Elysium

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El canje de la libertad

Que el primer largometraje de Neill Blomkamp –autor hasta entonces de una serie de cortos con el denominador común de la ciencia ficción– estuviese apadrinado por Peter Jackson respondía a una lógica muy concreta, y es que tanto el director neozelandés como el sudafricano habían canalizado su pasión por el cine haciendo gala de la cada vez más huidiza idea original y de humildes presupuestos. Si el a la postre responsable de la trilogía de los anillos tenía en su currículum títulos como Bad Taste (1987) o Braindead (1992), alejados en intención y forma del panteón hollywoodiense, los primeros frutos del trabajo de Blomkamp certificaban su valía como contador de historias de ciencia ficción con más coraje y alma que la vasta mayoría de productos que llegan al mercado. Como muestra, la conmovedora historia de un temp, o becario, que además resulta que es robot, en Tempbot (2006); o, directamente, Alive in Joburg (2006), la pieza que le sirvió de base para crear su District 9 (2009), que no sólo funcionaba como excelsa incursión en la ciencia ficción distópica sino que se las ingeniaba para plantear una acertada reflexión del apartheid, alejando la acción, en el golpe a la industria definitivo, del tradicional epicentro de invasiones alienígenas.

Elysium es por tanto tan hija pródiga de su director como gemela malvada de la anterior creación de éste. Respondiendo ya directamente ante el bosque de abetos, la historia esta vez relega la crítica sociopolítica –existente, no obstante– y trae al frente la artillería pesada encabezada por un rostro que casi siempre cuenta con el beneplácito de la platea. Es lícito pensar que en estos términos de mayor presupuesto y con Matt Damon como cabeza de cartel el resultado va a distar sobremanera de una producción que si bien no era mucho más modesta en efectos y parafernalia, sí resultaba, sobre todo, más arriesgada en cuanto a intenciones e incluso estilo de narración. Y con todo, Blomkamp, muy hábilmente, canjea parte de esa libertad de ataque y sátira por unos privilegios de mantenimiento de la condición autoral en cuanto a estilo y personalidad. Como decíamos, pervive en la cinta, aunque lo haga supeditado a la acción, ese espíritu crítico, esta vez hacia el poder y hacia los que lo tienen todo, indiscutible signo de los tiempos, y que recientemente nos han contado ya con la anarquía impuesta por Bane en Gotham en The Dark Knight Rises (2012) y en la lucha a contrarreloj del personaje de Justin Timberlake en In Time (2011). Lejos de resultar facilona, la reflexión es por tanto perfectamente actual y sintomática de nuestros días. Como lo es la escena del cruce de frontera, aunque ésta sea a través del espacio en oposición a una polvorienta valla.

El marco de Elysium resultará terriblemente familiar al conocedor de la anterior cinta del sudafricano, así como la presencia de Sharlto Copley, esta vez en el papel de villano bad-ass en lo que supone una genial creación del actor. Como último apunte, su clasificación R, tan temida por las majors, es lo que la aleja esta vez de los preceptos de la industria, y es la que permite enarbolar secuencias de acción sin miedo a la brutalidad y la casquería. Es de hecho aquí, como cinta de acción, donde Elysium realmente encuentra su razón de ser. Aunando elementos futuribles tan factibles como poco utilizados como los escudos de luz y los exoesqueletos, la cinta se esfuerza en ofrecer una mirada algo despreocupada pero sumamente entretenida al género de la ciencia ficción como estremecedor porvenir de un presente que no lo es menos. Baste destacar una escena que podría servir para ilustrar a futuros estudiantes de la situación actual: aquella en que dos mercenarios, trabajadores de un gobierno en crisis, arrojan granadas contra sus representantes políticos, al tiempo que uno de ellos, cerrando las compuertas de la sala, en espera de la detonación del explosivo, les dedica un socarrón, y muy sincero, corte de mangas.

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