The Act of Killing: Searching for Anwar Congo

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Comentaba en una entrevista Joshua Oppenheimer, director de la película, que al cambiar el enfoque de la misma –el plan original era contarla a través de los ojos de los supervivientes– se vio obligado a tratar directamente, y darles voz, a los perpetradores de los atroces crímenes que se recrean para la pantalla. Su intención de sacar al descubierto una realidad terrorífica se dio de bruces con otra que no lo era menos: el hecho, por duro, incomprensible, espeluznante que parezca, de que simpatizaba con la figura responsable de tantísimas muertes. La filmación de la película, por tanto, adquirió un nuevo sentido, al margen –si es que esto fuera posible– de la repetición del pasado mediante el uso de diferentes géneros cinematográficos: el personaje, la persona más bien, de Anwar Congo, como improbable entidad dramática cargando a cuestas no sólo con sus acciones, sino con el total de la narración de una película en la que ficción, metaficción y realidad se diluyen hasta el punto de que resulta imposible diferenciar una de la otra. El acto de matar, junto al hombre responsable de (re)producirlo.

Una de las escenas más sugerentes de la película de Oppenheimer es aquella que lidia con los demonios internos de Anwar Congo. El susodicho yace en su cama cuando una figura etérea –casi carnavalesca– hace acto de presencia, entre humos y susurros. Creí que había acabado contigo, profesa Anwar, seguido de una voz que grita ¡Corten! La incapacidad de conseguir una actuación veraz contrasta con la facilidad con la que sí muestra la mejor forma de matar a un hombre, sin toda esa innecesaria y pestilente sangre, o con aquella con que elige el vestuario que haga creíble a su yo de entonces –una elección que, como afirma, enlaza conscientemente con el de nombres del cine de Hollywood de su época, acortando de nuevo la línea entre realidad y ficción.

Aunque quizás sea algo pretencioso o prematuro hablar de un camino de redención para una persona que “obligaba a sus víctimas a morir”, ahora reconvertido en temible villano, haríamos un flaco favor a la cinta, en su faceta de experiencia extracinematográfica, incluso extrasensorial –como ya ha apuntado algún crítico, se revierten los códigos y no da tanto miedo lo que se ve como lo que se oye– si ignorásemos la transformación de este gánster, o como él proclama, hombre libre. El encadenado de secuencias que giran a su alrededor sugieren desde luego una reflexión moral propia, tanto al comprobar la crueldad de sus acciones una vez vistas desde fuera como al relatar a solas a la cámara la que él considera la procedencia de sus pesadillas, esos ojos que no cerró y que ya para siempre, junto a los del espectador, quedarán abiertos.

Los instantes finales de la cinta, enmarcados en un número musical, idealizan a Anwar como liberador de su pueblo, para a continuación, pasada la narración por el filtro del cine negro, situarle al otro lado de la mesa, subyugándole –en la ficción de la realidad– a las vejaciones y torturas que él mismo ejecutaba. Una confesión posterior a cámara en la que sostiene que por fin comprende a sus víctimas amenaza con destruir esa evolución arriba comentada. “Usted sabe que es sólo una película. Ellos sabían que iban a morir”, le espeta la voz tras la cámara, que no es otra que la del director. De nuevo la incapacidad de procesar esa información nos ofrece una imagen de ese hombre libre y convencido de sus actos del comienzo de la cinta, uno al que unos ojos abiertos seguirán persiguiendo, y que ya no podrá revisitar los escenarios de sus crímenes sin sentirlos clavados en su nuca, revolviendo sus entrañas y haciendo que se cuestione cosas y, acaso, llegue a comprender las consecuencias del atroz acto de matar.

 

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