Tú y yo (Io e te)

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Ragazzo Solo, Ragazza Sola

Ziggy Stardust fue probablemente la primera estrella de rock de ciencia ficción. Que la última película de Bertolucci esté producida por la compañia de Berlusconi, Medusa, provocando algún que otro despiste en twitter, en cierto modo también lo parece. La relación fraternal y adolescente que se establece en Tú y yo (Io e teBernardo Bertolucci, 2012) nos aturde con el sonido de una canción de fondo. Ragazzo Solo, Ragazza Sola, la emocionante versión en italiano de Space Oddity por la que parece cobrar sentido el film, recupera la sensibilidad cómplice hacia la juventud del cineasta italiano, apartado de las cámaras debido a su enfermedad. Pero lejos de ser esta una película de despedida, es una de iniciación, de eterno crecimiento.

La letra cambia, no estamos en el espacio y Lorenzo (Jacopo Olmo) tampoco es Major Tom, pero le gustaría serlo. El sótano de su edificio es su propia nave especial, el refugio de una realidad que no le gusta, de la que se esconde escuchando The Cure o Arcade Fire en sus auriculares. Canciones que oímos al unísono con él, enérgicas y abruptas. Como cuando subimos los altavoces y nos encerramos en nuestro cuarto, huyendo del mundo para crear los nuestros propios. Los adolescentes de Tú y yo, tan jóvenes y desorientados como lúcido pese a estar anclado a la silla de ruedas se encuentra el director de Soñadores (2004), dejan de lado una realidad que (no) es la suya a sabiendas de que (no) pueden escapar de ella.

Y de repente, una extraña. Tan extraña como su propia hermana. Por si el título del film no era ya suficiente indicativo, el encuentro con Olivia (Tea Falco) nos recuerda que uno solo no puede hacer la revolución. Él, con el rostro repleto de acné y el pelo hecho un guiñapo; Ella, con tanta vida a sus espaldas que su piel ha mudado a porcelana. Hermanos separados porque la vida les ha obligado, forzados durante una semana a estar juntos, a ayudarse, a prometer que estarán bien aún lejos de ser cierto. Ragazzo solo, Ragazza sola. Bailando, cantando, susurrando su soledad y miedo frente a una cámara que, en lugar de ejercer y forzar un travelling circular, deja que la música hable, que sean ellos los que dancen, abrazados, fuertes. Solos, sí, pero con la certeza por un segundo de no volver a estarlo nunca.

Con el zoom congelado del plano final resulta inevitable recordar la conclusión de Los cuatrocientos golpes (François Truffaut, 1959), pero Lorenzo no es Antoine Doniel. Ahora sí, suena Space Oddity y mira a cámara (que es lo más parecido a mirar a la vida) con una sonrisa, quizás pueda ser él mismo. Bertolucci demuestra creer en la generación que viene detrás suya, transmite ese vitalismo a contracorriente dando voz a quien más lo necesita, casi a escondidas. Frente a la opinión de los médicos que le advertían nunca volvería rodar una película, con más de setenta años sigue retratando la juventud como un maestro, creando un humilde e íntimo fresco sobre lo que conlleva ser adolescente. Por ello, al igual que aquel abrazo sincero en la calle de dos compañeros de travesuras que acabaron siendo más que hermanos, lo menos importante es pensar si esto será un adiós o un hasta luego.

Dimmi ragazzo solo dove vai,
Perche’ tanto dolore?
Hai perduto senza dubbio un grande amore
Ma di amorie e’tutta piena la citta,

No ragazza sola, no no no
Stavolta sei in errore
Non ho perso solamente un grande amore
Ieri sera ho perso tutto con lei.

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