La espuma de los días

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Fantasía de lo cotidiano

Cuentan que Frank Zappa dijo que escribir sobre música era como bailar sobre arquitectura. Escribir sobre el cine de Michel Gondry supone algo parecido, se podría decir que el director de Olvídate de mí (2004) no necesita presentación, pero no estaría bailando. El estreno de La espuma de los días (L’ecume des jours, 2013), adaptación de la célebre novela de Boris Vian, resulta (y resalta) el material idóneo para que Gondry de rienda suelta a toda su imaginación. Moviéndose al son de un Duke Ellington que incluso hace acto de presencia, no en vano el título internacional es Mood Indigo, nos encontramos ante su película más personal hasta la fecha, que no es poco, repleta de artilugios que cobran vida, multitud de secuencias realizadas mediante animación stop-motion, delirantes platos de comida animados y trucajes de cualquier clase, como –de nuevo– un original uso de la multipantalla o la constante (re)construcción del cambiante decorado en función de las intenciones dramáticas de la escena.

La inventiva y capacidad de imaginación que desprenden la gran mayoría de sus obras nos recuerdan que más que un cineasta, el francés es un video-artista en el mejor sentido de la palabra. Sus hallazgos y logros durante las últimas décadas realizando cortometrajes, publicidad, videoclips y animación han sido trasladados a gran escala en sus trabajos cinematográficos, documentales o de ficción, convirtiendo el cine en un espectáculo de magia que, tal y como lo entendían Georges Méliès y Segundo de Chomón, celebramos tenga continuación.

Para Gondry, la fantasía, lo onírico o lo surrealista no abren el pasadizo capaz de llevarnos a descubrir otros mundos, al contrario, son una oportunidad única de ver el nuestro de otra manera. A cualquier elemento cotidiano, un tocadiscos, una mesa o un despertador, lo dota de movimiento, personalidad y vida propia, incluso un apretón de manos deja de ser algo corriente. Nada es lo que parece porque tememos lo sea. En su cortometraje del film Tokyo! (2008), la protagonista se sentía tan sola que acababa convertida en una silla, de al menos cierta utilidad. En La espuma de los días, el personaje de Colin (Romain Duris) disfruta de la vida sin preocupaciones, viviendo de sus ahorros con comodidad. Pero tras enamorarse y caer enferma Chloe, su esposa, necesita trabajar en toda clase de empleos ridículos y frustrantes para lograr pagar el tratamiento que cure su enfermedad, una bella metáfora con forma de nenúfar en el pulmón qué con tanta tristeza pone en imágenes Gondry. Sólo parecía un poco de aire frío que entraba por la ventana…

Colin se cosifica para poder ganar dinero, alejándose de su pareja, mientras tanto, inmerso en la rutina laboral, su casa encoge, las habitaciones se oprimen y el dormitorio en el que se recupera Chloe se convierte en una ciénaga repleta de flores marchitas. Ya no queda vida, la fotografía se oscurece al tiempo que Tatou ya casi no respira. Se acusa a Gondry de no lograr implicar emocionalmente al espectador en el terrible trayecto con el que concluye el film, pero lo cierto es que decide que las cuestiones de dirección artística estén por encima de los subrayados, que la emoción se transmita por medio de una imagen que desesperada, pierde progresivamente su color hasta finiquitarse y desaparecer en blanco y negro. Una memorable decisión estética, como no podría ser de otra manera en un autor para el que siempre ha sido su ética.

Lejos de plantear una historia de amor idílica como puede aparentar, aunque durante el metraje hay tiempo para la diversión, como aquella frenética carrera en el interior de la iglesia, el universo crítico contra el sistema, la idolatría y la religión presente en la novela de Vian siguen siendo el trasfondo que sostiene la narración. De la que hay que decir, en todo caso, hemos visto una versión reducida, la copia internacional dura media hora menos que la estrenada en Francia, por lo que si algún personaje secundario se cierra apresuradamente o desaparece, como lo relacionado al filósofo Partre, quizás aquí podamos encontrar la causa.

Gondry se vuelve a mostrar irremediablemente pesimista al respecto de las relaciones humanas, al igual que lo fuera en Olvídate de mí o La ciencia del sueño (2006), demostrado cuando el personaje del médico al que interpreta reconoce que su tratamiento no ha funcionado, que es su culpa. Incluso, simbólicamente, devuelve su dinero a un paciente/espectador al que sabe no podrá recompensar como esperaba. El imaginario que despliega para hacer de lo cotidiano algo extraordinario es una batalla perdida de antemano, en la que lo ordinario -nacer, vivir, morir, en definitiva, decir adiós- reconoce acaba venciendo. No sin antes hacer suya aquella cita de Vian con la que abre la película: “Esta historia es verdad porque yo la he inventado”, mientras se sirve una copa tocando en ese piano-cóctel que otros llaman cámara y que en sus manos parece grabar lo que habíamos olvidado podíamos llegar a soñar.

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