R3sacón (The Hangover Part III)

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La última ronda

Cuesta creer, echando un vistazo a la trayectoria de Todd Philipps, que el responsable de parir aquella burda grosería que fue Road Trip (2000) perpetrara poco tiempo después una película tan lúcida como Aquellas juergas universitarias (Old School, 2003). En ella, un trío de amigos aquejados del síndrome de Peter Pan resolvía volver al País de Nunca Jamás para recuperar las legendarias juergas del título, en lo que constituía realmente un deseo de romper con el hastío de la vida adulta y la celebración de un estilo de vida despreocupado y maravilloso que, quizás muy pronto, se les había escapado de las manos.

El descomunal éxito de Resacón en las Vegas (The Hangover, 2009) venía avalado por tanto por una cierta trayectoria previa. Philipps, versado en personajes inmaduros y con cierto encanto perdedor –Escuela de pringaos (School for Scoundrels, 2006) como punto álgido a este respecto– encontró en el wolfpack –a saber, Bradley Cooper, Ed Helms y, sobre todo, Zach Galifianakis– a los máximos exponentes de las citadas singularidades. La inenarrable vena cómica de Galifianakis y su personaje, Alan, supuso para la aventura en Las Vegas el perfecto catalizador de las intenciones del director. Unas que han variado drásticamente desde aquella primera juerga hasta la última que aquí nos ocupa.

Había en la pasada Resacón, la situada en Tailandia, una escena especialmente reveladora en este sentido. El trío protagonista despertaba a otra resaca de proporciones épicas acompañado del tema de Johnny Cash The Beast in me. Así, además de validar la repetición de la fórmula, la segunda parte confirmaba que no había nada de casual en el salvajismo ejercido por el wolfpack en sus horas más oscuras.

Acaso queriendo seguir por esa línea, en el cambio de dirección del que hablábamos, esta tercera y última parte cede ante sus impulsos más salvajes, rebajando la dosis cómica y optando por reformular el concepto de partida. El ingenioso rito de la reconstrucción de una noche de borrachera a partir de la consecuente y amnésica resaca parecía destinado a convertirse en el chiste recurrente de estas cintas, acierto para algunos, síntoma de acomodación y deterioro para muchos otros, que no supieron apreciar la gran broma que suponía la mera existencia –en la propia ficción–  de Resacón 2 (The Hangover Part II).

Sin embargo, su director, –en una maniobra que parece querer responder a todos aquellos que cargaron contra la anterior embestida de este particular grupo– se desliga ahora del armado del puzzle para, en su lugar, plantar cara a los daños –primarios, en forma de relaciones entre los personajes, y colaterales, que impulsan la trama– derivados de los dos primeros desmadres. Si bien el recorrido de los personajes funciona sin demasiados problemas, con un Alan pletórico y un inesperado y bienvenido protagonismo del personaje de Chow (Ken Jeong), lo que resulta aquí fundamental es la sensación de colofón imperante en la totalidad del filme. Se ha hecho tarde, el bar cierra y es hora de pagar, no sólo la cuenta sino también los platos rotos. Es abrazando esa autoimpuesta carga épica que la película, en esta su última ronda, consigue hacer humor sin necesidad de basarlo en los mecanismos de la comedia pura.

La que nos ocupa conserva la gracia y la risa, pero la relativa candidez de su cinta madre da paso a un humor más negro, más cercano al de Very Bad Things (1998), del que la primera parte era precisamente una especie de eco en el tiempo. El personaje de John Goodman es el que coloca la trama en este terreno, y es su contribución la que por fin otorga a la manada, en la ficción, el reconocimiento popular que en la realidad ya hace tiempo que ganaron.

Y es que, con todo, esa es la broma final de esta serie de películas. La improbabilidad de tener que alargar esta historia a tres partes –con títulos al más puro estilo El Padrino y que en español se encargaron de reventar– se solventó con un calco del original para el segmento central, que precisamente funcionaba porque no sólo el espectador sino también los personajes eran extremadamente conscientes de él, y ahí radicaba la comedia, y con un desvío absoluto en esta última, cuya inverosímil cadena de acontecimientos transcurre pareja a la realidad de la saga.

Los minutos finales de R3sacón nos permiten imaginar lo que hubiera sido de ella de aferrarse a la práctica que le otorgó el éxito en primer lugar. Y, es curioso, a los críticos norteamericanos, los mismos que dilapidaron la anterior por ser un refrito de la original, parece que es lo único que les ha gustado. Fastidiosos derroteros, en opinión de quien esto suscribe, por los que la cinta se habría visto obligada a arrastrarse, y que Philipps, acertando de pleno, consigue evitar, poniendo a su última criatura en pie absoluto de guerra, haciendo de la ausencia de comedia y el sentido de consumación inminente el chiste definitivo de una saga a la que, ahora sí, podemos despedir entre copas sin miedo alguno a una mala resaca.

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