Lucio Fulci

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La violencia siempre en primer plano

Seguramente el director que más haya influido en la carrera de Lucio Fulci (Roma, 17 de Junio de  1927 – Roma, 13 de Marzo de 1996) sea George A. Romero. A finales de los años setenta el padre del muerto viviente moderno estrenaba Zombi (1978), con Dario Argento en tareas de producción, y automáticamente se convertía en un gran éxito en Italia. Un grupo de productores del país de la bota pone la fábrica de churros a funcionar y encargan el guión de un producto que se mantuviera lo más fiel posible a los parámetros de la continuación de La noche de los muertos vivientes (1968). El elegido para dirigirla era en un principio Enzo G. Castellari, pero problemas con el sueldo dejan al director de Aquel maldito tren blindado (1978) fuera del tinglado. Fulci, tradicionalmente con problemas de dinero a cuestas y en un momento personal complicado acepta. La película es Nueva York bajo el terror de los zombi (1979), que cambiaría la carrera del romano.

Pero antes de este punto de inflexión, el director llevaba ya tras de si una larga e irregular filmografía. Curtido en innumerables comedias para lucimiento del cómico de turno (habitualmente Totó), hasta finales de los sesenta no se empiezan a ver en sus obras las obsesiones por las que será ferozmente aplaudido por sus seguidores y despreciado con indiferencia por sus críticos, entre las que destaca una delectación exagerada en las escenas de violencia. La manera en que las balas se incrustan en el cuerpo en el spaghetti western Las pistolas cantaron la muerte (1966) es cruda de más incluso para este subgénero. Con Una historia perversa (1969) se acerca por primera vez a los terrenos del misterio y el thriller. El mismo año filma la que es la película de la que está más contento, Beatrice Cenci, un drama histórico con la Iglesia en el punto de mira (y no sería la última vez) que es estrenado a trompicones. Como tantos otros guerrilleros, lamenta ser más recordado por películas cuyas autoría es del productor y que no dejan de ser explotaciones que por proyectos más personales.

Empezando de forma gradual, y cada vez más acusadamente, sus obras tienden a ser un fino hilo argumental (en otras ni siquiera eso) donde se intercalan escenas de gran impacto para el espectador, desagradables, gratuitamente efectivas, que llevan al límite el género en el que se encuadran. Contrariamente a opiniones extendidas entre la crítica y el aficionado, Fulci no abandona las tramas de sus películas por incapacidad, sino que es una decisión de estilo, con la que se podrá estar de acuerdo o no. Sobre todo a partir de su primera película de zombies, los personajes no pasan de sombras de arquetipos a los que le van pasando cosas de forma aleatoria, y para su desgracia casi todas bastante malas. Como el puro terror, sus películas se convierten en una experiencia sensitiva, desprovista de todo raciocinio, que gira en torno a secuencias del mejor mal gusto, algunas presentes por mérito propio en los momentos más recordados por el aficionado.

A comienzos de los setenta la trilogía de giallos animales de Argento propicia una avalancha de producciones del mismo corte, cumpliendo Fulci con el expediente en la correcta Una lagartija con piel de mujer (1971). En Angustia de silencio (1972), la ambientación rural y las relaciones malsanas en un pueblo de la Italia profunda suponen uno de los mejores ejemplos de este género, sin olvidar un desenlace que desafía de nuevo la paciencia de la Iglesia. Ante las acusaciones constantes de machista que recibió a lo largo de su carrera, el director romano solía argumentar que la forma más fácil de encaminar a un chico por el desprecio hacia los valores de la mujer era llevarlo a misa. La institución atacaba su cine mientras en sus películas los personajes femeninos solían ser las víctimas favoritas de unos crímenes cada vez más tortuosos y enfermizos.

Después de un tardío spaghetti, Los cuatro del apocalipsis (1975), realmente singular y que entendía que el subgénero estaba muerto y varias comedias menores, llegaba el punto de inflexión. Con varias escenas que el anonadado espectador nunca olvidará (una pelea subacuática entre un tiburón y un zombie, un ojo atravesado por una astilla) Nueva York bajo el terror de los zombi (estrenada oportunamente en suelo italiano como Zombi 2) supone el comienzo de la etapa más reconocida de Fulci. El argumento del matrimonio Sachetti intenta despegarse al máximo de la película de Romero, y aunque la simpleza de los personajes impide que la identificación con ellos pueda producirse, la película es un éxito comercial. El comportamiento del muerto viviente en las películas de Fulci es inquietante. De paso lento, parece anteponer en ocasiones el sufrimiento de su víctima a las necesidades propias de alimentación. Con conseguido aspecto asqueroso, pútrido y casi siempre acompañado de una gran cantidad de gusanos. Casi de forma consecutiva llegarían Miedo en la ciudad de los muertos vivientes (1980), El más allá (1981) y Aquella casa al lado del cementerio (1981). Con protagonismo de Catriona MacColl, suponen una trilogía de ambientes deudores de Lovecraft (de aquella manera), ausencia casi total de argumento y una colección de las modas imperantes en ese momento en el género de terror, que van desde los zombies pasando por las casas encantadas. Y por supuesto, mucho gore.

No sorprende que cuando el mecanismo de censura cinematográfica inglés elabora la inefable lista de las Video nasties (películas que por su alto contenido perturbador, violento o erótico no tenían distribución videográfica en las islas), la primera de la relación fuese una obra de Fulci. El descuartizador de Nueva York (1982) es su particular visión del slasher más salvaje, que copaba la producción del género en esos años. Bestial, con escenas de dudoso gusto por como se recrea en el dolor y la tortura, y bastante irregular en su desarrollo. En esta etapa comenzaba un progresivo declive, anclado ya hasta el final en el género que le daría la fama, salvo incursiones en la espada y brujería y el cine apocalíptico, que ningún director industrial italiano se libraría de rodar. El golpe de gracia a la intención de reverdecer viejos éxitos sería la secuela tardía Zombi 3 (1988). Un tortuoso rodaje en Filipinas le hace abandonar la producción antes de tiempo, siendo finalizada la película por Claudio Fragasso y Bruno Mattei, el ABC de lo peor del explotation italiano.

Para disfrutar de la obra de Fulci hay que entender que detrás de una enorme cantidad de vísceras, sangre y lugares comunes del género fantástico, se encuentra un director con una imaginería única, con gran sentido y habilidad para crear atmósferas extrañas y malsanas, puras pesadillas filmadas. Una amplia trayectoria con un puñado de buenas películas y mucho desecho, en la línea de los francotiradores europeos de aquellos años, con un sello marca de la casa: mostrar la violencia siempre en primer plano.

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