Odiseas espaciales

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“Here am I sitting in my tin can far above the Moon

Planet Earth is blue and there’s nothing I can do”

David Bowie – Space Oddity

El estreno de Gravity, la cinta de Alfonso Cuarón que vuelve a poner de manifiesto que en el espacio nadie puede oír tus gritos, viene a sumarse a una extensa lista de relatos provenientes de la oscuridad del espacio exterior con destino a ser contados en la de la sala de cine. Aprovechando su estreno, en Revista Magnolia hemos escogido diez títulos que se adivinan representativos de las huellas que el cine ha dejado a lo largo y ancho del universo. Comenzamos.

Desde que Méliès perpetrara aquel iniciático Viaje a la luna (Voyage dans la Lune, 1902) hasta la cinta de Cuarón –o incluso la retransmisión del salto desde la estratosfera de Felix Baumgartner, que bien podría constituir el osado tercer acto de una epopeya espacial– el cinematógrafo se ha empeñado en surcar, ya fuera a la velocidad de la luz o al sosegado compás de El Danubio azul, los confines conocidos y los aún por descubrir de un firmamento plagado de estrellas, puntos de luz incandescentes que han sido testigos mudos de incontables, que no inenarrables, para nuestra suerte, odiseas espaciales.

Décadas antes de que Armstrong y Aldrin  pusieran fin a la carrera espacial dando los primeros pasos sobre la superficie de la luna, un cohete ya había impactado en su cara oculta. En él viajaban un grupo de científicos comandado por Méliès en persona, en la que se convirtió en la primera expedición más allá de nuestra atmósfera en la que es además considerada la primera película –por contar con un argumento– de la historia del cine. Es revelador que el que fuera el padre de los efectos especiales concibiera, apoyándose en lo que ya habían imaginado Julio Verne y H.G. Wells en sus obras literarias, el primer viaje interestelar en la ficción.

 

A este viaje iniciático siguieron conquistas, vuelos a Marte y hasta mujeres en la luna. Nuestra siguiente parada se fecha en la década de los 50, con la libre adaptación de La tempestad de Shakespeare al marco de la ciencia ficción en Planeta prohibido (Forbidden Planet, 1956). El filme de Fred M. Wilcox aborda el viaje interplanetario –el primero que se veía estrictamente hablando, con destino a otros planetas– de un crucero estelar enviado a 16 años luz de la Tierra para investigar qué ocurrió con una expedición enviada al mismo planeta 20 años antes. Si contar con Leslie Nielsen no fuera suficiente aliciente, la cinta introduce al primer robot complejo –que va más allá de ser una caja de metal con brazos– de la historia del cinematógrafo. Además, su banda sonora está compuesta de sonidos y trazos electrónicos, en un intento prematuro quizás de hallar la banda sonora idónea para un lugar que carece de ella.

Años más tarde, cuando la conquista del espacio vista en cines ya había encontrado su reflejo en la realidad, el cineasta Stanley Kubrick perpetró una incursión en el género de la ciencia ficción como no se había hecho nunca antes. Filmada casi por entero en estudio –en el que, según ciertas voces conspiranoicas, el mismo Kubrick fue responsable de rodar la llegada del hombre a la luna, equiparando de nuevo la conquista espacial con la magia del cine– 2001: Una odisea del espacio (2001: A Space Odyssey, 1968) no sólo dio crédito a un género que no era tomado todo lo serio que debería, también supuso un adelanto en el campo de los efectos visuales, desde el baile de la nave con la estación orbital acompañada de música clásica hasta la secuencia de la puerta a las estrellas.

Si los dos tercios de la cinta que transcurren en el espacio –primero la Luna, después Júpiter y de ahí a las estrellas– son los que la catalogan para entrar a formar parte de este modesto repaso, no sería justo dejar de lado el brillantísimo comienzo, el amanecer del hombre, con una de las secuencias más homenajeadas de la historia del cine: la llegada de un monolito de origen desconocido, que cambiará para siempre ­–y para bien– la existencia de los primeros primates. No menos conocido y emblemático es el enfrentamiento entre el hombre y la máquina, el superordenador HAL empeñado en desafiar a la humanidad demostrando que él también la tiene, y que establece junto con la evolución del hombre el otro tema principal de la película. Un ser humano que evoluciona desde los primeros homínidos hacia un homo sapiens que abandona la Tierra en un viaje espacial, para a continuación surcar las estrellas y llegar a un punto de eternidad en que expira y resucita, yendo un paso más allá en la escala de la evolución, feto superhombre cuya existencia se iguala a la de un planeta entero, siempre acompañado de un misterioso monolito perfectamente tallado que quizás esconda algo más que el don de la inteligencia en su enigmática esencia.

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De igual calado y resonancia, proveniente del otro bando a competición en la carrera espacial y basada en la novela de título homónimo de Stanis?aw Lem, Solaris (Solyaris, 1972), dirigida por el cineasta ruso Andrei Tarkovsky, supuso el siguiente gran empujón a la ciencia ficción en el terreno cinematográfico. Similar en intenciones al filme de Kubrick, con objetivos parecidos en cuanto a la psicología de los personajes y el ritmo de la historia, ésta se permite sin embargo sacrificar el poderío visual de la gran atracción que para el terrícola supone el firmamento en pos de tratar complejos temas filosóficos. La película transcurre casi por entero en una estación espacial que orbita alrededor del oceánico planeta Solaris. Las consecuencias de la exploración del cosmos por parte del hombre y la incapacidad de éste para conectar con otras formas de vida –incluidas las de su misma raza– conforman los grandes ejes sobre los que da vueltas una narración profundamente abonada al campo de la reflexión y la metafísica y fascinante y albergadora de múltiples lecturas en su fondo.

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De la mano del director Ridley Scott volvimos a enfrentarnos a la enormidad del espacio en Alien, el octavo pasajero (Alien, 1979). Las mega-corporaciones de la Tierra se han hecho con el control en este futuro de las fronteras del espacio, y realizan viajes tripulados a distintos planetas con el fin de obtener minerales cuando una de sus naves comerciales, la Nostromo, capta una transmisión desconocida proveniente de un planetoide cercano. El equipo técnico de la película utilizó modelos y miniaturas superpuestos contra fondos negros para crear la ilusión del espacio profundo ­–la misma técnica que posteriormente utilizaría George Lucas en su saga galáctica­– y las referencias a obras anteriores son tan reconocibles como variadas: desde Planeta prohibido hasta El enigma de otro mundo (1951), que ayudaron a modelar una cinta que se temió sería considerada poco menos que un producto de terror de serie B y que terminó por convertirse en uno de los filmes de ciencia ficción más importantes de la historia, amén de la constatación de todo lo aterrador que podía ser el universo.

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El espacio comenzaba ya a ser un lugar transitado, sitio de paso y marco perfecto para contar historias lejanas y fantásticas. Por sus infinidades había sobrevolado ya la música de John Williams para Superman (1978), cuya figura central era precisamente un niño venido de otro planeta, un extraterrestre, y el tema que desde su estreno quedó irremediablemente asociado a la vasta magnitud del universo, las estrellas y planetas distantes en La guerra de las galaxias y cuyo máximo exponente fue su secuela, la tragedia operística espacial de El imperio contraataca (Star Wars: The Empire Strikes Back, 1980). La preferencia de ésta para ser incluida en esta selección por encima de sus prójimas responde a dos razones: la primera, su indiscutible posición ocupando el primer lugar en el podio de la trilogía; la segunda, la extraordinaria cantidad y calidad de secuencias en el espacio. Quién no recuerda la persecución entre asteroides con un Han Solo intentando escapar del Imperio y el recurrente gag del malfuncionamiento de la hipervelocidad, o el inicio del camino del héroe para el joven Luke en el interior de una nave que se desvía de su ruta para adentrarse en el espacio profundo en busca de un planeta perdido. La saga rival, Star Trek, primero en su condición de serie de televisión y luego con un sinfín de películas, también se había lanzado por aquella misma época al paseo por las estrellas que se desprendía de su mismo título.

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De los confines del universo como envidiables espacios de infinitas posibilidades para la aventura y el pasatiempo volvimos a una visión de los mismos como entorno claustrofóbico y angustioso en la adaptación de los hechos acaecidos con una de las expediciones a nuestro satélite en Apolo 13 (Apollo XIII, 1995). La mayor novedad a la hora de retratar la malograda misión de la NASA fue que los actores fueron instruidos por auténticos astronautas y dados la oportunidad de rodar las escenas en gravedad cero, sin necesidad de arneses que fingieran la experiencia. El mismo patrón catastrofista se aplicó poco tiempo después a otras cintas de carácter más fantasioso e irreal como Armaggedon (1998), Red Planet (2000), Misión a Marte (2000) o Sunshine (2007) –de las que a título personal rescataría tan sólo las dos últimas– aunque la película idónea para el programa doble junto a la de Ron Howard y Tom Hanks llegaría con el cambio de milenio y con el paseo crepuscular por las estrellas de Clint Eastwood y Tommy Lee Jones en Space Cowboys (2000).

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La siguiente cinta en nuestra lista no sólo es un preciso y precioso viaje por las estrellas, también la demonstración de que el estudio de animación Pixar podía ser responsable de verdaderas obras maestras. La premisa de WALL·E (2008) nos traslada a un futuro incierto para el hombre, que ha abandonado el planeta a su suerte, páramo desolado en el que encontramos al robot que da nombre a la cinta. La única función de este homólogo de Charles Chaplin –en una media hora inicial desprovista de diálogos, homenaje colosal pre The Artist al cine mudo– es deshacerse de los desperdicios que los indolentes humanos han dejado atrás. La crítica hacia el comportamiento del homo sapiens está servida, nuestro destino último puede que también. Con WALL·E la enormidad del espacio se revela como la pintura más ambiciosa jamás hecha, colorido carrousel sin fronteras ni rincones vacíos.

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Precisamente el vástago del nombre con cuyos versos se abre este artículo, Duncan Jones, ocupa también un merecido lugar en él. Su ópera prima Moon (2009) nos transporta a la luna para contarnos la historia de un operario de una base minera en el satélite, a poco tiempo de acabar su contrato y volver a la Tierra y con la única compañía de una inteligencia artificial que guarda no pocas similitudes con el HAL 9000 de la cinta de Kubrick. De una sutileza narrativa que da muestras del talento del cineasta, que convierte la cara oculta de la luna en marco de estudio de la condición humana y la soledad a la que el ser humano se ve abocado, el filme funciona como eco en el tiempo de clásicos incontestables del género de los 70 y 80 como la ya mencionada 2001, THX 1138 (1971) o Solaris.

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Con la definida hace unos días por James Cameron como la mejor película del espacio que había visto nunca llegamos al final de este especial. Gravity (Gravity, 2013) del director mexicano Alfonso Cuarón –responsable de otro título de género, la sensacional Hijos de los hombres (Children of Men, 2006)– es el prototipo más reciente de periplo sideral que llega a nosotros. Limitada por entero al inerte y mudo techo estrellado, la cinta no sólo es un logro a nivel técnico y formal, con un uso del 3D prodigioso, también lo es en el apartado argumental, paradigma del término odisea espacial con el que se ha bautizado esta pieza.

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Es lícito y apropiado cerrar pues con una cinta que lleva la épica al cosmos, un extenuante paseo por las estrellas donde el más imposible cada vez se utiliza como mecanismo narrativo y de ritmo ejemplar, y que nos deja con unas cuantas imágenes para el recuerdo, tales como el plano secuencia inicial, la kubrickiana equiparación al feto o el anhelado contacto de unos pies con una superficie que, vuelta la gravedad, tira burlonamente –por oposición a todo lo anterior– de ellos hacia el suelo, en una composición que nos valdría como símil resolutivo a todo este análisis.

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