After Earth

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Adiós al miedo

Poca presentación necesita M. Night Shyamalan, director al que dedicamos la retrospectiva este mes en Revista Magnolia. Las razones por las que nos parece un creador tan interesante han sido ya sobradamente expuestas. Sus películas, siempre dentro del círculo más comercial de Hollywood, presentan temas y alma, algo que se pierde cada vez más entre efectos especiales y sonidos ensordecedores en las películas de sus coetáneos. Y su estilo visual es todo lo contrario a la moda actual, delicado y calmado, mientras que sus guiones parecen guardar la mirada de un niño aún esperanzado y soñador.

Aunque sus características parecen algo anacrónicas en el Hollywood actual, se niega, obstinado, a ir a contracorriente. Está empeñado en trabajar con grandes estudios, para grandes audiencias, quimera que lo ha llevado, durante la última década, a sonoros fracasos comerciales. Y peor aún: su cine se está resintiendo. Tras una La joven del agua (Lady in the Water) menospreciada en 2006 y el odio generalizado hacia El incidente (The Happening) en 2008, se embarcó en el improbable proyecto de convertir una serie infantil de dibujos animados que veían sus hijas en una saga cinematográfica de aventuras que se pudiera incluir en su propio imaginario cinematográfico. Lo que no parecía prever es que ni el público ni la mayoría de críticos estadounidenses están interesados en el universo de M. Night Shyamalan. No lo entienden, les irrita.

Salió mal, pero Shyamalan sigue teniendo esperanza, y por ello se asoció con uno de los intocables de la taquilla de los últimos años, Will Smith, para dirigir un guión que, si bien no es suyo del todo, sí contiene ideas y características que han estado en toda su filmografía. El guión de After Earth lo firma principalmente Gary Whitta, autor de The Book of Eli (Albert y Allen Hughes, 2010) que viene del mundo del videojuego. Esto no es baladí: la escaleta de After Earth ya no está compuesta por puntos de trama, sino por niveles y fases, con sus bonus sorpresa, sus recompensas y sus checkpoints. Esta película es, más allá de lo visual, el digital y el uso actual de la acción, la fusión narrativa definitiva entre el cine y el videojuego. Y no es un experimento fallido: el planteamiento de unas reglas y misiones que el protagonista (un jugador solitario) deberá llevar a cabo, una tras otra, resulta en beneficio del ritmo y el interés.

Claro que aquí entra en acción el trabajo del propio Shyamalan, porque donde él demuestra firmeza, sosiego y concreción, otros habrían dirigido con cámara en mano, tembleque, nerviosismo. El de Philadelphia otorga su elegante realización a un guión a menudo demasiado infantil, repetitivo y con sensación a déjà vu. Whitta bebe de los temas e ideas de la filmografía de Shyamalan, pero casi logra despojarlos de complejidad: aquí hay también una familia en duelo, un protagonista traumatizado y la necesidad de superación y autoconocimiento, pero la presentación es tan reiterativa y evidente que carece de emoción alguna. El tema del miedo, palabra de la que se abusa tanto en el guión como en la campaña publicitaria de la película, estaba en todas las demás películas del director, pero no se hablaba de él. Se mostraba y se veían sus consecuencias, y su final superación. After Earth simplifica el tema de Shyamalan por antonomasia y lo pone repetidas veces en boca del propio Will Smith, cuyas limitadas aptitudes como actor serio alcanzan aquí su tope.

Y qué decir de Jaden. Poco: es un niño sobreactuado, como tantos otros, al que se le ha dado demasiado trabajo. No es el primer caso de una decisión de casting dudosa en la carrera de un director de actores tan peculiar como Shyamalan (es difícil conseguir que los silencios de Bruce Willis y Mel Gibson estén tan llenos de emoción), pero sirve de ejemplo del principal problema de After Earth. La película es producto de la típica enajenación de una estrella megalómana, en este caso un Will Smith que no contento con idear una historia para el lucimiento de su hijo (cuando ni este, ni su veterano padre están a la altura de las circunstancias), se ha puesto en evidencia en la gira publicitaria con locas tesis pseudofilosóficas y teorías matemáticas ideadas entre los dos.

Gran mérito el de Shyamalan al lidiar con los egos de sus productores ejecutivos y un guión ajeno que está lejos de ser perfecto. Pero el director es como sus personajes: sabe que debe superarse, cambiar y adaptarse, hacer propia una película de acción post-apocalíptica y convertirla a su estilo. Aunque el resultado vuelve a ser disfrutable, está siendo otro batacazo, y Shyamalan ya ha afirmado estar pensando en pasarse a proyectos de menor presupuesto y mayor libertad. También está empezando a coquetear con el gran refugio de las buenas historias en la actualidad: la televisión. Nosotros estamos seguros de que los nuevos derroteros serán beneficiosos para su cine, aunque es el propio director el que, aplicándose el cuento, tiene que perder el miedo.

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