Gravity

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La solitaria huida hacia adelante de la tecnología

Las expectativas que se formaron en mi mente al oír por primera vez sobre el proyecto de Gravity (Alfonso Cuarón, 2013) estaban altamente condicionadas por un momento concreto de Hijos de los hombres (Children of Men, 2006). Aunque no soy fan del 3D, tampoco me postulo en contra; el cine consta de muchas herramientas, técnicas, narrativas, ideológicas, que por sí solas no significan nada bueno ni malo. Su neutralidad es rota en manos de los cineastas, creadores responsables de su discurso de forma última y tajante. Así, el 3D oportunista y, por lo general, falso (en cuanto a que es añadido y emulado a posteriori digitalmente) que no tiene más propósito que el de atraer a las salas a un espectador esquizofrénico que está cansado del reciclaje de ideas pero le aterra todo lo nuevo, no tiene nada que ver con ese 3D utilizado por cineastas como Herzog, Wenders, Scorsese o el propio Cuarón en la película que nos ocupa. Estos son autores adoptando una nueva herramienta, un nuevo juguete, para experimentar, profundizar en la puesta en escena o, como era de esperar (y aquí volvemos a Children of Men), intentar conseguir una experiencia más completa del espectáculo cinematográfico.

Gravity

Es decir: la famosa escena del coche, plano secuencia lleno de tensión y habilidad en la realización, llevada a nuevos ejes. La cuestión aquí es dejar sin aire al espectador, que se encuentra, claro, perdido en el espacio. En este sentido, es difícil imaginar Gravity como una película pensada, planificada y realizada convencionalmente, sin recurrir al juguetito tecnológico adoptado por James Cameron. Era lo que podíamos (y debíamos) esperar, y es lo que se nos ha ofrecido. Y hemos respondido consecuentemente: récord en taquilla.

Como prueba, Cuarón pone toda la carne en el asador en el ya mítico plano secuencia con que abre la película. Es mucho más interesante analizarlo desde sus efectos narrativos, estilísticos y de impacto en el espectador que como estrategia técnica, pues es probable que sea un falso plano secuencia, filmado a fragmentos, con diferentes tomas, ya que así lo permite la tecnología actual de grabación y montaje. ¿Qué causa, entonces, en la audiencia? Una sensación creciente de inseguridad y desasosiego que es acentuada, aunque no exclusiva, en estas escenas largas y con una cámara en eterno movimiento que tan bien controla el mexicano. Y la música de Steven Price ayuda, claro.

El cine de Cuarón es un cine del movimiento (el coche ya mencionado, el road trip que emprende Y tu mamá también), así que casa muy bien con el concepto de cine-atracción, de montaña rusa que tienen que ser los blockbusters actuales. En definitiva, no defrauda, e incluso ofrece, gracias a la optimización de los recursos y al talento visual innegable del director, una experiencia inédita. Nunca antes habíamos salido al espacio de esta manera.

Gravity

Además, la película que muchos califican como “la del año” sabe de dónde viene (referencia a 2001: Una odisea en el espacio en las fichas de ajedrez flotantes incluida) y adónde va (la espectacularización y la fascinación sensorial de las masas), evitando así una deriva incontrolable como la de sus protagonistas. Lo inesperado es que uno puede extraer, si quiere, otras lecturas. Hay en Gravity un retrato casi metafílmico del camino en el que nos ha metido la tecnología. Irónicamente, Cuarón, con una película para la que no solo ha utilizado los recursos más punteros, sino que ha inventado nuevas técnicas de grabación, muestra un uso de la tecnología (la más extrema, la espacial, ese conjunto de botones, colores, avisos y luces con los que estamos cinematográficamente familiarizados pero que nunca entenderemos) desesperado, un juego peligroso que acaba explotando y propulsa a los personajes a una huída hacia adelante imparable, vertiginosa y trágica. Las maravillas de la ciencia, el progreso, las fórmulas infalibles, los cálculos fiables, la comunicación sin límites, en un momento fallan y nos lanzan al infinito, perdidos, sin nada a lo que aferrarnos.

Porque eso es, básicamente, Gravity: una película sobre la soledad. Tiene sentido, como ya hemos dicho, que Cuarón saliera al espacio para explotar su control sobre el espacio fílmico y su gestión de la tensión, pero más aún lo tiene que quiera conquistar el abismo negro para construir un relato sobre lo solos que estamos. No es el primero que lo hace, pero qué bien le sale. Antes, el aislamiento espacial se ha retratado como un manto estático y pesado, enloquecedor. Cuarón conoce la separación que vivimos las personas hoy en día: es un desamparo histérico, un monstruo ciego que da vueltas y vueltas y que intenta aferrarse a todo lo que tiene a su alcance, fallando estrepitosamente y adquiriendo una inercia proyectiva, dañina y dolorosa, mareante y asfixiante.

Gravity

Hay en Gravity una imagen recurrente y reiterada que provoca en el espectador una ansiedad irreconciliable, muy profunda, precisamente porque es lo más real de la película: la mano de Sandra Bullock intentando agarrarse. A lo que sea. Porque sabe que si no se aferra a lo poco que le quede cerca, acabará inevitablemente sola, perdida en la negrura, sentenciada al final más silencioso, lento y aciago. Luego Cuarón cae en la tentación de aleccionar, o motivar si se prefiere, lanzando un mensaje de autosuperación, de lucha por la propia vida como oposición a una soledad que puede rechazarse. Hasta en este momento, el mexicano, como buen estudiante de cine que ha aprendido a manipular incluso en el último instante, convierte un momento lacrimógeno en una renovadora experiencia 3D: las lágrimas de Sandra Bullock van hacia el espectador, ingrávidas.

Depende de cada uno decidir si esta lección final es de su agrado o le resulta fácil e innecesaria, pero es inevitable salir de la sala (porque esta es la película definitiva para ir a verla al cine, y para eso fue auspiciado el 3D) pensando que ha visto algo nuevo y único.

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