George A. Romero

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 El último hombre… vivo

 ‘That’s really all zombies ever represented to me. There’s this global change and there’s one guy holding out saying, wait a minute, I’m still a human.

He’s wrong. Go ahead. Join them. You’ll live forever!’


George A. Romero

Si hay un nombre que va invariable e inevitablemente unido al mundo de los muertos vivientes, ese es el de George Andrew Romero. El director y escritor estadounidense fue el responsable de engendrar la figura del zombi tal y como se la conoce en todo el mundo hoy en día: muertos resucitados a la vida, despojados de cualquier trazo humano preexistente –aunque esto evolucionaría con el tiempo– salvo de los más básicos instintos, voraces devoradores de carne humana, entre otras, y, quizás la característica más reconocible, de lánguido pero incesante caminar. Se podría argüir que de no haber concebido el mundo al director estadounidense, algún otro hubiera llegado a la misma meta si acaso algo más tarde, o por caminos diferentes, para desgracia del hombre y deleite de la platea. Sea como fuere, es George A. Romero, de aquí en adelante el padre de todo esto, junto con su saga temática … of the Dead, la persona que se encargó de revelarnos que el infierno mismo había acabado por implosionar y lanzado al mundo hordas y hordas de demonios necrófagos.

Resulta una bonita coincidencia –aunque quizás no sea tal– que el prolífico director se refiriese en una entrevista para el Time Magazine a la cinta El enigma de otro mundo (The Thing From Another World, 1951) como la primera película que de verdad le había aterrado. Es revelador que el padre del (sub)género zombi vincule casi sin quererlo la cinta de Christian Nyby con la que acabaría constituyendo su creación, una de la que el mundo se ha adueñado con pasmosa facilidad, y que comenzó en 1968 con La noche de los muertos vivientes (Night of the living dead).

Son dos razones principalmente las que nos sirven de nexo de unión entre ambos largometrajes: la primera –que aunque pueda parecer más obvia no lo es tanto, volveremos a esto– es el género en que ambas cintas se enmarcan, el de terror; la segunda, el perpetuar el simbolismo de que el enemigo no es que se encuentre entre nosotros, sino que nosotros lo somos –y por partida doble además: el hombre como peor enemigo del hombre, y el muerto viviente como involución retorcida del mismo–. Romero, pues, no sólo se permite crear al primer zombi contemporáneo, alejado ya de los rituales de vudú con que originalmente se relacionaba, sino que filma también una efectiva película de género con improvisada conciencia social.

Y es que no fueron pocos los que vieron en el personaje de Duane Jones un juicio en contra de las opresiones raciales que imperaban en la época. Su arco argumental, de líder electo hasta mártir causa del miedo y la incomprensión del propio ser humano, ofrece no pocas pistas sobre sus supuestos referentes, si bien Romero siempre sostuvo que fue una casualidad el que fuera negro, que simplemente fue el actor que mejor audicionó para el papel. La odisea de su personaje y del resto de supervivientes se localiza, al estilo de tantas cintas de terror, en un paraje remoto y aislado, en este caso una granja, que a lo largo de la película se verá sitiada por muertos que han levantado de sus tumbas. La radio se establece como único punto de contacto con el exterior, a través del cual se intenta dar respuesta a la causa del levantamiento de los muertos, quedando la acción circunscrita a las cuatro paredes del citado refugio.

La tensión ante el miedo a una amenaza desconocida –en la que alguno quiso ver un paralelismo con Vietnam– y la duda razonable sobre si el resto de la población ha unido filas con los muertos entronca con otra de las influencias reconocidas por Romero a la hora de ponerse a filmar lo que en principio no tenía más pretensión que ser una cinta de terror: la novela Soy Leyenda de Richard Matheson. En sus propias palabras, se limitó a copiar la historia del citado libro sustituyendo, eso sí, a los vampiros por unos zombis que aún no lucían este nombre, y que en un momento de la cinta son referidos como ghouls, o espíritus malignos.

Pasada la noche, amanece, que no es poco. Aunque en este caso el amanecer sea rojo y testigo de un mundo en el que el zombi ya está absolutamente arraigado. Diez años después de filmar la primera gran película de zombis, y dejando por momentos el ejercicio de género a un lado para, ahora sí a conciencia, lanzar una certera crítica a la sociedad, se estrena Zombi, el amanecer de los muertos vivientes (Dawn of the Dead, 1978). Su duración sobrepasa en gran medida a la de su predecesora, obstinado como parece Romero en indagar en el mundo que ha creado. La conexión con ésta se revela temática, el punto en común para el espectador van a ser los no muertos, y quizás por ello adquieren mucho más protagonismo, llegando a proponerse incluso la idea de que en su condición de muertos vivientes retienen una cierta parte de memoria. El giro de guión al respecto es sublime, y constituye la base de la crítica antes comentada: los zombis se dirigen hacia el centro comercial. Romero dilapida así el consumismo al tiempo que ofrece una cinta que abandona los mecanismos del terror en pos de un tono más distendido, casi de aventuras, combinado con toques de comedia –la limpieza del centro comercial, los zombis tratando de subir por las escaleras mecánicas– y sin olvidarse de sus personajes, un sólido cuarteto de supervivientes entre los que destaca el personaje de Francine, la chica embarazada, y de Pete, miembro del SWAT con ínfulas de convertirse en el hombre que pudo reinar… en el centro comercial.

Para la tercera incursión en su serie, El día de los muertos (Day of the dead, 1985), con los zombis vagando a sus anchas ya por cuenta propia en distintos filmes que no tienen que ver con la saga iniciada por el director, Romero introduce cambios respecto al aspecto físico de los mismos a la par que acentúa el componente gore de festival de vísceras de la cinta. La amenaza en este día de los muertos llega de mano del hombre, ya no por incomprensión o miedo como en aquella primera noche, sino por un apremiante sentido de la supervivencia y del sálvese quien pueda. La cinta es, además, la primera en la que la figura del temible villano recae sobre el ser humano, haciendo honor a la máxima de que el hombre –además del zombi– es un lobo para el hombre. El padre descarga la ira contra su criatura reduciéndola a incomprendida alma en pena condenada al rechazo por su condición misma, arrebatándole parte de su atractivo, pero indagando a la vez en su carácter, para lo que se ampara en el personaje del científico como figura cándida y protectora, una tan característica del género como la del zombi mismo.

La humanidad parecía condenada a seguir buscando refugios temporales que les permitieran escapar de una amenaza que empezaba a tomar consciencia de su lugar en esta nueva tierra de los muertos vivientes. Desde un punto de vista crítico, el zombi quedaba equiparado a las más bajas clases sociales, cansado de la constante opresión de aquellos a quien tiene por encima, comenzando la revolución zeta en el que fue, tras un hiato de veinte años, el esperado regreso al cine de zombis de Romero. La serie B seguía siendo el filtro imperante de la cinta, con Dennis Hopper a la cabeza de esta. Los muertos, desde el mismo instante en que llegaron, lo hicieron para quedarse, y La tierra de los muertos vivientes (Land of the Living Dead, 2005) –junto a un exitoso remake de la segunda entrega de la saga– no hacía sino darles carta blanca en el nuevo mundo, uno del que ya no se marcharían.

Un par de años más tarde, Paco Plaza y Jaume Balagueró sorprenden al público español además de al internacional con [REC·], que aplica la técnica del found footage al género de terror tal y como hiciera casi diez años antes El proyecto de la bruja de Blair (The Blair Witch Project, 1999). Tanto la cinta española como la que se convertiría en la quinta entrega de la saga …de los muertos de Romero aparecieron hacia la misma fecha, y lo importante no era cuál había influenciado a cuál, sino que el subgénero zombi había alcanzado ya tal repercusión que empezaba a ahondar en nuevas técnicas audiovisuales al margen de las narrativas. En El diario de los muertos (Diary of the Dead, 2007), enmarcada –obvios anacronismos aparte– en el mismo tiempo que la primera entrega, de nuevo la sátira volvía a funcionar sorprendentemente bien, esta vez dirigida a los medios de comunicación y a nuestra insaciable necesidad de ver la realidad a través del objetivo de una cámara. Precisamente el hombre que puso al zombi delante de una se permite reimaginar casi 40 años después cómo se habría vivido esa noche de los muertos de contar los protagonistas con una propia. El resultado es una película que lidia con el metacine de forma muy notable, encuadrando la trama en el rodaje de una película por parte de unos universitarios. En un momento de la cinta podemos escuchar la misma grabación radiofónica que advertía en el clásico de 1968 de que “los muertos están volviendo a la vida”, con una diferencia: el mundo ha cambiado, y con él lo ha hecho el cine. Romero lo sabe y se adapta a ello, volviendo a demostrar con un contundente epílogo final por qué, en esto del mundo zombi, él sigue siendo el rey, y no sólo por cómo entiende al zombi sino por cómo radiografía a los humanos.

Habiendo tocado el terror, la comedia, el drama y hasta el cine social –ser o no ser, he ahí el zombi-dilema–, con su último proyecto hasta la fecha Romero se lanza a rodar un western que recicla al grupo de militares de la pasada cinta. Se agradece la valentía al abordar un género nuevo, si bien se acusa una cierta falta de ideas, y el resultado final dista de alcanzar la resonancia de otros encuentros con los necrófagos. El tiempo dirá si La resistencia de los muertos (Survival of the Dead, 2009) supone la última piedra en la longeva filmografía necrófaga del director, o si por el contrario nos tiene reservados un último proyecto que vuelva a otorgarle el título que merece.

El de último hombre vivo en la tierra de los muertos.

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