Iron Man 3

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La armadura del héroe

La última vez que vimos a Tony Stark fue disfrutando un shawarma en compañía de un tipo con un martillo, un soldado americano arrancado de su tiempo y un tipo con graves problemas de control de la ira. El sabroso bocado ponía la guinda a una experiencia demoledora que habría de cambiar la percepción del mundo que tenía hasta entonces el primero. Acabada la fiesta en tan grata compañía, toca ahora afrontar la consabida resaca en solitario.

El mundo de aquel primer Iron Man (2008) –tanto dentro como fuera de la pantalla– ha cambiado, y con él lo ha hecho Stark. Si alguien pensaba que con dos cintas a sus espaldas y su colaboración en el gran proyecto de la casa no quedaba más que contar sobre su personaje se equivocaba. O al menos sí hay cosas por contar si queda alguien que sepa hacerlo: Shane Black asume el mando tras lo que inició con buen pulso Jon Favreau, y su bautismo en la saga se salda con resultados extraordinarios. Hablamos no sólo de la mejor película del hombre de hojalata, sino de la que debería convertirse en la enseña del universo cinematográfico de Marvel.

Black, que ya había trabajado con Robert Downey Jr. en el que fue su debut, Kiss Kiss Bang Bang (2005), concede todo el protagonismo al hombre tras la máscara en tanto que utiliza este tercer acto como episodio redentor y se inscribe a la corriente de deliberación del sentido del héroe. Uno que no pasa por sus mejores momentos, tratando de sobrellevar ataques de ansiedad que amenazan con dotarle de alguna profundidad más allá de la coraza –la de metal y la otra– que él mismo se crea. Hay una escena terrible pero por lo elegante de ella, aquella en que Tony se ve obligado a arrastrar por la nieve su pesada armadura, carente ahora de poder, igual que anda a cuestas con sus demonios. La vuelta a la pregunta de si el hábito hace el monje o al revés.

Porque si bien Stark tiene poco de monje su armadura lo tiene todo de hábito. En su aventura conjunta, el Capitán América espetaba al multimillonario playboy que si le desposeían de su armazón no era nada. Toda esta tercera parte parece ser la respuesta meditada y contrastada a dicha aseveración. Aunque hacia la parte final la cinta se abone a la función de artificios, por el camino nos sorprende con una ocurrente vuelta de tuerca al concepto del villano, plasmado en un excelso Ben Kingsley, rescata la trama Extremis de los cómics y completa su discurso abriendo fisuras en la coraza del hombre de hierro, todo ello en la película navideña –con relación paterno filial incluida– de este año que ya hemos visto, y en la que vuelve a hacerse patente que Iron Man no hay más que uno, y este tiene nombre y apellidos.

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