La gran familia española

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Cabeza, chavales, cabeza

Tras el abultado éxito de Primos (2011), la anterior propuesta de la aún corta aunque intensa filmografía de Daniel Sánchez Arévalo, cabía preguntarse si la mencionada actuaría como nuevo molde fundacional de la carrera del realizador o si por el contrario nos encontrábamos ante un paréntesis –por falta de pretensiones, no de resultados– con el que dar un necesario respiro a la tragicomedia, más tirando a lo primero, que tan bien maneja el madrileño.

Por suerte, y por el momento, –y, de nuevo, no porque las desventuras de aquellos tres primos en Comillas no fueran lo suficientemente meritorias, quizás sí algo menos definidas de a lo que nos tiene acostumbrados– ha acabado ocurriendo lo segundo. No sólo es La gran familia española un filme más complejo y compacto que el anterior, también funciona como síntesis perfecta de un estilo personalísimo y ya a estas alturas tremendamente depurado, amén de un esperado reencuentro con las mejores dotes narrativas del director.

Si el debut de Sánchez Arévalo utilizaba como material de partida el corto Física II (2004), en esta ocasión, y buceando un poco en la amplia muestra de cortos del director, comprobamos cómo la premisa de una boda interrumpida por acontecimientos externos a ésta se encuentran ya presentes en Traumatología (2007). Como también lo hace gran parte del equipo actoral, aunque esto no va sólo en sintonía con el referido corto sino que responde a un curioso caso de titularidad asegurada cuando se trabaja con el director.

La infatigable e incesante campaña de promoción de la película, más enfocada al balón que a la cámara, –y es que la boda podía haber coincidido tanto con la final del mundial como con la emisión del último capítulo de Breaking Bad, no es más que una excusa a nivel argumental– no corresponde en absoluto con lo que se nos quiere contar. Sí que hay que reconocer que una vez ha elegido su mcguffin, Sánchez Arévalo se compromete con él hasta el final, utilizando los diferentes tiempos de aquella gloriosa final para marcar los suyos propios, y para culminar en una nota esperanzadora la gran gesta que lleva a cabo. Y como Vicente del Bosque pidiendo a sus jugadores concentración para acabar el partido tras el gol aquella noche en el Soccer City Stadium, Arévalo se reserva los últimos minutos del filme para cerrar, en un tercer acto apoteósico y valiéndose de la lectura de un e-mail, todos los frentes que ha abierto, demostrando que la madurez de la que sus personajes suelen carecer, él parece que ya la ha alcanzado.

 

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