Monstruos University

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Desaprender para avanzar

Lo que está pasando con Pixar es, a todas luces, triste. La meteórica carrera que culminó hace tres años con Toy Story 3 (Lee Unkrich, 2010) fue un constante ascenso de éxito y prestigio que aunaba buenas críticas y recaudación. La “magia” del estudio de Steve Jobs y John Lasseter consistía en una capacidad de hacer cada año un producto pensado como una máquina comercial infalible pero llena de alma e ilusión. Fueron los primeros en añadir en sus películas de animación comercial para niños una capa adicional de significado destinada al público adulto, haciéndolas disfrutables a diferentes niveles hipertextuales.

Tras aquel quién da más que se marcaron Andrew Stanton con WALL·E (2008), Pete Docter y Bob Peterson con Up (2009) y Unkrich con la tercera parte del clásico de los juguetes con vida en 2010, el estudio ha entrado en una fase caracterizada por secuelas y obras menores en cuanto a creatividad y calidad. Y no es que ni Brave (Mark Andrews, Brenda Chapman, Steve Purcell, 2012) ni la que nos ocupa sean malas películas, pero la diferencia entre estas y sus predecesoras es palpable. El número de más de mil millones de dólares recaudados por Toy Story 3 fue al año siguiente reducido hasta la mitad con Cars 2 (John Lasseter, Brad Lewis, 2011); pero más doloroso es echarle un ojo a la diferencia de notas en Rotten Tomatoes: del casi perfecto 99% reuniendo toda la crítica de EEUU a un suspenso 39% en sólo un año.

¿Qué ha cambiado? La crisis no es de calidad técnica ni de presupuestos, sino que está en la base: en las ideas y en el guión. La perfección narrativa que alcanzaron a lo largo de 15 años no se ha aplicado en las últimas películas, más irregulares y mediocres. Así es en Monsters University (Dan Scanlon, 2013), que no aguantaría ni un asalto a la Monsters, Inc. que hace 12 años escribieron Andrew Stanton, que repite en la precuela, y Daniel Gerson.

Pero hay un acierto en Monsters University que la convierte en una película relevante y en un caso de segunda parte con sentido y algo que añadir. Incluso en una obra que se sostiene por sí sola. Parecen haber encontrado una historia nueva y de transcendencia con un tema muy actual, a la que casualmente le han puesto las caras rejuvenecidas de los monstruos Mike Wazowski y James Sullivan. El mensaje que eleva los valores de autoafirmación, perseverancia y diferenciación personal frente a la educación reglada como único camino profesional es una de las mejores lecciones que se le puede y debe dar a un niño hoy en día, sobre todo en España, donde a partir de este curso muchos jóvenes tendrán que renunciar a los estudios superiores por no poder costeárselos.

También es destacable el drama de Mike y Sullivan, que deben decidirse a seguir su propio camino y creer en sí mismos frente al rechazo de los demás o a las expectativas que conlleva pertenecer a cierto linaje. “Olvídate de tu apellido y sé tú mismo”, se dicen en cierto momento, y quizá este mismo consejo les sirva a Lasseter y compañía en los futuros proyectos. Desaprender lo aprendido hasta ahora y renovarse servirá, siempre y cuando sigan llenando sus películas de amor e inteligencia.

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