Zombis en el cine español

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La cinematografía española ha abordado en numerosas ocasiones el fenómeno del muerto viviente, más concretamente al estilo de Romero, ya que casi todos los ejemplos son posteriores a La noche de los muertos vivientes (1968). Repasando el año de estreno de cada cinta, no es coincidencia que el grueso de estos títulos pertenezcan a las dos épocas más prolíficas del género fantástico en nuestro país: la década de los setenta y los años que van desde comienzos de siglo hasta nuestros días.

Debido a que sobre todo en la época dorada del fantaterror eran habituales las co-producciones con otros países (incluso películas con capital totalmente extranjero que contaran con un director español, que alguna hay), hablaremos tanto de filmes extranjeros dirigidos por españoles como de producciones de aquí con un director de otro país. Un ejemplo del primer tipo sería el del realizador Miguel Morayta, oriundo de Ciudad Real, que desarrolló una larguísima trayectoria en México. En 1966 rodó El doctor Satán, donde un mad doctor intenta crear una legión de zombis mientras una joven aliada con la Interpol trata de darle caza. El argumento, de claro regusto pulp, sigue la tradición del prolífico cine de terror mexicano, con muchas obras de buen nivel entre infinitas secuelas del Santo y otros luchadores.

Casi de forma simultánea, en 1967, Narciso Ibáñez Serrador adaptaba la obra La pata de mono de W.W. Jacobs para su serie Historias para no dormir. Con el título de La zarpa, se trataba de uno de los capítulos más terroríficos y aunque no apareciera ningún muerto viviente de forma literal, entre los espectadores televisivos de la época se tenía la sensación de haber visto a Manuel Galiana en pleno estado de descomposición.

Pero no iba a ser hasta 1972 cuando se produjera el primer film español genuinamente de zombis. La noche del terror ciego, del cineasta gallego Amando de Ossorio, creaba toda una iconografía autóctona en torno a sus zombis templarios. Seguidores de las ciencias ocultas en el siglo XIII, volverán una y otra vez en cada secuela para atormentar a los incautos que van a dar por los alrededores de sus tumbas. El ataque de los muertos sin ojos (1973), se acercaba aún más a la fuente de inspiración presentando a un grupo de personas recluidas y que son acosadas por los movimientos al ralentí de los templarios. En El buque maldito (1974) se emparentaba a la saga con el mito del holandés errante, dando lugar a la más floja de la tetralogía. Ésta se cerraba con La noche de las gaviotas (1975), donde los habitantes de un pueblo costero tenían que mantener satisfechos a los templarios sacrificando cada cierto tiempo a una joven virgen. Indispensables dentro del género terrorífico español, tienen incluso cierto culto en Estados Unidos, con ediciones en formato digital de buena calidad.

Hablar del terror setentero español y no hacerlo de Paul Naschy es misión imposible. Tocó todos los palos del género, incluido el de los muertos vivientes. En 1973 y bajo la batuta del entrañable León Klimovsky, interpretó al hindú Krishna en La rebelión de las muertas, con la intención de invadir Londres con una legión de zombis. Más interesante y con el aliciente de interpretar a uno de sus personajes más conocidos, Alaric de Marnac, resulta El espanto surge de la tumba, de Carlos Aured, rodada el mismo año. Una nueva visión de este malvado trasunto de Gilles de Rais que vuelve de entre los muertos la tendríamos en Latidos de pánico, con el mismo Naschy en la dirección y de 1983. Otra interpretación en una película de zombis del forzudo actor en aquel 1973 la tenemos en La orgía de los muertos, aquí en un rol bastante más secundario. Dirigida por el simpático artesano José Luis Merino, nos encontramos con una película de corte gótico, clásica y cuyo mayor mérito es una ambientación muy conseguida.

Después de haber rodado la estimable Ceremonia sangrienta, al director Jorge Grau le ofrecen realizar una versión de La noche de los muertos vivientes a todo color, dándole mucha importancia al gore y los momentos truculentos. Tras revisar plano a plano la obra de Romero, crea una de las mejores explotaciones de aquellos años, y que consigue tener interés propio. No profanar el sueño de los muertos (1974) puede que abuse del discurso ecologista tan de moda en la época y que a su metraje le sobren los últimos minutos, pero suele estar entre las películas favoritas del aficionado al fantaterror.

Tan imprescindible como Naschy resulta Jesús Franco. Ya en los ochenta rodaría dos producciones que se encuadran dentro del subgénero: La tumba de los muertos vivientes (1982) y La mansión de los muertos vivientes (1985). En la primera unos zombis nazis defienden un tesoro de la II Guerra Mundial de una expedición con uñas y dientes. Resulta visible y sigue el argumento de manera más o menos fiel, con las habituales arritmias en la dirección. En la segunda, por el contrario, Franco tiene más interés en las relaciones íntimas de los personajes que en crear atmósferas propias del género, una lástima. Esta especie de díptico podría ser trilogía si El lago de los muertos vivientes (1981) no la hubiese acabado haciendo Jean Rollin, de inquietudes tan similares al realizador madrileño.

Tras esto, el aficionado tendría que esperar a la puesta al día que 28 días después de Danny Boyle y Amanecer de los muertos de Zack Snyder dieron del muerto revivido en todo el mundo para volver a ver de forma habitual películas de zombis españolas. En 2003, la Fantastic Factory de Filmax se lanza a producir la tercera parte de una película de culto dentro del género en los años 80, Re-animator. Los ingredientes parecen garantizar el éxito: Jeffrey Combs volvía a meterse en la piel del doctor West, Santiago Segura estaba en la plenitud de su fama y Elsa Pataky parecía un reclamo femenino comparable salvando las distancias a Barbara Crampton. Además, la iba a dirigir una de las dos personas que estaban tras la original. Desgraciadamente, no se trataba de Stuart Gordon (que había firmado la anterior película de la productora, la reivindicable Dagon) sino del mediocre Brian Yuzna. El resultado es la sosa Beyond Re-animator. Quizás previniendo un triunfo que no se produjo, el mismo año Segura producía Una de zombis (Miguel Ángel Lamata, 2003)

Antes de tropezar con el boom que supuso [Rec] (2007), habría que nombrar la modesta película del videoasta sevillano Julián Lara Deadhunter Sevillian Zombies, con el desparpajo amateur tan propio del autor. Tres años después, en 2006, se rueda La hora fría, de Elio Quiroga. Se trataba de un relato post-apocalíptico claustrofóbico, que contrasta con lo habitual en estas cintas, ya que no se desarrolla en desolados pasajes desérticos. También tenía su dosis de zombis y convendría rescatarla de cierto olvido en el que se encuentra, aunque solo sea por lograr que una historia así funcione pese a ciertos errores de casting.

El año 2007 es clave. Por un lado, se estrenaba la primera película de la saga de terror más exitosa de la historia de nuestro país. Por otro, la continuación de la obra que había vuelto a poner al zombie de moda contaba con un director español a los mandos. Tras un pase mítico en Sitges, que incluso fue utilizado como parte de su campaña publicitaria, en noviembre de ese año llegaba a las pantallas el fenómeno [Rec], dirigida al alimón por Jaume Balagueró y Paco Plaza. Con un ojo en El proyecto de la bruja de Blair y el otro en los infectados de Boyle, se trata de un recorrido por  una casa del terror repleta de sustos, tremendamente efectiva. Mucho ha llovido desde el lento despertar de los templarios de Ossorio a las carreras que tienen lugar en esta trilogía (por ahora). [Rec] 2 (2009) hacia más hincapié en la acción y en la búsqueda de las respuestas que quedaron en el aire al acabar la primera, aún dentro del edificio barcelonés. Con la última entrega hasta la fecha, [Rec] 3 Génesis (2012), de Plaza en solitario, se opta por un camino socorrido en las sagas del género: la comedia. Menos impactante y terrorífica que las anteriores y casi en su totalidad rodada de forma tradicional, ha dejado la imagen de Leticia Dolera vestida de novia y motosierra en mano como un ícono del horror patrio.

Juan Carlos Fresnadillo se enfrentó a una tarea muy complicada como era abordar la secuela de la exitosa cinta inglesa 28 días después. Salió airoso de forma notable, ofreciendo una película de calidad, con el nervio de la anterior y sin un bajón tan pronunciado en su desarrollo como cuando aparecían los militares en aquella. 28 semanas después (2007) ahonda en la propagación de la infección que ya se ha extendido por toda Inglaterra. Es uno de los mejores ejemplos de una tendencia que viene produciéndose desde hace cierto tiempo: la llamada desde industrias fuertes, generalmente la americana, de jóvenes directores españoles de género para ponerse al frente de productos de encargo. Ahí están los hermanos Pastor, Victor García o Jaume Collet-Serra.

En el 2011 hay dos nuevos intentos, Mallorca zombie de Jaume Alçina y Papá, soy una zombi de  Joan Espinach y Ricardo Ramón. A la espera del estreno de Retornados de Manuel Carballo, que promete una nueva vuelta de tuerca al asunto con los zombis asentados y controlados en la sociedad, y de saber qué pasa con las películas El otro lado de César del Álamo (que tiene ya su granito de arena con El síndrome de Lázaro, del 2007, como no) o Perros muertos de Koldo Serra, siempre podemos volver a repasar propuestas atípicas y peculiares por si estamos algo saturados de tanto higadillo devorado. El momento zombie de El liguero mágico de Mariano Ozores o la ignota y descacharrante Más allá del terror (1980) de Tomás Aznar parecen buenas elecciones.

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