Después de Mayo

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El verano después de la primavera

El director francés Olivier Assayas vuelve a nuestras pantallas con Después de mayo (Après mai, 2012) film con declarados tintes autobiográfico que narra el verano, entre el liceo y la universidad, de Gilles y su compañera Christine. Aunque la película posea un elenco mucho más amplio y reivindicable, es interesante citar los nombres de estos dos personajes porque los comparten con los protagonistas de El agua fría (L’eau froide, 1994) donde Assayas capturaba las aventuras de un romance juvenil. De esta forma ambas obran tienden un puente que puede funcionar de díptico sobre la juventud de los setenta. Pero El agua fría no es la única película de Assayas con la que guarda relación Después de mayo, más cercana en el tiempo encontramos su última y excelsa obra Carlos (2010), que en forma de serie -o de película de seis horas, como se prefiera- cuenta la historia de Carlos “el Chacal” el famoso terrorista que inició su actividad revolucionaria también en los setenta.

Después de mayo comienza en 1971, transcurridos tres años desde la primavera francesa, los protagonistas que entonces eran demasiado jóvenes para situarse en el epicentro del movimiento recogen el testigo y continúan con el activismo estudiantil, las acciones políticas y los enfrentamientos con la policía. Aunque tardíos, son hijos de aquel mayo, sus convicciones son fuertes y quieren cambiar el mundo pese a que hay en el ambiente una cierta constancia de que no hay playa bajo los adoquines. Al igual que en Carlos, los jóvenes de este film pertenecen a una red abstracta que tiene en común la defensa de unos ideales, incluso los métodos de acción y de organización de los miembros estudiantiles recrean a pequeña escala el funcionamiento de las células terroristas que se ven en el biopic de “el Chacal”. Que no se entienda con esta idea que se pretende una criminalización del movimiento estudiantil porque el director ni siquiera la insinúa, los puntos en común no tienen que ver con el uso de la violencia, si no con un ideario revolucionario compartido en la época que podía defenderse con múltiples vías que iban desde la reivindicación político-estudiantil de Después de mayo hasta la vía terrorista de Carlos. 

A lo largo del verano de Gilles y compañía el amor, la madurez, el sexo, la música, el cine, la amistad, el trabajo y otros muchos temas propios de esa edad se desarrollan de manera natural, con la velocidad vertiginosa del momento. El contexto social  y el posicionamiento político tan marcado de los protagonistas, no hacen sino intensificar una etapa de transición ya de por si convulsa. Estos estudiantes tienen que enfrentarse a la vida adulta, a la explosión de su vida sexual, pero también a las incongruencias propias de su generación como la viabilidad ética de confabular contra el capitalismo con dos coca-colas sobre la mesa. Son estudiantes que devoran periódicos de izquierdas, manifiestan sus proclamas en pintadas nocturnas y se pierden en la literatura política sin tener muy claro si es maoísta, trotskysta, anarquista o lo que es peor sin tener muy claro que son ellos más allá de corazones militantes. Ser hijos de la burguesía ilustrada les permite lanzarse al arte y al libre pensamiento sin abandonar la lucha de clases o la defensa del obrero.

Quizá es por esa atmósfera de contradicciones constantes que sobrevuela toda la película, que Après mai se ha distribuido a nivel internacional bajo el título Something in the air. En España, pese al retraso de un año en su estreno, se ha decidido acertadamente traducir el título original que encierra multitud de significados más allá de los explícitos. Mayo sólo hay uno, mayo sólo puede ser el del 68, porque incluso cuando en 2011 España explotó -y exportó- un movimiento ciudadano con características similares un día quince de ese mes, se tuvo que incluir el la referencia a los idus para diferenciarlo del original. Y sin romper el nexo de unión entre el tiempo que representa el film y la actualidad, se revela necesario volver a transitar la resaca del 68 ahora que la indignación recorre el mundo y se abusa de las comparaciones. En este sentido es donde Assayas acierta en el punto de vista que ofrece con su obra, evita la idealización que muchas veces acompaña la nostalgia, muestra las luces sin rehuir de las sombras y crea un discurso a medio camino entre la reivindicación y la sentencia que lejos de ser ambiguo, funciona en su conjunto.

De esta forma el director aporta una mirada regeneradora volviendo a esos lugares comunes sin caer en la obviedad ni en la reiteración. Un discurso acertado que se ve acompañado por una dirección a la altura, Assayas tiene la cualidad de saber filmar situándose en la posición adecuada, con la suficiente distancia para que los personajes y la trama crezcan pero a la vez implicado en la historia sin que moleste su presencia. Con todo, construye a través de una narrativa desordenada un conjunto de instantes de un tiempo que durante el film parece presente. La trabajada espontaneidad se refleja en la sucesión de emociones y hechos que mantienen la coherencia en un relato disperso. Assayas nos propone vivir revolucionados después de la revolución, el espíritu de mayo enfrentado a la realidad, un sueño de verano que lucha por no despertar.

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