28 días después / 28 semanas después

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28 líneas después

Cuando George A. Romero estrenó La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead, 1968) ya habían transcurrido tres décadas de zombis en la gran pantalla pero la concepción del no muerto por la que apostó revolucionó el género. Quizá sin proponérselo. Cuando Danny Boyle trató de reponerse de algún que otro traspiés en su carrera con 28 días después (28 days later, 2002) ideó una película de infectados que corrían mucho y eran muy violentos, al contrario que los muertos vivientes que no eran de su agrado; sin embargo, sin ser una película de zombis oxigenó el género. Seguro sin proponérselo.

El paralelismo entre ambas cintas es evidente, pero más allá de las intenciones de los directores, de los nuevos modelos de “zombis” o de la importancia de la obra en sus carreras, lo relevante aquí es su importancia histórica como punto de inflexión. La noche de los muertos vivientes fue el pistoletazo de salida para varias décadas de cine zombi underground y de culto y 28 días después es la recuperación y la reinvención del género que llenara nuestras pantallas con un ritmo como nunca visto. La de Boyle también es el inicio de una saga aunque tras la exitosa 28 semanas después (Juan Carlos Fresnadillo, 2007) desacuerdos con los derechos están dificultando la producción de 28 meses después y la hipotética 28 años después será un chiste que se pondrá de moda en 2030.

Aunque las dos películas, la de Boyle y la de Fresnadillo, tienen lazos en común son muy distintas en su concepción, en el guión, incluso en la dirección; como no podría ser de otra manera al tratar momentos tan distintos del apocalipsis. En 28 días después, tras un prólogo de discutible necesidad pero sin duda efectivo, empezamos a darnos cuenta de la catástrofe cuando un joven se despierta en un hospital, el espectador acompaña al protagonista a medida que va descubriendo su situación, su contexto y el mundo que lo rodea. Este camino conjunto es revelador. Cuando se presenta ante nuestros ojos un Londres desolado, sin un alma y se empatiza con el estado de ese pobre hombre en pijama nos envuelve una atmósfera sobrecogedora, sin duda lo más impactante de película. Tras esto, el encuentro con infectados y humanos irá marcando los ritmos de la narración hasta el último tercio de la cinta, dónde los infectados pasan a un segundo plano y se desarrolla una historia de terror y venganza.

El éxito de la película llevó a los productores a otorgarle una secuela que cinco años después vería la luz. Con Fresnadillo al frente y un equipo de guionistas también con acento español que complicarían la trama para intentar superar la original. Sería atrevido afirmar que lo hizo, pero no está de más reivindicar una secuela que tiene entidad propia, que sabe explotar los recursos de la original -especialmente en el prólogo- pero también crea los suyos propios -marca más los dilemas morales de los personajes ante los infectados-. La creación del Estado Militar y la progresiva colonización del Londres abandonado, es una propuesta bastante innovadora dentro del género y que es posible debido a que la infección se encuentra aislada en la isla británica y los países del entorno continúan “civilizados”. En su historia, Fresnadillo da el protagonismo a una familia, le ofrece una falsa sensación de seguridad y vuelve a desatar el apocalipsis. Supedita todo a la acción, quizá en exceso, pero deja detalles destacables en la dirección como la bajada al metro grabada a través de los infrarrojos del arma.

Analizadas por separado la diferencia de ambas películas es notable pero, aún así, funcionan como marca. 28 días/semanas después pasará a la historia por sus paradojas, por como una película que no es de zombis revolucionó las películas de zombis, por ser una saga que lo fue sin quererlo y que todos completamos sin haber sucedido nunca. Y es una pena, el final de la segunda entrega deja abierto el camino para continuar con una película más, incluso con una serie. Pero en 28… todo sucede sin proponerlo, sin intención y casi por error, como el título de este artículo.

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