¿Quién teme a Walter White?

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A lo largo de cinco temporadas hemos acompañado a Walter White. Es hora de decirle adiós, a él y a Breaking Bad. En estas cinco temporadas la serie de Vince Gilligan ha dejado no pocos momentos memorables que es hora de recordar, pero no lo hacemos solos. Colaboradores y críticos de las principales cabeceras de cine y televisión nos ayudan en la inmensa tarea de enumerar los momentos clave (con spoilers) del profesor de química que se convirtió en Heisenberg. Pero, ¿quién teme a Walter White?

Walter White

Ilustración: Eva Gómez

Cocinadas

Escrito por Nacho Chaparro (ecoteuve)

No hace falta ser especialmente observador para reconocer la importancia de la última escena que comparten Walter y Skyler en la cocina de la nueva vivienda familiar. No abundaré en los detalles porque casi todo está dicho, porque me horroriza sobreinterpretar y porque la lectura denotativa está, como digo, al alcance de cualquier espectador atento. La menciono por lo evocativa y satisfactoria que me resultó esa confesión final de Walter. “Lo hice por mi, me gustaba, era bueno en ello y estaba… estaba realmente vivo”.

Ese “lo” puede referir realidades dispares y complejas, sírvanse ustedes mismos, pero yo pensé en la cocina (y creo que él también), en todos esas veces en que Walter, Jesse, Gale o Todd se enfundaron el mono amarillo. Porque Mr. White era un padre amantísimo, un genio criminal, un enfermo de cáncer, pero su talento en el laboratorio es la piedra angular de su historia, y mostrarlo de forma recurrente, un acierto técnico que refuerza cada línea de guión.

En otra de las escenas memorables de Breaking Bad, (aquella de “I am the danger”) Walter explica a su esposa cómo quebraría “un negocio lo suficientemente grande para estar en el NASDAQ” si decidiese dejar de ir a trabajar. Su supervivencia, su importancia individual, la violencia que le rodea, el dinero que cambia de manos. Todo anclado sobre su excepcional talento.

Recordaré la serie por cada uno de esos momentos en los que sonaba la música y me llevaban de nuevo al meollo del asunto, a lo que Walter sabía hacer verdaderamente bien. Probetas. Cacerolas. Efluvios. Y una nueva vuelta de tuerca al proceso, para que nadie olvide de qué va todo esto pero tampoco se canse de verlo. En esas cocinas hace Breaking Bad lo que mejor sabe hacer, lo mejor que sabe hacerlo. Ahí están los planos más imaginativos, los montajes mejor acompasados, los gestos mejor ejecutados. Casi al final, el fluido azul sobre la placa metálica. Y yo me quedaba embelesado viéndolo caer y lleno de satisfacción por otro trabajo bien hecho.

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Escrito por Daniel Reigosa (Versión Original Sin Palomitas)

Breaking Bad va más allá de la ficción, impone una compleja reflexión moral focalizada en el maravilloso y elaborado personaje de Walter White. La serie traslada el papel de juez al espectador, mostrándole comportamientos al límite de lo defendible, pero siempre enseñando las dos caras de la moneda. Para entender el personaje de Walt, se hace necesario recurrir al título de la serie. ¿En qué momento el racional padre de familia se rompe? ¿cuándo realmente cruza Walt la delgada línea entre el bien y el mal? ¿en qué instante sus acciones dejan de ser justificables?

El primer paso en la evolución de Walt se muestra en el capítulo 1×03, en el que tiene que hacer frente a su primera decisión complicada: matar a un distribuidor (Krazy-8) con el que ha tenido un imprevisto. Vemos aquí a un todavía dubitativo e inocente Walt, buscando desesperadamente una solución que no implique tener que quitar la vida a Krazy-8, con el que llega a intimar. Cuando parece que ha tomado la decisión de perdonar la vida a su prisionero, descubre la realidad: no hay vuelta atrás, o mata o le matan. Comienza entonces una escena angustiosa, que definirá el tono de la serie, en la que Walter White ahoga a su prisionero con las cadenas que le mantienen amarrado mientras muestra su arrepentimiento con un profundo “lo siento, lo siento mucho…”. Ha dado el primer paso, ha tenido que elegir, ya no hay vuelta atrás.

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Escrito por Adriana Izquierdo (Vaya Tele)

Cuesta pensar en cómo solía ser Walter, incluso con esas constantes miradas al pasado de la última etapa de Breaking Bad. El primer Walt al que conocemos es ese profesor de química de mirada cobarde, pelambrera despeinada y vestimenta caqui que convierten su semblante en monótono y apagado; lo físico en representación de lo psíquico. El sexto episodio de la primera temporada es el que vio nacer a Heisenberg. Y cuando le vemos caminar con esa cabeza rapada y la mirada oscura, sabemos que algo ha cambiado en él; no necesitamos más que su aspecto para adivinar que ese no es Walter White igual que el cristal que tiene Tuco sobre su mesa no es metanfetamina.

Ver de nuevo estos primeros episodios casi me hace echar de menos a aquel amante empedernido de  la química; ese que volvía loco a Jesse con sus intentos de explicarle en qué consistía ese nuevo invento que les metería en problemas. Pero es lo que tiene amasar tanto dinero, ya no necesitas mercurio cristalizado, te puedes permitir comprar tu propia bomba.

Mientras que el cristal explosivo se enciende con la fricción del aire, la cámara lenta nos deja apreciar la rabia en su gesto. Al principio del episodio, Walter sigue empeñado en racionalizar todo el mal que está haciendo; él es sólo un químico y no quiere baños de sangre. Pero después de que Jesse sea apaleado por ese villano de primer nivel que es Tuco, las cosas cambian. Su primer gran escalón en su descenso a los infiernos.

Es la cumbre de la exquisita evolución del personaje; una que se toma el tiempo necesario para establecer los motivos de cada cambio hasta que, finalmente, explota literal y figurativamente. Es esa técnica de olla a presión que tan bien se le ha dado desde el principio a Breaking Bad.

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Escrito por Álvaro P. Ruiz de Elvira (Blog Quinta TemporadaEl País)

En abril de 2009 los espectadores del canal AMC vieron/escucharon un narcocorrido emitido en una cadena estadounidense, algo que no debe ser muy habitual y probablemente chocante. Ocurrió en la segunda temporada de Breaking Bad y fue uno de esos momentos (incluyendo el capítulo completo) en el que una serie pasa de ser una gran promesa a algo grande. El inicio del noveno capítulo de esa temporada con este corrido confirmaba que lo visto hasta entonces era bueno y que lo que estaba por venir se iba a engrandecer aún más. Durante los tres minutos que dura la canción el espectador se queda embobado sin saber qué está viendo y si cuadra con la “credibilidad” de la serie. Pero cuadra, y de la manera más efectiva posible.

Los cuates de Sinaloa fueron los encargados de interpretar Negro y Azul (los colores de la vestimenta de Walter en su faceta más Mr. Hyde y de la metanfetamina superior que cocina), que cuenta la historia de un tal Heisenberg, un jefe gringo que ha sido capaz, que ha osado más bien, de traspasar la frontera hacia el sur con una droga de gran calidad. Y que será castigado por ello… El corrido, al menos el borrador inicial, fue escrito por Vince Gilligan para introducir el capítulo y situar al espectador ante lo que se avecina, con el ya mítico Danny Trejo incluído…

 

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Escrito por Javier Pérez

Terraza de los White. Exterior. Día. Walter ha recibido un diagnóstico favorable: su cáncer está remitiendo a velocidad y alcance casi milagrosos. Skyler ha organizado una fiesta para celebrarlo, a la que invita a conocidos y familiares. Walter White, de nuevo, toma el rol de espectador pasivo de su vida: acata los deseos festivos de su controladora esposa y escucha los improperios triunfantes, dominantes, de su cuñado Hank, que además mantiene el respeto y la fascinación de su propio hijo, Walter Jr. Así ha sido durante mucho tiempo, Walter White era un hombre anodino y fracasado.

Pero ya no lo es: ahora es un peligroso narcotraficante que gana mucho dinero y poder día a día. Ha conseguido ganar incluso a su propio cuerpo: no hay nadie que le pueda pasar por encima. Pero es difícil demostrar algo así en una familia cuya inercia lo ha situado siempre en el más bajo de los escalones. Así que decide emborrachar a su hijo, imposición ilegal frente al cuñado policía y claro tabú parental frente a la recta esposa. Sale todo mal, claro, pero porque no podía ser de otra manera: este momento es una exposición a pequeña escala de la historia de Breaking Bad, la de un hombre que se rebela contra todo y todos como única respuesta frente al fracaso absoluto.

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Escrito por Álvaro Quintana (Jot Down)

Walter y Jesse mantienen a lo largo de toda la serie una volátil relación como socios y, con no menos altibajos, una suerte de vínculo paternofilial bastante desquiciado. La implacable travesía del desierto en busca de la metanfetamina azul empieza con ellos dos juntos y no podía terminar de otra manera. Walter observa con irritación cómo su negocio de droga le priva de su familia: no puede asistir al parto de su hija por llevar a cabo una venta, su mujer rompe aguas y tiene que ser llevada al hospital por Ted Benecke, Hank se transforma poco a poco en otro padre para Flynn…

Por su parte, el eterno adolescente Jesse, más necesitado de una figura paterna que de un socio (lo mismo que buscará más tarde en Mike), se echa una novia yonqui, Jane, que lo aleja aún más de Walter.  Al final de la 2ª temporada se da una de las escenas que marcan un punto sin retorno para Heisenberg: Walter deja ahogarse en su propio vómito a Jane. La mala influencia para Jesse eliminada por omisión. Poco antes habían coincidido, en una vertiginosa ironía, Walter y el padre de Jane en un bar. Dos padres fracasados que, lejos de su hogar, brindan de noche por una época maravillosa que ha encontrado agua en Marte.

Jane Death

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Escrito por Pablo Vigar

De cenas (in)tensas está Breaking Bad llena. Quién no recuerda aquella apertura de las puertas del hogar de Gus Fring y su cuidada elaboración de una receta familiar –tan precisa como la que sigue el químico en su laboratorio– en la que la sospecha de una traición caminaba paralela a los bocados y tragos de vino; la celebración del 51 cumpleaños de un Walter White ya convertido en amo y señor del crimen, con una Skyler autómata adentrándose en la piscina en un franco intento de poner fin a las mentiras; la cena a tres bandas, arrojo de cuchillos metafórico incluido, entre el matrimonio White y un Jesse perplejo e incomodísimo, una escena que se salda con una comicidad tremendamente bienvenida; o, la más reciente, el intento de acercamiento entre las figuras de los cuñados y las hermanas entre ofrecimientos varios por parte de un camarero convertido en árbitro del choque de refrigerios y guacamole casero.

En lo que constituiría el cuarto acto de esta gigantesca obra shakesperiana –los ecos a Macbeth están ahí–, se produce uno de los tantos momentos en que Walter White persiste en querer sellar su destino. Entre sorbos a un vino tinto que empieza a dejar entrever sus efectos y obligado a escuchar los comentarios de Hank al respecto de Gale, el químico fallecido del que sospechan era el tal Heisenberg, la cámara avanza hacia el rostro de Walter, en cuyas muecas se adivina la lucha interna entre su Jekyll y Mr. Hide particular, permaneciendo el objetivo ciego ante cualquier otra cosa que no sea su figura. El ego gana la batalla a la sensatez y las palabras comienzan a ser escupidas. El Scarface de Nuevo México no va a tolerar que un tipo tan simplón como Gale vaya a llevarse el crédito de ser el cocinero de su baby blue, la mente criminal que ha puesto en jaque a toda la DEA. La cara de Hank escuchando los comentarios de su cuñado es un poema. La de Walter, sin embargo, es la faz de la leyenda, una capaz de arriesgarse a salir al descubierto con tal de ver reconocidos su obra y legado. Chín chín.

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Escrito por Iker Huarte (Cinesphera)

Cuando una serie es tan buena como Breaking Bad, es muy complicado quedarse con un único momento. Sin embargo, hay frases que retumban en nuestras mentes y cuesta olvidarlas. Ese “I am the danger” y el siguiente “I am the one who knocks” que vemos en esta escena dejaron tan paralizada a Skyler como a los espectadores.

La mujer de Walter White acababa de conocer días antes la ilegal ocupación de su marido, pero no se imaginaba que el hecho de cocinar metanfetamina estuviera acompañado de un “prometedor” historial, del reciente asesinato de Gale (ejecutado por Jesse; orquestado por Walt) y lo que después vendría.

Es en esa conversación, mantenida en su propia habitación, cuando Skyler empieza a entender que Walt es más poderoso de lo que parece. Y es en ese momento cuando percibimos un mayor porcentaje de Heisenberg en Walt. Como si del cáncer se tratara, su alter ego se fue expandiendo a lo largo de los capítulos hasta que en este (el sexto de la cuarta temporada) vemos cómo se expone sin complejos. Antes de lanzar esas frases lapidarias, los guionistas escenifican esa irrupción de Heisenberg haciendo que Bryan Cranston se quite la camisa, como si se desprendiera de una capa que liberara su mortífera identidad.

El ego, ese fuerte orgullo que va condenando poco a poco a Walt, es lo que propicia esta salida de tono. Skyler se muestra preocupada por él, por si le pasa lo mismo que a Gale, y le insta a que le confiese todo a la policía. Pero Walt, que se ha sentido ninguneado toda su vida, empieza a saborear la sensación de poder y permite que ese engreimiento aflore en detrimento de su mente calculadora.

En esta escena, como en toda la serie, no podemos sino aplaudir la labor de Vince Gilligan, todo el equipo que está tras las cámaras y, sobre todo, las soberbias actuaciones de Bryan Cranston y Anna Gunn.

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Escrito por José Manuel Rebollo

Empujado por la ambición pero escudándose en la lucha por la supervivencia, Heisenberg recibe uno de los mayores varapalos como tal en el transcurso de la serie a finales de la cuarta temporada. El tira y afloja con Gus está alcanzando una tensión insoportable y viendo que Jesse está desplazando su imprescindible papel como cocinero (además de una de las amenazas más escalofriantes que se haya visto por parte de un villano en televisión) Walter White decide huir. Cuando comienza la carrera tropieza en el lugar menos esperado: el dinero. La vara de medir su poder ha estado ahí siempre, aumentando pero sin utilidad real. La vez que resulta más necesaria, un cruel giro del destino conduce a Heisenberg a unos niveles de histeria límites.

Breaking Bad es la historia de un hombre que al perder el miedo a morir, destapa al monstruo que lleva dentro. Walter desciende al sótano de su casa, hacia el mal latente bajo su máscara de normalidad y descubre la mala broma. Skyler no puede ocultar como de forma progresiva su expresión de miedo torna hacia el verdadero terror: de los gritos a la risa enfermiza por parte de lo que antes fue un apacible profesor de instituto y un marido ejemplar. Por primera vez vemos como ese monstruo es acorralado, como es consciente de que ha cavado su propia tumba y que sus esperanzas son tan limitadas como el espacio por el que vemos su rostro en el plano final, un pequeño espacio al que hace referencia el título del capítulo (4×11, Crawl space). Para concluir, un plano cenital que se va alejando poco a poco de Walter, que guarda muchas semejanzas con el plano final de la serie, nos muestra que nuestro protagonista es consciente de que está muerto en vida. Ya se nos había dicho antes, de forma cantada, que Heisenberg tiene las horas más que contadas y ésta es la presentación su tumba.

Ese compa ya esta muerto,

Nomás no le han avisado

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Escrito por Cecilia García Díez (A ver series)

Una de las escenas más impresionantes y terroríficas de la serie, que me impactó profundamente haciéndome sentir retortijones en el estómago, fue el silbido tranquilo y alegre de Heisenberg tras la muerte de Drew Sharp, el muchacho de la motocicleta. Ésta es la primera vez que Mr. White no siente remordimientos tras un acto atroz y hace alarde de un cinismo demoledor que lo convierte en un ser sin escrúpulos.

Jesse no puede soportar el desasosiego al ver la noticia de la desaparición del chico en la televisión, y Walter dice: «No he podido dormir las últimas noches sólo pensando en ello. Pero Jesse, ahora por fin somos autosuficientes. Por fin tenemos todo lo que necesitamos. Y nadie a quien responderle excepto a nosotros mismos. Y dentro de uno año o año y medio, una vez que hayamos cocinado toda esta Metilamina y ganado nuestro dinero, habrá tiempo suficiente para un examen de conciencia. Hasta entonces, seguiremos adelante. Dirigiremos nuestro negocio a nuestra manera y nos aseguraremos de que esto no vuelva a pasar».

Walter le dice a Jesse que puede marcharse a casa, descansar. Parece que sus palabras son verdaderas, que el asunto del muchacho se les ha ido de las manos y harán todo lo posible por evitarlo. Entonces, cuando Walter cree que Jesse se ha marchado, empieza a silbar una alegre tonada mientras se prepara para cocinar. Ese silbido, letal y terrible, es la prueba tangible de que Walter considera la muerte del chico un daño colateral y que, en realidad, no le importa nada lo que ha sucedido. Heisenberg se ha apoderado por completo de él y lo ha arrastrado hacia a una zona oscura de la cual no hay retorno. La transformación ha concluido.

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Escrito por Alberto Nahúm García (Diamantes en serie)

Breaking Bad es la lucha de un hombre contra sí mismo. Y esta escena –insana, cardíaca, cruel, demoledoramente perfecta– es el certificado de la derrota de Walter White. Todo su castillo de naipes –sus mentiras, su corrupción moral, sus crímenes, sus justificaciones– se desmorona en ese salón. 60 capítulos explotan ahí, el clímax de toda la serie. El hogar, un espacio de seguridad y consuelo, se transmuta en un infierno. La emoción primaria, animal, de puro instinto de supervivencia, con la que Flynn protege a su madre choca con violencia sorda contra la reacción de Walter y su último espejismo: “¡Somos una familia!”, susurra con impotencia.

El cáncer –metáfora moral durante todo el periplo– ha arrasado con todo. La familia, esa excusa con la que Walter se consolaba creyendo ser aún un buen hombre, ha estallado porque Hank –¡pobre Hank!– constituía la última frontera.

Breaking Bad siempre fue una serie sobre las consecuencias morales de nuestras acciones. Ahí, en esa pelea en el salón de lo que alguna vez fue un hogar, resuena más que nunca el poema que daba título al soberbio episodio: “No queda nada a su lado / Alrededor de las ruinas de ese colosal naufragio…”. El mal acaba pagando. Porque Breaking Bad es, también, el relato de un hombre que perdió contra sí mismo.

 

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Escrito por Gonzalo Ballesteros

La serie de ficción es el producto audiovisual más atractivo y complejo desde la perspectiva del guión. Los métodos de producción, ligados a la audiencia o al presupuesto de la cadena, hacen que de una serie se sepa como empieza pero no como acabará. Ahí tenemos ejemplos de ficciones que nunca acabaron, de finales geniales pero abruptos como Los Soprano o finales eternamente discutidos como Lost. En el caso de Breaking Bad, una serie que ha levantado tantas filias –y tan pocas fobias- el final era una cuestión capital.

Y Vince Gilligan supo acabar. Por supuesto habrá voces discordantes, pero la atmósfera general ha dejado gran satisfacción entre el público, el jurado de todo esto. Desde Ozymandias (5×14), Breaking Bad nos arrastró con un torbellino de tensión y sucesos del que era difícil recuperarse después de cada capítulo. Todo acabó con Felina (Fe+Li+Na – Hierro+Litio+Sodio – Sangre+Metanfetamina+Lágrimas), todos los cabos se ataron y Walter… Walter obtuvo lo que se merecía, volviendo al lugar donde había sido más feliz, entre tubos y máscaras, con su baby blue…

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