una de la que no será consciente en su totalidad hasta que despierte años después a un mundo desconocido, en lo que supuso la culminación de todo este proceso y que vino a ampliar la coletilla de esta: del primer vengador a Los vengadores.

El resultado de esta fue mucho más digno de lo que a primera vista, juzgando las solo adventures, pudiera parecer. Lo mejor de cada casa confluyó en un descomunal mazazo a las taquillas de todo el mundo y en un ejemplo a seguir de cómo llevar a cabo semejante hazaña. Uno que DC parece ahora querer perpetrar, tras acariciar las mieles del éxito con su trilogía del caballero oscuro y a punto de lanzar el reinicio del hombre de acero.

Por su parte, Marvel ya se ha lanzado de lleno a la segunda fase de su plan maestro, recién inaugurada con la tercera parte de Iron Man, y en la que veremos de nuevo al Capitán América y a Thor –en sus respectivas secuelas- además de a un nuevo grupo de superhéroes conocido como los guardianes de la galaxia –conformado, ahí es nada, por el entrañable Andy de Parks and Recreation, el luchador Dave Bautista y un mapache, entre otros– y de una serie para televisión sobre el personal no superheróico que trabaja para S.H.I.E.L.D. De nuevo la culminación vendrá en forma de una segunda parte a Los vengadores, muy posiblemente con nuevas incorporaciones, de la que se saltará a la tercera fase, sobre la cual sólo se ha confirmado que veremos una película dedicada a Ant-Man y dirigida por Edgar Wright, lo cual nos da bastantes esperanzas.

Lo que está claro es que personajes e historias tienen para rato –aun sin contar con Spiderman o los X-Men por cuestiones de derechos– y que a buen seguro seguiremos viendo saltos de unas pantallas a otras que perpetúen esta gran apuesta, ahora ya convertida en caballo ganador, por seguir forjando viñetas compartidas.

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