In the Flesh

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Yo anduve con un zombi

Los zombis de 28 semanas después no son zombis, son infectados. De manera más o menos involuntaria, la frase que hiciera popular Enjuto Monjamuto resume a la perfección la llegada a nuestras pantallas de una serie de ficciones que quizás sin pretenderlo, definieron la corriente del género con distintas alteraciones del concepto muerto viviente como principal reclamo argumental. Mucho ha llovido desde los precursores films de Jacques Tourneur y George A. Romero, pero fue precisamente la británica 28 días después (Danny Boyle, 2002) la que modernizó con rabiosa potencia visual el interés por los zombis, ahora infectados víctimas de un virus. Más de una década después, y de nuevo desde el Reino Unido, encontramos otra recóndita vuelta de tuerca al género. ¿Si un muerto viviente recuperara su conciencia humana y perdiera los instintos asesinos, podría reintegrarse en la sociedad? In the Flesh (2013) aborda esta cuestión otorgando tanta importancia al contexto social como a la premisa en sí, dándonos la oportunidad de reflexionar sobre el peligroso poder de la religión, la violencia y el racismo en la sociedad del miedo en la que vivimos. Da mucho que pensar que si en lugar de zombis fueran inmigrantes o víctimas de una gripe, la serie funcionaría prácticamente igual.

Creada por el joven autor teatral Dominic Mitchell, uno de los cuatro seleccionados para formar parte de un intensivo taller de guión en el que profesionales de la BBC ayudaban a llevar a cabo la escritura de un episodio piloto, In the Flesh fue el resultado de este acertado y envidiable desarrollo de proyectos. Cuando no se busca el talento, lo más probable es que no se encuentre, en cambio, de encontrarlo, corres el riesgo de que te incomode, deje dudas e incluso te fascine su comportamiento. Algo similar podríamos decir de su protagonista, un joven que regresa de una clínica de rehabilitación a su casa, situada en el pueblo ficticio de Roarton, al norte de Inglaterra. Hasta aquí todo más o menos normal, pero no es un joven cualquiera, Kieren sufre el Síndrome del Parcialmente Muerto.

Directos como el libreto al argumento, los muertos se levantaron y sembraron el caos entre la población. Meses después, un tratamiento con fármacos y psicólogos consigue recuperar y mantener estable su conciencia humana. Algunos pueden regresar a sus hogares llevando lentillas y usando maquillaje, pero siguen siendo cuerpos podridos, algo que a sus vecinos (y sobre todo a ellos mismos) todavía cuesta soportar. Con tan solo tres episodios de arco por recorrer, la serie presenta pronto sus credenciales, pero lo que resulta más interesante, al contrario de como se nos plantea habitualmente, es que desde el primer minuto lo hace poniendo a los zombis como víctimas, ellos van a ser los que ahora sientan el miedo y el rechazo de la sociedad, centrándose en su integración, sus remordimientos y el difícil regreso a una vida que ya perdieron y les niegan recuperar.

Kieren, asediado por los recuerdos de su pasado zombi y arrepentido tras devorar el cerebro de una joven a la que conoce, sufrirá una clase de horror mayor que el que antes generaba, ya que surge del desprecio y el odio de seres racionales a los que el miedo convierte en monstruos más peligrosos de los que temen. No es casual que el emplazamiento de la serie sea una zona rural, de personajes cerrados y ambientes solitarios, proclives a cierto tipo de ideología conservadora y creencias religiosas. A través de sus salidas nocturnas de caza, estética paramilitar y discursos reaccionarios, generan un peligroso adoctrinamiento en contra de todo tipo de integración social, véase el miedo a la homofobia latente en la relación amorosa. Gracias a esta acertada acumulación de ideas visuales y conceptuales, la serie recuerda en su ambiente a la historia de Frankenstein, estando mucho más preocupada por impactar como fábula sobre la maldad del ser humano y la inocencia de la bestia, que desde el terror físico más explícito.

In the Flesh relata una historia de reencuentros (im)posibles, tanto los que emprenden sus personajes como el de un género obligado a continuar formulando el estado del mundo para seguir teniendo razón de ser, con más razón aún en esta época de crisis (fundamentalmente de valores) a punto de explotar. Y por si acaso nos habíamos atrevido a olvidarlo, advierte al centro de nuestro cerebro lo que somos en situaciones límite, lo que podemos llegar a hacer (y perder) con las creencias equivocadas, pero especialmente en lo que debemos evitar convertirnos. Porque cuando una sociedad rechaza la integración de los infectados (desahuciados, parados, inmigrantes), los que realmente estamos parcialmente muertos somos nosotros. Pero no habrá más preguntas porque ahora todos están muertos.

Gente realmente asustada,
nadie sale de su casa,
un planeta lleno de fantasmas.
Miles de colores en el cielo
se vuelven contra ellos
y estallan contra el suelo.
Mucha gente se pregunta si lo que está viendo es sólo un sueño,
pero no habrá más preguntas porque ahora todos están muertos.

Los Planetas – El centro del cerebro

Nota: Tras la publicación del artículo, la serie fue renovada por una segunda temporada.

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