Breve genealogía zombi

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Del vudú haitiano a los infectados

En Guerra Mundial Z (2013) un investigador de la ONU fuera de servicio (Brad Pitt) debe encontrar el origen del virus zombi que se ha propagado por el mundo. Viaja a Corea del Sur y Jerusalén hasta descubrir que el paciente cero es ilocalizable, ha podido surgir en múltiples sitios del globo. Se mencionan diversos lugares como germen probable, pero ninguno de ellos es Haití, enclave fundamental a la hora de entender el origen del género. Más que un olvido, y al igual que la ausencia de violencia explícita o la falta de imágenes que reflexionen sobre el paso de cuerpos inertes a muertos vivientes, esta decisión da razones con las que podemos llegar a creer que, en contra de lo que se podría pensar, por su perspectiva Marc Foster decide no hacer una película de zombis tal y como las conocemos, sino que lleva la mutación del género con virulencia hasta convertirla en una obra de catástrofes y pandemias. Por otro lado, la velocidad y agilidad sobrehumana del muerto viviente también les aleja del prototipo de zombi, lento, torpe y putrefacto. Por tanto, el sub-género alcanza con la película una expansión, tanto argumental como de público, que mientras contemplamos se convierte en un virus que no puede frenarse, nos incita a sentar las bases y observar los cambios que ha sufrido el cine de zombis a lo largo de la historia.

Por norma general, los primeros films que abordaron la temática zombi tienen la magia vudú y Haití como razón de ser o explicación por la que dar sentido a la resurrección de los muertos. El primer caso conocido fue el de White Zombie (La legión de los hombres sin almaVictor Halperin, 1932), una producción de bajo presupuesto alejada de los grandes estudios, punto en común con muchas de las obras claves del género, que contaba con el protagonismo de un Bela Lugosi en su máximo esplendor. Fue la más importante de las producciones de los hermanos Halperin, que antes de dejar el cine en la siguiente década siguieron abordando modestamente el género en obras como La rebelión de los zombies (1936), secuela de esta. Lugosi acababa de rodar Drácula (Todd Browning, 1931), de hecho, algunos de sus decorados -y otros cedidos por Universal- se reutilizan en el film, provocando que su personaje, un siniestro chamán llamado Legendre, y especialmente su mirada, volvieran a ser los ejes sobre los que se cristalizan las claves del terror gótico, más allá de la supervivencia frente al zombi que todavía estaba por explorar. Legendre controla a los muertos por medio de rituales vudú y telequinesis, pero estos no tienen iniciativa propia, ni siquiera parecen tener ansía por devorar seres humanos, actúan a merced del auténtico monstruo que los controla. Aún a tientas, la película ya nos adelanta que quizás el mayor terror no es ser atacado por ellos, ni siquiera acabar convertido en uno más de la legión de hombres sin alma, sino que los humanos puedan llegar a ser los  más temibles de todos.

Hoy en día parece raro pensar que el director de Casablanca (Michael Curtiz, 1949) hiciera películas de zombis. Y tampoco sería cierto del todo, pero en Los muertos andan (The Walking Dead, 1936), Curtiz es capaz de interpretar la historia de Frankenstein para trasladarla al cine negro de sus tiempos. Boris Karloff, precisamente el actor que diera vida al monstruo en El doctor Frankenstein (James Whale, 1931), interpreta a un hombre ejecutado por un crimen que no ha cometido. Un médico le revivirá gracias a una descarga eléctrica, pero al despertar no volverá a ser el mismo, regresa poseído, con la única intención de matar a los culpables que le tendieron aquella trampa. Aunque no sea estrictamente una película de zombis, en realidad sí lo es de muertos que vuelven a la vida, además, que sea Karloff (de nuevo un monstruo de Universal) quien de vida al retornado, vuelve a proclamar la supremacía de los estrellas en el cine de terror, por encima de todo lo demás. En su conclusión, de un humanismo que la aproxima al memorable desenlace de El increíble hombre menguante (Jack Arnold, 1957), resuenan los misterios que deja tras de sí volver de entre los muertos y no poder responder a nuestras más profundas preguntas.

No parece casual que Boris Karloff y Bela Lugosi, dos de los principales representantes del terror clásico, fueran quienes dotaran de personalidad y popularidad a los primeros films sobre muertos vivientes. En una época en la que los monstruos de la Universal representaban la esencia del terror para el gran público, su rostro cubierto de maquillaje y su mirada eran los cómplices necesarios para transportar al espectador a la ultratumba, llegando a generar más miedo incluso que los propios zombis. Este terror clásico desapareció con el paso de los años, gracias a una generación de cineastas que entre los años sesenta y setenta lograron romper moldes productivos, temáticos y morales en el género, entre ellos George A. Romero. Antes del punto de inflexión que supuso La noche de los muertos vivientes (1968), un autor tan personal como Jacques Torneur nos trasladó al caribe para indagar en los ritos de vudú haitiano, creando un obra que asombra por la exposición de los rituales vudús y fascina por cómo sugiere el terror a lo desconocido por medio del melodrama, a través de formas, silencios, luces y sombras. Yo anduve con un zombie (1943) es un film único, que salvo excepciones no ha tenido continuación, llevando a cabo un proceso de inmersión con la cultura y el inhóspito entorno caribeño. Con desigual resultado haría lo propio Wes Craven décadas después en La serpiente y el arco iris (1988), uno de los pocos ejercicios en los que un cineasta de terror moderno respetaba y se adentraba en los orígenes haitianos del zombi.

Aunque no fueron las únicas obras singulares del género, ya El carnaval de las almas (Herk Harvey, 1962) contaba una historia que perfectamente podría haber pertenecido a cualquier episodio de La dimensión desconocida. Como lograra La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), vuelve a servir como metáfora de la sociedad americana de la época, presentando las grietas de un mundo de supuestos valores éticos y religiosos que se desmorona, por el que entran almas errantes, muertos que asedian a su protagonista, única superviviente de un accidente de coche. El mayor mérito del film es su capacidad de abstracción, de crear ambientes surreales en un no-entorno, como era aquella feria abandonada en la que tiene lugar el abrumador climax final. Sin saberlo, la modernidad llegaba al género. Por su parte, la mítica productora Hammer intentaba dejar atrás sus producciones clásicas en busca de un nuevo público acorde con los tiempos. La plaga de los zombies (John Gilling, 1966) es un audaz intento por aunar el clasicismo de su ambientación o personajes juntos a nuevos y violentos argumentos. Intentos de violaciones, desmembramientos, ceremonias vudú, zombis… todo ello protagonizado por señoras y señores británicos de principio de siglo XX en un pueblo perdido en la campiña, una combinación estimulante que sirve de reconocimiento al valor artesanal del cine de la Hammer.

¿Pero cómo hemos llegado de los zombis de Romero al virus Z? Las imágenes que el terror zombi ha explotado desde los años 70 han sido de lentos cuerpos en descomposición, repletos de gusanos y vísceras, hambrientos de cerebros y carne humana… material que posteriormente se ha convertido en el perfecto para la comedia. Innumerables parodias zombis han poblado las carteleras en la última década, no era para menos, alguna de ellas tan brillantes como Zombies Party (Edgar Wright, 2004) por su mimetización desde la puesta en escena. En un género condenado como sus protagonistas a morir para regresar eternamente, frente a los espacios vacíos a los que quedaba rendida la humanidad en 28 días después (Danny Boyle, 2002) o The Walking Dead, el proceso evolutivo siguiente requiere no ya la existencia de un muerto viviente al que enfrentarse, sino de miles, millones, la acumulación de cuerpos que unidos formen un todo, como si el ADN Z cobrara forma, una marabunta, la clase de amenaza incontrolable ante la que no se puede huir, y mucho menos reír.

Del zombi catatónico e hipnotizado, que no podíamos diferenciar si estaba en otro mundo o en el nuestro, hasta los infectados adrenalínicos y mutantes, ya no sólo hay un mundo, sino el reflejo de un cine en constante transformación. Y como este, tantas veces dado por muerto, seguirá volviendo, ya sea en las salas de cine, en las televisiones, por internet o incluso en los videojuegos, principal fuente del sub-género zombi en los últimos años, y según muchos, futuro de la narración audiovisual. Confundiremos plataformas como acaban confundiéndose vivos, infectados o muertos, y al igual que Brad Pitt trata de buscar una cura que no sabe si encuentra, seguirá intentando pasar pantallas mientras pueda. Bienvenido sea el caos para movernos con él.

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