Serie B de brujería

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Brujas ocultas

Desde hace décadas, un buen número de brujas controlan los designios de las cinematografías del mundo. Como las madres de Argento, su poder reside en la negación del espectador a su presencia, que ha sido erradicada de toda lista que hable de estas señoras casi nunca ataviadas con sombrero y escoba, en beneficio de unas amantes de lo oscuro más agradables y mainstream (como las llegadas desde Zugarramurdi). Con conciencia de efectuar una labor social, arrojaremos luz sobre estos ignotos seres…

El grindhouse americano es una mina para mostrar con poco presupuesto aquelarres y chicas ligeras de ropa. Empezamos por dos ejemplos que comparten nombre, The naked witch. La rodada en 1961 se centra en una aldea de Texas que parece un pueblo de la Alemania profunda, donde inevitablemente se revivirá a una bruja. En la de 1967, dirigida por Andy Milligan, el culpable de despertar a una hechicera del siglo XIX será un estudiante de high school. A veces alguien quiere enderezar el rumbo de un grupo de descarriadas, como en Night of the witches (1971), con tan mal resultado como cabría esperar. Si en The touch of Satan (1971) vemos a Melissa mantenerse con un aspecto envidiable a pesar de tener más de cien años, en Aquelarre sangriento (1972) la reina de las brujas está interpretada por Ilsa, la mismísima loba de las SS.

Season of the Witch

En 1972, George A. Romero nos enseña en La estación de la bruja los coqueteos de un ama de casa con la magia negra. El aburrimiento de la señora en su día a día nunca llega a superar al del espectador. Una cinta interesante es Espíritus vengadores, de George McGowan. Tiene una atmósfera muy conseguida y toma ideas del folclore americano,  con un hechicero indio que se enfrenta a una maga ectoplásmica similar a la Pantaruja, realmente inquietante. Bert I. Gordon (Earth vs. The spider, El alimento de los dioses) coloca a una bruja de Salem en la época de rodaje de la película en Burned at the stake, un recurso que como verá el lector es muy habitual. Y es que una hora y media de decorados coloniales exige demasiado presupuesto a estas producciones. Hacia finales de los ochenta se ubican El beso, de Pen Densham y Death doll de William Mims. En una se explora en el miedo infantil hacia las madrastras (en este caso una tia, Felice) y en la otra una vieja gitana maldice una máquina de muñecas.

El Reino Unido ha legado una buena cosecha al asunto, con el must see Arde, bruja, arde a la cabeza. De 1962 y dirigida por Sidney Hayers, está basada en un relato de Fritz Leiber adaptado para la pantalla por Richard Matheson. Muy estimable, se codea perfectamente con cualquier producción Hammer de la buena época. De la productora del martillo es Las brujas (1966). Una producción menor del estudio en la que la frágil Joan Fontaine descubre a qué dedican el tiempo libre los aldeanos de un pueblecito de la campiña inglesa…Y no se trata de tomar el té. En La maldición del altar rojo, de Vernon Sewell, Barbara Steele deja otro personaje icónico en la piel de Lavinia. La película sigue los esquemas del ciclo Poe de Roger Corman, con un reparto espectacular que cuenta con Boris Karloff, Christopher Lee y Michael Gough. Gordon Hessler por su parte contó con Vincent Price para el Grito de la muerte (1970), siendo amenazado por una bruja y un demonio con forma humana. Por último, unas modelos contratadas para una sesión de fotos que se desarrolla en una mansión son convertidas en brujas en Virgin witch, con similar gusto por lo erótico que sus coetáneas estadounidenses.

La industria mexicana no podía dejar escapar las posibilidades de este personaje. Rodada en 1958, Misterios de la magia negra narra la historia de un espectáculo itinerante demasiado real.  Y si, Santo también ha luchado contra brujas. Por decir dos ejemplos: Atacan las brujas de 1968, dividida en tres episodios con hechiceras de por medio. Y bajo los mandos de Alfredo B. Crevenna (que ya había coqueteado con el género en Yambaó, coproducida con Cuba) nos topamos con Santo contra la magia negra, sobre la nigromántica Dejanira, del estilo rituales y vudú. Quizás las dos películas más conocidas sobre brujería del cine mexicano sean Alucarda, la hija de las tinieblas y Veneno para las hadas. La primera, de estilo surrealista (muy influida por Jodorowsky) es una producción con muchos matices que van más allá de la explotación morbosa habitual de estos temas. Por su parte, Carlos Enrique Taboada nos cuenta su historia a través de los ojos de dos niñas, y juega con el enigma de si todo es fruto de la poderosa imaginación infantil, o si realmente estamos ante una bruja de asombrosa precocidad. Dos buenas maneras de acercarse al fantástico de ese país. Lo que no puede decirse de Embrujo de rock, película de mitad de los noventa dirigida al público adolescente.

Para finalizar, dejamos México y nos adentramos en ambientes más exóticos, y cada vez más cercanos a la serie Z, cuando no zambullidos de pleno en ella. De 1970 y rodada en Filipinas es Devil woman, cuya protagonista lleva un tocado de serpientes a lo Gorgona y donde no falta el kung-fu. Un físico americano que vive en las islas se enfrenta a una maléfica bruja en Black Mamba, de George Rowe. Aprovechando una leyenda del sureste asiático, The witch with the flying head (1977) tiene un argumento bastante sugerente. Una mujer es maldecida por una bruja y se convierte en una Penanggalan, lo que quiere decir que todas las noches se le separará la cabeza del cuerpo para alimentarse preferiblemente de niños. Pues que le aproveche.

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