Pacific Rim

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La última frontera

Supone una curiosa coincidencia que en los días en que se rememoran los fatales hechos acontecidos en Hiroshima y Nagasaki el cine decida enfrentarnos de nuevo al horror de la bestia radioactiva que simbolizaba el GojiraGodzilla para el pueblo occidentalde Ishirô Honda. La brecha abierta en las profundidades del Pacífico en la última cinta de Guillermo del Toro, Pacific Rim, actúa de frente de liberación de unas monstruosas criaturas surgidas del imaginario japonés, los Kaiju, que entroncan ostensiblemente bien con éste del realizador mexicano. En la amalgama de esta hiperbólica propuesta, otra tradición, también nipona: la de los de los mecha, o robots gigantes.

En una cinta que no oculta una, por otra parte, buscada condición de cine mainstream de entretenimiento puro y duro, absolutamente desmedida en su poderío visual, es de agradecer que se atisben destellos de contención narrativa y de un tipo de cine que desafía a los más transformistas. La sencillez de su premisa se extiende al desarrollo de su viaje argumental, perfectamente calibrado en todo momento, con actores entregados a su rol –desde el Jax Teller de Sons of Anarchy, Charlie Hunnam, pasando por su compañero de fatigas en la serie, Ron Perlman, hasta llegar a Idris Elba o Rinko Kikuchi, la niña de Babel y con un sentido del ritmo ejemplar. Del Toro conoce lo que maneja y lo hace con finura, gracia e inspirados toques de su fértil universo, pintando con la precisión de una punta afinada lo que muchos confundirán, erróneamente, con brocha gorda.

La deriva de la que los pilotos hacen uso para unir sus mentes en simbiosis con los ya referidos mecha, que supone la línea de defensa ante el ataque de las bestias, podría también referirse a la que experimenta en la actualidad el cine de evasión con ínfulas de blockbuster, sometido a acatar ciertos comportamientos que anulan cualquier capacidad de sorpresa o emoción genuina. Del Toro se las ingenia, como hizo con las dos partes de Hellboy –las más cercanas a ésta de su filmografía–, para ofrecer un espectáculo apabullante, uno que evita la asfixia gracias a momentos como ese flashback perfectamente colocado en medio de un simulacro –cuya conclusión no será inmediata, y cuando llegue supondrá para el espectador una de las más bellas imágenes de la cinta– o a toda la (sub)trama paralela en el mercado negro. Los escépticos harían bien en desoír voces discordantes y lanzarse junto a Idris Elba a cancelar el apocalipsis, antes de que éste nos engulla a todos con más ruido que nueces. Y es que, en cuanto a cine sin pretensiones y de primer orden, ejemplos como Pacific Rim quizás supongan, en estos tiempos convulsos, la última frontera.

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