M. Night Shyamalan: Filmografía

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Que el propio M. Night Shyamalan (Mahe, India, 1970) y su nombre hayan sido relegados de la campaña promocional de After Earth, habla por si sólo del pánico a la animadversión que genera entre la crítica y el público americano. Lo que resulta tan irónico como injusto, ya que la crítica del resto del mundo persiste valorando con estima su obra y salvo La joven del agua, todas sus películas han sido importantes éxitos de taquilla. Al contrario que en Un final made en Hollywood (Woody Allen, 2002), el ciego no parece ser en este caso el director, uno de los cineastas contemporáneos de mayor talento, que más se ha saltado las convenciones del género y mejor despliega su capacidad autoral dentro de los estrictos márgenes de la industria de Hollywood.

Mientras esperamos que el tiempo le coloque en su lugar, ponemos nuestra primera piedra analizando su filmografía, con dos ausencias: Los primeros amigos (Wide Awake, 1998), que pese a parecer una producción menor, de carácter familiar e infantil, ya afrontaba la pérdida de la inocencia y la búsqueda de sentido a la existencia, abriendo varias de las cuestiones que continuaría, por ejemplo, en El sexto sentido; y Praying with Anger (1992), realizada en su India natal mientras estudiaba en la Universidad Tisch de Nueva York y de la que es difícil encontrar más de varios fragmentos. Protagonizada por él mismo (sus apariciones en sus películas son un trascendental capricho), se vislumbra la búsqueda de sus orígenes y su fuerte inquietud por la aceptación del destino. Ideas que, de una manera u otra, germinan en todas sus películas, capaces de buscar al gran público proponiendo una (re)lectura personal y única, alejada de los esquemas habituales.

El clásico

Escrito por Gonzalo Ballesteros

Aunque no es su primer film -ni siquiera el segundo- El sexto sentido (The sixth sense, 1999) se ha grabado en el imaginario colectivo como la carta de presentación de M. Night Shyamalan ante el mundo. La relevancia de esta película no se ciñe solo al género, la historia reciente de Hollywood y, en particular, la filmografía del director no se entiende sin esta obra. A partir de su estreno, su buena acogida y su repercusión mundial, Shyamalan será presentado en lo sucesivo como “el director de El sexto sentido” una etiqueta que no ha conseguido quitarse, ha realizado mejores películas pero ninguna se ha recibido de forma tan unánime.

En todos su conjunto el film roza la perfección, desde el guión hasta la producción. Bruce Willis y Haley Joel Osment interpretan dos personajes antológicos, de los más importantes de sus respectivas carreras. La historia se desenvuelve en un clima de suspense y tensión que escribió el propio Shyamalan y en la que introduciría los giros argumentales que después le han hecho famoso. El uso del color a lo largo del film o la simbología de los detalles evidencian un trabajo cuidado en todos los aspectos.

Pero si algo destaca en El sexto sentido es la dirección de M. Night Shyamalan. Que después los personajes trasciendan en el tiempo, que la historia sea referente en el género o que “la frase” sea repetida hasta la saciedad; son solo síntomas de que la película ha superado a su creador en el momento que el gran público la ha acogido y la ha hecho suya. Pero lo que nadie puede quitarle al director es la maestría con la que dirige. El arte de saber mostrar, de insinuar en lugar de avasallar, de dosificar el miedo y mantener el suspense; el arte de saber dirigir una historia compleja y que llegue al gran público siendo fiel y personal. El arte de “debutar” y hacer un clásico.

El héroe descubierto

Escrito por Pablo Vigar

Hubo un tiempo en que los superhéroes que poblaban las multisalas se contentaban con sacar de apuros a los inocentes en tanto que sacaban el traje a relucir y demostraban su superioridad física y moral ante pérfidos villanos. Cuando estos les daban un respiro, intentar conquistar a la chica o tratar de aparentar ser lo contrario a lo que sus alter-egos representaban eran las tareas que ocupaban el día a día de estos superhombres.

Bien como respuesta insospechada e imprevista a unos demoledores ataques que modificaron para siempre las hechuras de nuestro mundo, bien como evolución natural de un subgénero de cine que empezaba a tomar conciencia de sí mismo, los superhéroes comenzaron de repente a hacerse preguntas. Reflexiones enmarcadas en una realidad indudablemente nuestra bajo las que quedaron para siempre sepultadas la liviandad y frivolidad hasta entonces asociadas, como necesario contrapunto a tan graves obligaciones, a este tipo de incursiones cinematográficas.

En su faceta de avezado y aventajado contador de historias, M. Night Shyamalan se permitió en el año 2000 adelantarse a toda esta corriente arriba mencionada: los superhéroes aún tardarían en empezar a desarrollar un pensamiento crítico, pero para el director de El sexto sentido (1999) había llegado la hora de fantasear con la existencia  de un superhombre extraído de las viñetas de un cómic y depositado en el mundo de verdad, uno en el que asesinos y violadores, en oposición a grandes supervillanos, seguían conformando nuestros peores miedos.

Imaginen ahora entonces, revisitado el conflicto interno de Bruce Wayne y los demonios que arrastra Tony Stark, por citar dos ejemplos, la terrible carga moral que debe soportar David Dunn, vigilante de seguridad que no recuerda la última vez que estuvo enfermo y que ha salido ileso, siendo además el único superviviente, del accidente de tren con el que se abre la película. En su particular proceso de descubrimiento dará con Elijah Price, propietario de una tienda de cómics y feroz amante de estos, aquejado de una rara enfermedad de los huesos que le hace extremadamente frágil, y a quien los niños llamaban Don Cristal. Dijo una vez Tarantino que David Dunn sería el resultado de que Superman no supiese quién era. Precisamente lo que están haciendo ahora con el personaje en Man of Steel (2013) no es sino la repetición de lo que ya hizo el director indio: ¿qué consecuencias traería el que alguien que está por encima de todos nosotros se encontrase en nuestro mundo?

El protegido, o Unbreakable en su título original, es una brillante relectura del mito del superhéroe, de sus poderes y debilidades y de su concepción como antagónico al otro punto de vista que requiere una historia de cómic. Todos los elementos propios del superhombre encuentran una perfecta resonancia en una cinta filmada con mano maestra por Shyamalan. La excelencia llega de la mano de la reivindicación de la relación que debe existir entre héroe y villano. Figuras que por definición deben ser complementarias, cuya existencia carecería de sentido la una sin la otra, y que llevadas a un terreno aferrado a este mundo conforman una obra de inigualable valor.

Su secuencia final es, para quien esto firma, la imagen más poderosa jamás tratada en el camino del (super)héroe. Una que reconoce que el villano es tan sólo el reflejo roto del héroe, y que aquí se resuelve, con una simpleza admirable, mediante un revelador estrechar de manos.

Pon la tele que vienen los extraterrestres

Escrito por Gonzalo Ballesteros

Si ahora mismo llegaran los extraterrestres -a parte de hacernos un favor visto el estado de las cosas- nos sorprenderían de vacaciones, en el trabajo, en nuestra casa, solos o con la familia. Lo que es seguro es que viviríamos la invasión desde donde estuviéramos, hace mucho que aprendimos que coger el coche no era buena idea y que lo mejor es resistir y esperar a que el temporal amaine. Pondríamos la tele, escucharíamos la radio, contrastaríamos en Internet… al menos mientras durara el suministro de energía. Tendríamos en la cabeza la película que en 2002 hizo M. Night Shyamalan, recordaríamos como en esa ocasión la invasión también fue retrasmitida, ellos como nosotros no eran protagonistas sino afectados y cruzaríamos los dedos para acabar con su misma suerte.

Lo que diferencia Señales (Signs, 2002) del resto de películas de invasiones extraterrestres es lo mismo que diferencia a Shyamalan del resto de directores de ciencia-ficción: la inteligencia. El director, además, lleva a sus películas de la mano, no las suelta hasta que han terminado de crecer, evidenciando que son inequívocamente suyas. Deja su impronta y su forma de entender el cine aunque a veces sea él quien no es entendido. En Señales cuenta la llegada de los extraterrestre a la tierra desde una granja, la invasión es el contexto, el fondo de la película, pero lo importante es la familia que vive en esa granja y su particular historia, en este caso de redención y fe. La capacidad que tiene el director/escritor de insinuar, de mantener la tensión y el miedo sin apenas mostrar a los extraterrestres es lo que hace plausible la película y manifiesta la brillantez de la dirección. Quizá cuando en su tramo final vemos directamente a los alienígenas, cuando nos los enseña más de dos segundos, se pierde algo de la magia conseguida. A lo largo de la película, cuanto menos muestra, cuanto más estira la economía de medios, más interesante se vuelve la historia; lo que demuestra que Shyamalan podría realizar con bajos presupuestos con la misma soltura que hace superproducciones.

Después y con todo, en la riqueza de la propuesta y en los distintos mensajes que se pueden extraer de la fábula que construye, podemos encontrarnos más o menos cómodos, más o menos de acuerdo con el punto de vista del autor. Pero el simple hecho de que una película de extraterrestres alcance a sugerir debates que van desde el modelo de sociedad hasta la relación con Dios; vuelve a señalar al creador de la obra como uno de los autores más estimulantes e interesantes de su tiempo.

La sociedad aterrorizada

Escrito por Javier Pérez

El Bosque (The Village, 2004) es quizá la mayor víctima de los errores de marketing que los estudios han cometido a lo largo de la carrera de Shyamalan. Todas sus películas se publicitaron como thrillers terroríficos, cuando lo que el indio hace son dramones familiares vestidos de género. El guionista de Stuart Little (1999) bebe estilística y formalmente de relatos de terror, fantasía y ciencia ficción pero el alma de sus guiones, como el de sus personajes, está centrado en las familias, de alguna manera, desestructuradas.

Fantasmas, superhéroes, extraterrestres, cuentos infantiles, amenazas abstractas salidas directamente de la serie B… Son ingredientes de decoración, una imprescindible superficie bajo la cual siempre hay un tema, una evolución de los personajes que acaba determinando la historia real, la que le importa al director. Son temas concretos y transcendentales a la vez: el miedo en El Sexto Sentido, el autoconocimiento en El Protegido, la fe en Señales.

Este fondo, que el público general no suele llegar a arañar, enfada a críticos rancios, a distribuidores ciegos y a productores adinerados. Shyamalan no es un autor inaccesible, de hecho sus películas son ligeras, entretenidas. Me corto un dedo por cada escena de El Bosque que no esté perfectamente engranada en ese ritmo que prácticamente se puede bailar. Parece cogerte de la mano y llevarte, sin enterarte, al clímax final, tan suavemente como mueve la cámara, eligiendo a la perfección qué debe haber en cada encuadre, por qué debe hacer cada travelling. Si no fuera por El Protegido, diría sin lugar a dudas que esta es la mejor planificación de su carrera.

Y no se puede hablar de El Bosque sin mencionar uno de los libretos más emocinantes que ha firmado James Newton Howard, que, ya de por sí, siempre ha dado lo máximo con Shyamalan. El violín de Hilary Hahn es un personaje más de la película, y de hecho se le concede a ella el primer lugar en los créditos finales. Y no es despreciable el trabajo de arte: es difícil que se le niegue el color rojo a una película de época y que aún así resulte visualmente bonita. Qué bien casan los colores amarillo, tierra, ocre y beiges con esa oscuridad de cuento de Lovecraft.

Escritor, por cierto, que decía que el nivel principal del terror es un respeto a lo desconocido, y eso nos lleva directamente al corazón del guión de Shyamalan. Una pequeña aldea de principios del siglo XX que, por uno de sus criticados giros de guión, se convierte en una comunidad incomunicada por voluntad propia, alejada de la sociedad presente. Para el público que, engañado por la mercadotecnia, iba a ver una simple historia de misterio y fantasmas, esto es un golpe bajo. Pero el que alcanza a (y quiere) ver algo más, se queda prendado de la reflexión que plantea el director.

Shyamalan hizo una tesis sobre el terror en pleno Estados Unidos post-11S, y las preguntas que hacía no gustaron a muchos. El retrato de una autarquía totalitaria basada en la ignorancia y el terror, y originada en ataques cuyo dolor y recuerdo se guarda en cajas negras siempre presentes en el salón, era una bofetada en la cara a los estadounidenses que apoyaban una guerra injustificada e insostenible.

Hay tres agentes clave para esta tesis: el grupo de ancianos, dictadores atormentados que han impuesto su terror y su dolor a toda su descendencia; el retrasado Noah; y la joven protagonista, Ivy Walker, novata Bryce Dallas Howard que aquí brilla incluso más que los dos mastodontes Joaquin Phoenix y William Hurt. Estos personajes son directamente metáforas, conceptos abstractos. Por una parte, está el miedo autoimpuesto, paralizador, injusto, ignorante, que en el imaginario de Shyamalan es mucho más bondadoso que, por ejemplo, en la mucho más cruel La cinta blanca (2009) de Haneke. Está también la inocencia, importantísimo Adrien Brody, eso que iban buscando los ancianos, la pervivencia de la bondad blanca, inmaculada, que resulta ser el origen de todo mal. Porque no puedes escapar del mal, no se puede encerrar, ni se puede alejar, ni matar. Quizá la conclusión más triste de un autor que siempre hace cantos a la esperanza. Pero ahí está Ivy Walker: el amor. Que, ah, es una fuerza ciega que no se parará ante nada, ni ante la maldad ni ante el terror ni ante lo desconocido, para conseguir lo que es justo.

La última escena de El Bosque muestra a los ancianos perplejos de que los eventos hayan, en realidad, perpetuado su estilo de vida y sus decisiones. Si lo desean, pueden seguir así para siempre, inmovilizados por el espanto. Mientras suena una de las piezas más bonitas de Newton Howard, casualmente titulada The Vote, todos se ponen de pie, en una decisión silenciosa, casi imperceptible, y entra en escena Ivy Walker, que guía cuando otros se limitan a seguir y es luz en la oscuridad. Es entonces cuando el fundido a negro deja en manos del espectador su propia elección. Que el miedo no nos paralice, que el amor de verdad logre curarnos, eso depende de nosotros.

Ya habéis visto que esto no es una crítica, sino un canto de amor. Pero qué queréis, “el mundo se mueve por amor, se arrodilla ante él con reverencia”.

No dejes de mirarle a los ojos

Escrito por Alejandro Arroyo

Cuando M. Night Shyamalan estrenó La joven del agua (Lady in the Water, 2006) ya había despertado a todo el mundo. Era su quinta película y su carrera presentaba cuatro historias de una personalidad tan profunda y poco arquetípica como dispar acogida tenía entre crítica y público. Incluso sus propias películas presentan una duda, buscada, de alineación temática. Realidad y ficción se mezclan, como también un característico estilo que va tocando lo trascendental, lo superficial e incluso lo autoparódico. En ese limbo de variedades está la esencia; escondida, insinuada o mostrada puntualmente. La autoría queda reflejada en que nunca le importo que lloviera a gusto de todos y fue comunicando su filmografía con claros nexos estilísticos.

Shyamalan es un cineasta originariamente complejo. Desde confiar sus proyectos a Bruce Willis, Mel Gibson o Mark Wahlberg, hasta sus malentendidas campañas de presentación en forma de trailers. Saber encajar desde el principio no es algo que le haya importado y contar un cuento no es una manera de ponerlo fácil. Shyamalan se ha servido, en mayor o menor medida, de otros géneros con los que fusionar su universo narrativo: el cómic (El Protegido), una especie de relato radiofónico a tiempo real (Señales) o la literatura (El Bosque). Con La joven del agua quiso narrarnos un cuento que compartiera las mismas constantes de su cine y que siguiera sirviendo de vaso comunicante con toda su trayectoria.

Desde el texto (cuento original del propio director), la presentación de la comunidad vecinal, la elección de sus dos protagonistas (enigmática Dallas Howard y “woodyalleniano” Paul Giamatti), una escalofriante banda sonora, hasta la progresión y último clímax de la historia, La joven del agua es un triunfo; un maravilloso entrelazado de lo real y lo espiritual que ideado desde el papel de una fábula, camina por el imaginario de un extraordinario cineasta que lo cuenta todo con enorme sensibilidad, la suya, tan particular y tan profunda. Para terminar de deconstruir la historia, Shyamalan se pone delante de la cámara, como personaje capital de la historia, que sin quererlo ni saber porque, comienza a hacerse/nos preguntas. Shyamalan es el espectador; somos todos. Él es el recipiente; somos el destinatario.

Con el viento en los talones

Escrito por Antonio M. Arenas

Vi El pueblo de los malditos (John Carpenter, 1995) con veinte años y desde entonces no la he olvidado. Con ella comprendí que, cuanto menos vemos, más dejamos volar la imaginación.

M. Night Shyamalan (Entrevista publicada en Cahiers-España, nº 37)

Shyamalan siempre ha reconocido sus influencias, siendo Steven Spielberg la más importante de ellas, pero resulta francamente atractivo el paralelismo que él mismo propuso a colación de El Incidente (The Happening, 2008) con el film de John Carpenter. Ambas películas abordan la llegada de una amenaza exterior a un espacio en el que resulta imposible defenderse. Al igual que los ciudadanos de Midwich sufren un repentino desmayo, los habitantes de la costa este comienzan a suicidarse al entrar en contacto con el aire. El aire, el mismo aire que envenenamos cada día como enemigo de la especie humana. Y ni siquiera le concede forma material ni explicación alguna, el miedo es un concepto. Ante esto no hay lugar donde esconderse, no caben respuestas a las preguntas, no hay lugar para la lógica, Por ello, la decisión de que el protagonista sea un metódico profesor de ciencias supone tratar de resolver las preguntas. Que este sea Mark Whalberg, que agota todas sus caras de estupefacción, y encima hable con plantas de plástico, insiste en recordarnos que no hay lógica. Esta diatriba, irreconciliable en el cine comercial, pudo acabar siendo una de las múltiples razones por las que El Incidente sigue siendo una película denostada, pese a ser una de las propuestas más raramente alentadoras de su filmografía. Y con todo, también la menos esperanzadora.

Como decía, El incidente es una película que se niega a contestar preguntas. Las plantea constantemente, ya sea en televisión, con los teléfonos móviles, en boca de la gente o por medio de sus personajes, pero no las resuelve, sabe que no puede, no hay hoja de ruta posible a seguir frente a un peligro así. Llegado un momento del film en el que el matrimonio protagonista huye en coche junto a la pequeña Jess y una pareja de ecologistas, se encuentran en un cruce de caminos con otros coches que llegan de todas direcciones. Ante un mal invisible e intangible no hay salida, no hay escapatoria, tan sólo queda recordar el método para reformularlo, correr campo a través, separarse, encontrar refugio. Máxima que Shyamalan consecuentemente aplica a su narrativa. Se aleja del cine de serie B con el que se relaciona la película, podría serlo pero no acaba pareciéndose a La invasión de los ladrones de cuerpos (1956) ni a las dos versiones de La guerra de los mundos. Corre en contra de las expectativas del público y de su propia filmografía, filmando las secuencias de violencia más explícita de toda su carrera. Y una vez que se ha separado, que incluso algunos de sus acompañantes han sido brutalmente asesinados por la incomprensión que el miedo genera, nos propone dejar volar nuestra imaginación, encuentra refugio en una casa habitada por una anciana aislada de la sociedad, que desconoce en absoluto lo que está pasando. Tan hieráticos, desconfiados y solitarios como ella pueden acabar sus protagonistas (y por ende la humanidad) de no entregarse el uno al otro, porque en el fondo -la clave que conecta su cine se encuentra siempre por debajo de la alfombra- El Incidente aborda paso a paso el fin de una historia de amor. Y todo fin conlleva su propio Apocalipsis.

Una de las imágenes más potentes y recurrentes del cine de Shyamalan es el plano detalle de dos manos agarrándose. En El Bosque, Lucius sujeta la mano de Ivy Walker para luchar contra el miedo, simbolizando su amor como única fuerza para vencerlo. Por su contra, en El Incidente, Alma y Elliott lloran porque asumen que ya no se quieren, incluso han olvidado cual era el color del amor. Una vez han sido vencidos, se dan la mano para morir juntos. Y es precisamente al unirse cuando la amenaza acaba. El aviso ha tenido efecto. Una vez en equilibrio, en unión auténtica (“si coges de la mano a Jess que sea de verdad”, decía a Alma el personaje de John Leguizamo), la humanidad junto a ellos puede continuar. Pasa el tiempo, la vida atisba otras sonrisas y esperanzas a la -ahora sí- familia. Meses después, al igual que sucedía en El pueblo de los malditos, Alma se ha quedado embarazada (Zooey Deschanel está realmente divertida en esa escena), pero la alegría de ella contrasta con el rostro de Mark Whalberg (vuelvan a ver su cara), donde sigue habitando la preocupación de no encontrar respuesta alguna a lo sucedido. El epílogo traslada la acción a Francia, proponiendo una conexión con los jardines de Marienbad que remarcan la conceptualidad del film. A lo lejos, una nube gris acecha, y como posteriormente también hiciera el plano final de Take Shelter (2011), nos arroja una incertidumbre en lugar de una conclusión. El Apocalipsis no es un día en el calendario, ha llegado para quedarse, quizás sea nuestro estado de ánimo.

Flow like water

Escrito por Antonio M. Arenas

En estos tiempos en los que las películas ya no son sólo películas, la mercadotecnia, las corrientes de opinión y las estrategias comerciales están por encima de ellas, resulta difícil discernir hasta que punto podemos separar el ruido de las preciadas imágenes que guarda The Last Aibender. Shyamalan, al que nunca han perdonado que no haya hecho las películas que se esperaban de él, al adaptar una serie de animación juvenil no estaba precisamente buscando el beneplácito de la crítica, pero sí encuentra una historia y una mitología que se amoldan a las bases de su cine, donde encaja perfectamente y con la que insiste en algunos de los temas esenciales de su filmografia. Entre ellos, la aceptación de uno mismo. Y más concretamente, la asunción de nuestro destino. The Last Airbender puede ser vista como una fallida fantasía de aventuras juvenil, pero los árboles estarían impidiendo ver El Bosque, ya que aún de serlo, una película para el público infantil y adolescente que promulgue valores como la aceptación de las responsabilidades de la vida adulta, es una cuanto menos necesaria. E incluso cruel y triste, porque aunque los protagonistas del film sean niños, están obligados a comportarse como adultos, a liderar naciones, liberar pueblos, enfrentarse a enemigos y aprender a controlar su poder, que en cierto modo y bien visto puede ser parecido a un curso en cualquier instituto.

Con una manera de entender la acción que se diría más asiática que hollywoodiense, dando prioridad al respeto por las artes marciales, el espacio y la naturaleza por encima de la espectacularidad gratuita, The Last Airbender no pretende ser un mero producto, renuncia a serlo, encuentra su propia personalidad en la belleza del manejo de los cuatro elementos, tierra, fuego aire y agua (los dos últimos ya presentes en sus películas), en cuyas naciones se divide el mundo que se nos presenta. Sin estar exenta de sentido del humor (la primera secuencia es un gag que utiliza el fuera de plano) pero con profundidad ascentral, su postura tras las cámaras plantea múltiples hallazgos tan cinematográficos como digitales, y los resuelve con soluciones formales repletas de armonía, véase el formidable plano secuencia de acción en la nación de la tierra. Toda la sutileza y el tacto que aplica a su puesta en escena no se encuentra en la narración, lastrada por la voz en off y el montaje, que buscan aligerar y explicar la trama al público para el que está destinada, puede ahuyentar y con razón a más de uno. Pero entendiendo el brusco cambio de género y contexto creativo de su director (obligado a trabajar con efectos digitales en prácticamente cada plano), supone un proceso de aprendizaje y decisión como el de su protagonista. Tal es así, que una vez situado el argumento en la nación del agua, la película encuentra su razón de ser, su propio ritmo, fluye. Los personajes se enfrentan a sus miedos, descubren, se sacrifican y asumen su destino, toda la personalidad de su cine en medio de una batalla de colosal trabajo técnico. Y como ellos, Shyamalan, tan cuidadoso como siempre por los detalles, en lugar de dejarse llevar por la acumulación y la grandiosidad, obra un virtuoso plano secuencia rodeado de acción y efectos especiales que incluye zoom digital y cámara lenta. El cineasta de mirada atenta sigue ahí, aprendiendo a dominar su elemento.

Incluso los detractores de The Last Airbender coincidirán que en el tramo final resplandece la contenida emoción de su obra. Y de hacerlo, es debido en buena medida a un concepto fundamental en el cine del director de origen indio, en su propia razón de ser. No es otro que la música, concretamente su relación con el compositor James Newton Howard, autor de todas sus bandas sonoras desde El Sexto Sentido (1999). La íntima colaboración que mantienen ha dado frutos extraordinarios, como el score de El Bosque (2004), que merecen un análisis aparte. Sus piezas integran la secuencia, le dan forma y semblante, no son un simple añadido musical, están compuestas para alzar con sincronía y pureza las imágenes. Como si se tratara de otros dos elementos más de la naturaleza, la percusión y el viento resuenan en el tema Flow like water con carácter ritual y solemne, un lamento dramático en lugar de épico, abisal tristeza en plena batalla. Porque ser un héroe es un drama. Asumida esa condición, desde entonces ya sólo se puede vivir como un héroe, algo que con sus dudas el David Dunn de El Protegido (2000) ya adelantaba. Probablemente ser M. Night Shyamalan también lo sea, por ello en el último plano de Aang, en el que acepta su destino como Avatar, en lugar de celebración del valor y el heroísmo, hay un profundo respeto y miedo. El mismo al que se enfrenta Shyamalan con valentía cada vez que rueda una película, conocedor de que por mucho que lo intente, no podrá dejar de ser del director de El Sexto Sentido.

Adiós al miedo

Escrito por Javier Pérez

Poca presentación necesita M. Night Shyamalan, director al que hemos dedicado la retrospectiva este mes en Revista Magnolia. Las razones por las que nos parece un creador tan interesante están ya sobradamente expuestas. Sus películas, siempre dentro del círculo más comercial de Hollywood, presentan temas y alma, algo que se pierde cada vez más entre efectos especiales y sonidos ensordecedores en las películas de sus coetáneos. Y su estilo visual es todo lo contrario a la moda actual, delicado y calmado, mientras que sus guiones parecen guardar la mirada de un niño aún esperanzado y soñador.

Aunque sus características parecen algo anacrónicas en el Hollywood actual, se niega, obstinado, a ir a contracorriente. Está empeñado en trabajar con grandes estudios, para grandes audiencias, quimera que lo ha llevado, durante la última década, a sonoros fracasos comerciales. Y peor aún: su cine se está resintiendo. Tras una La joven del agua (Lady in the Water) menospreciada en 2006 y el odio generalizado hacia El incidente (The Happening) en 2008, se embarcó en el improbable proyecto de convertir una serie infantil de dibujos animados que veían sus hijas en una saga cinematográfica de aventuras que se pudiera incluir en su propio imaginario cinematográfico. Lo que no parecía prever es que ni el público ni la mayoría de críticos estadounidenses están interesados en el universo de M. Night Shyamalan. No lo entienden, les irrita.

Salió mal, pero Shyamalan sigue teniendo esperanza, y por ello se asoció con uno de los intocables de la taquilla de los últimos años, Will Smith, para dirigir un guión que, si bien no es suyo del todo, sí contiene ideas y características que han estado en toda su filmografía. El guión de After Earth lo firma principalmente Gary Whitta, autor de The Book of Eli (Albert y Allen Hughes, 2010) que viene del mundo del videojuego. Esto no es baladí: la escaleta de After Earth ya no está compuesta por puntos de trama, sino por niveles y fases, con sus bonus sorpresa, sus recompensas y sus checkpoints. Esta película es, más allá de lo visual, el digital y el uso actual de la acción, la fusión narrativa definitiva entre el cine y el videojuego. Y no es un experimento fallido: el planteamiento de unas reglas y misiones que el protagonista (un jugador solitario) deberá llevar a cabo, una tras otra, resulta en beneficio del ritmo y el interés.

Claro que aquí entra en acción el trabajo del propio Shyamalan, porque donde él demuestra firmeza, sosiego y concreción, otros habrían dirigido con cámara en mano, tembleque, nerviosismo. El de Filadelfia otorga su elegante realización a un guión a menudo demasiado infantil, repetitivo y con sensación a déjà vu. Whitta bebe de los temas e ideas de la filmografía de Shyamalan, pero casi logra despojarlos de complejidad: aquí hay también una familia en duelo, un protagonista traumatizado y la necesidad de superación y autoconocimiento, pero la presentación es tan reiterativa y evidente que carece de emoción alguna. El tema del miedo, palabra de la que se abusa tanto en el guión como en la campaña publicitaria de la película, estaba en todas las demás películas del director, pero no se hablaba de él. Se mostraba y se veían sus consecuencias, y su final superación. After Earth simplifica el tema de Shyamalan por antonomasia y lo pone repetidas veces en boca del propio Will Smith, cuyas limitadas aptitudes como actor serio alcanzan aquí su tope.

Y qué decir de Jaden. Poco: es un niño sobreactuado, como tantos otros, al que se le ha dado demasiado trabajo. No es el primer caso de una decisión de casting dudosa en la carrera de un director de actores tan peculiar como Shyamalan (es difícil conseguir que los silencios de Bruce Willis y Mel Gibson estén tan llenos de emoción), pero sirve de ejemplo del principal problema de After Earth. La película es producto de la típica enajenación de una estrella megalómana, en este caso un Will Smith que no contento con idear una historia para el lucimiento de su hijo (cuando ni este, ni su veterano padre están a la altura de las circunstancias), se ha puesto en evidencia en la gira publicitaria con locas tesis pseudofilosóficas y teorías matemáticas ideadas entre los dos.

Gran mérito el de Shyamalan al lidiar con los egos de sus productores ejecutivos y un guión ajeno que está lejos de ser perfecto. Pero el director es como sus personajes: sabe que debe superarse, cambiar y adaptarse, hacer propia una película de acción post-apocalíptica y convertirla a su estilo. Aunque el resultado vuelve a ser disfrutable, está siendo otro batacazo, y Shyamalan ya ha afirmado estar pensando en pasarse a proyectos de menor presupuesto y mayor libertad. También está empezando a coquetear con el gran refugio de las buenas historias en la actualidad: la televisión. Nosotros estamos seguros de que los nuevos derroteros serán beneficiosos para su cine, aunque es el propio director el que, aplicándose el cuento, tiene que perder el miedo.

1 Comment

  • shyamalan, un director, imcompredido, las dos mejores, las dos primeras. el bosque o la joven del agua, podrian ser mejores. y el incidente esta bien. tal como le van las criticas, creo que deberia retirarse un tiempo como director, y ser guionista, no le vendria mal un descanso.

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