Solo Dios perdona

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Visiones de un futuro escrito

Durante los títulos de crédito iniciales, rotulados en tailandés, la primera imagen de Solo Dios perdona (Only God Forgives, Nicolas Winding Refn, 2013) hace acto de presencia en un entorno abstracto. Del fondo negro se introduce por el lado derecho el largo filo de una espada, similar al arma que más adelante descubriremos porta el policía que imparte justicia del film. Una señal que nos indica que aunque la película tenga lugar en Bangkok, sus claves no se encuentran en la historia, los personajes ni la ambientación, nos movemos en otro campo, entramos en el territorio de las imágenes. Con el argumento de un joven renegado de la justicia (Julian, interpretado por Ryan Gosling) que dirige un club de kickboxing en Tailandia como tapadera para el narcotráfico, Winding Refn podría haber continuado la propuesta de Drive (2011) sin variar un ápice sus intenciones, pero el danés es consecuente con su condición cinematográfica, ampliamente demostrada en su larga carrera previa, dando un aparente paso atrás para ir veinte más allá. De la reformulación estilizada del cine negro nos adentramos en su absoluta y profunda conceptualización.

Solo Dios Perdona (Only God Forgives)

La atmósfera lumínica y sonora con la que la fotografía de Larry Smith y la música de Cliff Martinez dotan el film sostienen las visiones que asaltan a su protagonista, dando forma a una narración que se mueve entre la realidad y lo imperceptible, si es que todo no forma parte del mismo gran y manierista guiñol. La trama se deconstruye entre sonidos y sensaciones, pero resulta irremediablemente atrayente al estar cargada de simbolismos e interpretaciones. El asesinato del hermano de Julian dará pie a una venganza ante la que se clamará justicia desde dos lados. La ley, encarnada por un misterioso y omnipotente policía llamado Chang, frente al mal, la llegada del extranjero de una madre insaciable, una Kristin Scott Thomas que se apodera de todas los mitos y tragedias griegas posibles para construir los misterios que rodean a su familia. Quebrando expectativas, descubrimos que el personaje de Ryan Gosling no es el héroe de la función, es un Edipo reprimido, impávido ante las amenazas del pasado que caen con todo el peso de su conciencia en el futuro inmediato que le acecha.

Entre neones y sombras hipercoloreadas de rojo -el trabajo de iluminación resulta asombroso- las visiones que asaltan a Julian recorriendo pasillos pueden recordar a las del pequeño Danny en El resplandor (Stanley Kubrick, 1980), de la que precisamente fue iluminador Larry Smith. La diferencia, como también podríamos establecerla con el cine de David Lynch, es que mientras Danny sufre visiones acerca de un mal oculto tras las apariencias, las de Gosling se temen por su confusión y deseo, realmente acaban siendo su única redención posible, el mal ya se ha extendido en su cuerpo. Por ello cada plano de sus manos cobra especial relevancia, especialmente aquel de ellas manchadas con sangre saliendo del grifo, tanto para resolver su pasado como predestinar su futuro, si es que no están ambos escritos. Pero no es el único que tiene visiones, antes de recibir un ataque por parte de una banda criminal, el policía (Vithaya Pansringarm hacia lo sublime) presagia lo que va a suceder, conecta su mirada lejana con la de su contraria en sendos planos yuxtapuestos, saliendo ileso del ataque como si de una deidad se tratara. Y los dioses perdonan, pero no olvidan.

Solo Dios Perdona (Only God Forgives)

Este duelo sostenido en la distancia encuentra su apogeo en la pelea entre Julian y Chang. Una secuencia que resume el poder hipnótico del film, el juego de lecturas que propone (y dispone) a través del montaje, su fascinación por la escenografía, la potencia del sonido y el contraste de texturas que elevan la experiencia. El final se acelera y desvela al verdadero ser que todos representan. Cada acto tiene su consecuencia en forma desatada de violencia. Cada ojo paga cada mentira, cada gesto bondadoso la evita. Pero no hay punto de retorno, como comprueba introduciendo sus propias manos Julian, volvemos la vista atrás (¿o era adelante?) hacia la secuencia abstracta de los títulos de crédito. Un brazo ejecutor, un arma que irrumpe invisible de la nada, una presencia aparece entre las sombras y suena la melodía, otro día más, la jornada ha terminado. Cantemos. Bienaventurados sean los misericordiosos. Bienaventuradas sean las obras maestras.

Solo Dios Perdona (Only God Forgives)

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