Stoker

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Simpatía por lo perverso

La expectación cuando un director asiático o europeo de prestigio rueda por primera vez en Hollywood suele estar cargada de temor a cierta perdida de identidad y estilo. Esta duda parecía aún mayor en el caso de un cineasta tan personal como Park Chan-wook, que tras su trilogía de la venganza todavía no había vuelto a manifestar su talento con tanta intensidad ni pulsión. Pero estamos de suerte, lejos de acomodarse, la incursión del director de Oldboy (2003) en la industria americana resulta fascinante y perturbadora a partes iguales. Stoker (Park Chan-wook, 2013) no solo supone un acertado regreso a los rincones más oscuros de su filmografía, sino una oportunidad magnífica de reivindicarse y revitalizar su obra. Al mismo tiempo, le consagra como un director de visión especial al resto, capaz de elevar un guión convulso pero también convencional, firmado por el actor Wentworth Miller (exacto, el Michael Scofield de Prison Break), dándole forma y torciendo la imagen hasta dar de sí a su película más paranoica y deudora del maestro. Una que seguro Alfred Hitchcock habría disfrutado, y no solo por la escena de la ducha, aunque probablemente también.

Es cierto que la historia de una joven adolescente, cuyo padre muere en un misterioso accidente de tráfico, preocupada por la llegada a casa de su inquietante y desconocido tío, podría pasar perfectamente por el argumento de cualquier telefilm de Antena 3 en la sobremesa de los fines de semana. También Hitchcock filmó obras maestras adaptando novelas que nadie se atrevería a recordar. Dicha queda la comparación y el halago al coreano, que secuencia tras secuencia, arroja por medio de una puesta en escena repleta de detalles (su fetichismo por los zapatos que luce Mia Wasikowska termina por asombrar) un aturdidor control visual, el mismo por el que incluso llegó a explotar las virtudes de un iPhone como herramienta cinematográfica en el cortometraje Night Fishing (2011). Conceptos aparentemente abstractos como el montaje en paralelo y la puesta en serie resultan resortes naturales para adentrarse en el retorcido triángulo establecido entre madre, tío e hija, que en determinados momentos conjuga elementos de thriller sexual con otros de terror psicológico (impecable secuencia la de Jacki Weaver en la cabina de teléfono), capaces de alternar -y alterar- el punto de vista cognitivo de su protagonista con el de la narración.

Las estilosas set-pieces que construye Park Chan-wook, unidas a las inquietantes interpretaciones de Matthew Goode y Nicole Kidman, con la mirada a punto de estallar en cada primer plano, crean la atmósfera perfecta para el recorrido tóxico hacia los lugares que angustian a la joven India Stoker. Desde los recuerdos de su padre a los conflictos en el instituto y la difícil relación con su madre, todos ellos convertidos ahora en el terreno donde explota una turbia pesadilla sostenida por el juego de fascinación, miedo y poder entre tío y sobrina. Por eso, una vez más, debemos volver la vista atrás al orondo genio británico, ya que el argumento de Stoker guarda más de un parecido con el de La sombra de una duda (Alfred Hitchcock, 1943). No es casualidad que el tío Charlie aparezca en ambas, ni que sea su sobrina la que desvele su pasado oscuro, uno que en el fondo oculta la intrínseca maldad del presente. Y mientras el film de Hitchock discurría elegantemente entre la fina línea que separa el bien del mal, llegado hasta su conclusión inevitablemente aleccionadora, Stoker se adentra en el horror sin buscar nuestra aprobación ni aprecio, incluso mostrando cierta simpatía por lo perverso. Quizás por ello, su libre y provocador plano final la termina por emparentar más con el cinismo pop de Spring Breakers (Harmony Korine, 2012). Cuestión de estos tiempos en los que las sombras se han apoderado de nuestro reflejo.

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