La luz acelerada: Dormir es morir

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Recuerdo vívidamente –y de veras que lo recuerdo- corretear delante de mi abuela por las escaleras de nuestra vieja casa de Alicante, huyendo desesperadamente de la siesta.

En verano, durante dos horas al día, la siesta era obligatoria. Dos horas cada día. Dos horas que nunca iban a volver, que desaparecían para siempre. Para siempre. Yo no quería perderme esas dos horas en las que podría –en las que debería- estar jugando, saltando, leyendo tebeos o viendo dibujos animados. Yo no quería perderme la vida. Para mí niño de siete años, dormir era morir. Luego me cansaba de correr y, efectivamente, me dormía. Contra mi voluntad.

En 1973, Miles Monroe, a través de los ojos de Woody Allen, se durmió contra su voluntad.

Con 15 años yo quería tener 25, quizás 30. Quería ser mayor, quería ser adulto. Quería que mis opiniones se tuvieran en cuenta, quería tener barba, ser interesante y sí, quería gustar a las chicas. Por mis opiniones, por mi interés y por mi barba. A veces imaginaba (¿soñaba?) como sería el mundo después de 10 años, después de 15 años; un mundo distinto, un mundo del futuro inmerso en maravillas tecnológicas que yo no podía esperar. Que yo no quería esperar. A veces imaginaba (¿soñaba?) que una noche me dormiría y despertaría en el año 2000 o en el 2010, y entonces todo eso estaría a mi alcance: la barba, las maravillas tecnológicas y el futuro.

En 1973, Miles Monroe, a través de los ojos de Woody Allen, se durmió y despertó 200 años más tarde. Despertó en un futuro lleno de maravillas tecnológicas, aunque sin barba. Pero era también un futuro ajeno e incomprensible; donde las casas parecen naves espaciales, hay robots que te barren el suelo y para follar usas una computadora y no necesitas tocarte, aunque a veces te mareas y tienes náuseas. Un futuro lleno de hombres y mujeres felices, complacientes con su pertenencia a una sociedad de la cual ni saben, ni quieren saber, que es dictatorial.

En 1973, Miles Monroe, a través de los ojos de Woody Allen, se durmió y despertó 200 años más tarde. Alguien diría que despertó 40 años más tarde.

Miles Monroe no comprende el futuro y no cree en la ciencia, pero sí que le gusta a una chica; a Luna Schlosser, a través de los ojos de Diane Keaton. Ella no cree en Dios ni en sistemas políticos. Él solo cree en el sexo y la muerte “ambos llegan una vez en la vida, pero al menos tras la muerte no tienes náuseas”.

Yo doy gracias al sexo y a la muerte por no haber dormido los últimos 15 años, por no haberme perdido maravillas tecnológicas que me barran el suelo o me limpien la casa. Tampoco las entiendo muy bien y tampoco entiendo muy bien la sociedad. No entiendo muy bien el futuro que estoy viviendo, pero es el mío y no quiero perderme ningún beso que me maree ni ningún polvo que me quite las náuseas, aunque a veces tenga que ser a través de una computadora. Tampoco quiero vivirlo en sueños, que es como vivir pero un poco menos.

¿La muerte? La muerte que espere otros 200 años.

Sleeper (El Dormilón). Woody Allen. 1973

Woody Allen (I): La comedia absurda

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