Caníbal

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Deseos humanos

Como reza su frase promocional, Caníbal (Manuel Martín Cuenca, 2013) es una historia de amor. La de Granada y el cine llevaba demasiado tiempo rota, distanciada. Lejos quedan los dorados años sesenta, el rodaje de Doctor Zhivago (David Lean, 1965) en Guadix y el de múltiples Spaguetti Western como El bueno el feo y el malo (Sergio Leone, 1966) en las minas de Alquife y La Calahorra debido a su cercanía con Tabernas. En aquella época, las políticas franquistas convirtieron España en un gigantesco plató de cine a bajo coste, repleto de beneficios fiscales. Los escenarios naturales hacían el resto, algo que Hollywood aprovechó y olvidó pronto, o cuando encontró decorados más baratos.

El palabras del escritor Juan José Carrasco Soto, autor del libro Granada y el cine. Su historia“la casta política de esta ciudad siempre ha estado muy influenciada por los dogmas de la Iglesia, que concibe al cine como un arte mundano y pecaminoso”. En cierto modo no les faltaba razón. Que el argumento de Caníbal tenga lugar en una ciudad con la idiosincrasia de Granada no es casual. Su larga historia, definida por los edificios antiguos de la adoquinada Acera del Darro, donde reside y trabaja su protagonista, como el fuerte anclaje cultural y social de la ciudad a las tradiciones religiosas y poderes fácticos, resultan el camuflaje perfecto de ese caníbal. Como también podríamos decir de una España (y una Europa) incapaz de amar, que rinde culto al poder y siente las imágenes hasta apoderarse de ellas. En definitiva, tan sólo se trata de otra forma de antropofagia.

Caníbal

Asumiendo (literalmente) desde la primera secuencia la perspectiva de Carlos, el sastre caníbal interpretado sobria e impasiblemente por Antonio de la Torre, el espectador no tiene la oportunidad de juzgar sus comportamientos ni de sentir rechazo por sus actos. Simplemente ocurren, la maldad existe, quizá no sea el rostro el culpable. Inteligentemente, Martín Cuenca rehúsa cualquier recurso explícito, se apoya en la edición de sonido, el fuera de campo y los silencios para construir la psicología de su protagonista. Un retrato introspectivo formado a partir del misterio de sus gestos. Dormir desnudo, oler y acariciar los cuerpos de sus víctimas, cenar. Argumentalmente evita acercarse al thriller y al policíaco, la circunspección de la puesta escena y la abstracción de su dirección fotográfica hacen de ella un noir contemporáneo cuya fascinación reside no en lo que cuenta, sino en lo que puede llegar a desvelar incluso para el propio cineasta, en la convulsión que dejan al pasar sus imágenes.

El retrato también está lejos de lo costumbrista y lo turístico. La Granada del caníbal es la que escucha en la radio, la que devora en misa el cuerpo de Cristo, el paisaje que alcanza a ver su mirada tras las rejas, sus escapadas a la montaña y la playa, es la ventana con la que mira al tercer piso. Porque de nuevo la tentación vive arriba. Su relación con la nueva vecina, una joven rumana interpelada en picados y contrapicados en los que se observan a través de la ventana, reverberan una pasión que el cine siempre ha intentado transmitir. Estableciendo una relación visual desde el melodrama Obsesión (Douglas Sirk, 1954) hasta Two Lovers (James Gray, 2008), la imagen voyeur ha compartido ese deseo (también del espectador) por la figura humana, que se ve multiplicado por el ansia caníbal. Esta pasión se convierte en vértigo con la llegada de su hermana gemela, su reverso, una oportunidad de redención. A diferencia de nosotros, él no la encuentra en la mentira, por ello su única confidencia, lejos de pretender humanizarlo, nos recuerda la frialdad y absoluta impunidad de sus actos.

Obsesión - Two Lovers

Martín Cuenca ha filmado una obra memorable y temible a partes iguales, que permanecerá mientras lo hagan las calles de Granada. El mejor cine español, o al menos el que mejor ha sabido sobrevivir al paso de los años, siempre ha sido capaz de hablar de su tiempo sin alzar la voz. A muchos aún nos cuesta entender cómo las películas de Berlanga, Francisco Regueiro o Carlos Saura fueron capaces de pasar la censura. En nuestros días se diría no la hay, aunque la influencia mediática imponga otra bien distinta y peligrosa, por ello las connotaciones de Caníbal sorprenden, se hunden en la tradición eclesiástica para hacer temblar sus cimientos, por medio de la identificación con el punto de vista de un sastre que siente la pulsión de matar mujeres para después comérselas. Es su forma de amar, de expresar sus deseos, de intentar sentirse en el fondo como otro ser humano más. Lo grave realmente es que nuestra sociedad ya no está capacitada para poderle culpar.

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