75 años de Superman

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El reino del superhombre: ¿qué pasó con el hombre del mañana?

La asociación de Superman y el cinematógrafo se remonta al comienzo de la década de los 40, relativamente poco tiempo después de su nacimiento, en 1933, entre trazas pulp, conceptos del übermensch de Nietzsche y un origen de su figura sumergido en el reverso tenebroso. La mutación del villano preliminar en el superhombre todopoderoso y puro acabó por convertir a Superman en el abanderado del mundo de los superhéroes, en la representación del american hero –a pesar de ser un inmigrante– y en la efigie del Cristo salvador y redentor del nuevo siglo. Semejante brújula moral no iba a ser ignorada por la industria, por lo que, después de una serie de cortos animados y un par de seriales a finales de los 40, se estrenó en 1951 la primera película del personaje.

Promocionada como la primera película de larga duración del protagonista del cómic, el interés en Superman and the Mole Men radica más en su historia tras las cámaras que en la contada frente a ellas, que serviría posteriormente de base para la serie Las aventuras de Superman, contando (ambas) con George Reeves en el papel principal. Detengámonos en él por unos instantes, pues suya es la historia tras los focos a la que hacíamos alusión al principio. Aunque reticente a aceptar el papel de la doble persona Superman/Clark Kent, Reeves comenzó la producción de los primeros episodios nada más terminar con la película. El estatus de celebridad que empezó a cosechar al ser la cara reconocible de las ilustraciones de Shuster le animaron a continuar con una segunda tanda de capítulos. Pero los problemas no tardaron en aparecer: la continua grabación de la serie impedía a sus actores participar en otro tipo de rodajes u obras teatrales, y pasado un tiempo Reeves comenzó a estar cansado de interpretar, en sus palabras, un rol tan unidimensional en el que estaba desperdiciando sus días. Como cantaba Don McLean en su tema Superman’s Ghost, dedicado al actor, Reeves había terminado por convertirse, pasados sus días de mayor gloria a raíz del personaje, en el fantasma del mismo. Hasta que ocurrió lo inevitable: la muerte de Superman.

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Esto no sólo lo cantó McLean, también lo contó Allen Coulter –un tipo salido de la televisión, en la que participó en títulos como Los Soprano o Roma, y más recientemente Luck o Boardwalk Empire– en 2006 con Hollywoodland, una cinta pasada por el filtro de cine negro que relata la investigación por parte de un detective de la muerte de George Reeves. Para la crónica negra de Hollywood quedarán las sospechas en torno a su fallecimiento: si de un accidente, un asesinato o un suicidio se trató. Corría el año 1959, y el mundo habría de quedar huérfano y desamparado ante la partida del superhombre, del que, como dijo el autor de American Pie:

‘And someday my fame will make it clear

That I had to be a Superman’

Casi veinte años más tarde, en 1978, el mundo por fin creyó que un hombre podía volar. Bajo este eslogan fue  presentada la bautizada como Superman: The Movie, de gran éxito crítico y comercial en su día y que a la postre se ha convertido en una cinta de absoluta referencia para el género. Su director, Richard Donner, que se había dado a conocer con el título de terror La profecía, abogó por dejar de lado la estética camp tan relacionada y relacionable con unas viñetas pobladas por tipos en mallas, confiriendo al material no tanto una seriedad como sí una veracidad y sobriedad en cuanto a sus formas. El actor que otorgó en pantalla el reconocimiento al álter ego del superhéroe que éste necesitaba, el rostro tras las gafas que era Clark Kent, fue el casi desconocido Christopher Reeve. Unánimemente aclamado por su estupenda concepción de la dualidad del personaje, al que debió su carrera, participó en varias producciones más, aunque siempre fue y será recordado como la estampa del pájaro, del avión, del hombre. Junto a él, Margot Kidder haciendo las veces de Lois Lane, la intrépida reportera y eterno amor platónico a dos bandas del periodista –por su parte– y del superhombre –por parte de ella–, Gene Hackman como la némesis del héroe, el villano de opereta Lex Luthor, y Marlon Brando interpretando al padre biológico del protagonista, Jor-El, en la que fue una de las maniobras económicas más inauditas que se conocen, ya que el actor llegó a cobrar casi cuatro millones de dólares por doce días de trabajo.

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En cuanto a la película, la primera gran aventura del hombre de acero no sólo es una cinta de acción y aventuras extraordinaria, también es una deliciosa screwball comedy –la comedia loca surgida en la década de los 30 de la que Hollywood aún conservaba elementos en su cine– gracias a los esfuerzos combinados de la pareja protagonista. El guión fue escrito en parte por Mario Puzzo, autor de la novela El Padrino, y los efectos especiales supusieron un avance considerable ante lo que había habido antes. No podríamos terminar el repaso a la película sin citar la banda sonora compuesta por John Williams, un tema principal que recorre las infinidades del espacio y que resulta inmediatamente reconocible. El camino del superhéroe había comenzado, partiendo de Krypton, el planeta natal de Kal-El, hasta Smallville, donde habría de abrazar los valores humanos recibidos por sus padres adoptivos, para luego encontrar su Fortaleza de la Soledad y llevar a cabo su destino de convertirse en mesías de un pueblo que lo había acogido como igual.

En una maniobra cuanto menos insólita, se rodaron conjuntamente esta primera y su continuación, Superman II (1981). Sin haber concluido el rodaje de la última, Richard Donner fue apartado de la dirección por sus desavenencias con los productores, empeñados en dar a la secuela un tono más colorido y exagerado. El testigo fue a parar a Richard Lester, quien había colaborado en el primer filme y fue obligado a volver a rodar varias escenas de Donner para poder recibir crédito absoluto como director. Esta vez la amenaza no provenía de Luthor sino de tres presos fugados de Krypton, comandados por Terrence Stamp en el papel de general Zod. Visual y narrativamente la cinta guarda muchas similitudes con su predecesora, realmente se entienden como dos partes de una misma historia mayor. Las diferencias entre las dos versiones radican en una menor carga cómica en la versión de Donner, que va más en sintonía como resultado con el primer filme. La memorable retro-rotación de la Tierra para salvar a su amada en la anterior aventura vuelve a aparecer como deus ex machina para salvar el día al final de ésta.

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Para la tercera entrega, Superman III (1983) se volvió a contar con Lester a los mandos de la nave y con la presencia en primera plana del cómico Richard Pryor. Defenestrada por la crítica y los fans, no fue hasta tiempo después que la cinta comenzó a recibir un trato justo, una vez que se pudo separar de expectativas y convenciones de forma y estilo. El director español Nacho Vigalondo la definió a través de su cuenta de Twitter como la primera película de superhéroes “hecha para la gente que no se avergüenza de amar los cómics”. Hay en la planificación de la película mucho de la división narrativa por viñetas, también del slaptick intrínseco del lenguaje del tebeo. Sin embargo, lo más atractivo del segundo y ya personalizado intento de Lester tras las cámaras sigue siendo la concepción de Reeve como hombre de acero, duplicado aquí por azares del destino mediante un desdoblamiento de la personalidad que pone al héroe contra las cuerdas, las suyas propias, en un desguace que funciona como marco expositivo de la lucha interna del superhombre contra su gemelo malvado. Uno que hace apología constante del alcohol y el tabaco y que acabará reciclado en la misma chatarra que abunda por allí.

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Y si en esta tercera parte abundan méritos suficientes que dan voz a los que la reivindicamos, no ocurre lo mismo por desgracia con la cinta que dejó a Superman en un prolongado hiato durante un tiempo en que nadie parecía echar de menos al personaje. Superman IV: En busca de la paz (1987) vino a refutar los peores miedos sobre el personaje, que no sobre el actor, entregado al que sería el papel de su vida. Años después, el desgraciado accidente montando a caballo que le dejó paralizado de cuello para abajo cercenó su carrera, en lo que parecía una macabra broma de un destino que amenazaba con ir detrás de aquellos que soñaban, al menos en la ficción, con ser más que mortales.

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Entramos en el siglo XXI con la constatación a partir del resurgir del género de superhéroes de que el periodista del Daily Planet había quedado quizás anclado en una generación anterior a la que ahora disfrutaba con un trepamuros en la Nueva York post 11S o con los esfuerzos combinados de una patrulla de mutantes que relegaba su característica sinfonía de colores a un segundo plano. La candidez y absoluta luminosidad de Clark Kent por primera vez parecía fuera de tono en el nuevo y trastocado mundo. Con todo, fue precisamente el generador de la nueva eclosión de los encapuchados, Bryan Singer, el que habría de devolver a Superman su estatus de padre fundador en una película tan contemporánea como crepuscular: Superman Returns (2006).

Y es que tan fácil es adivinar e identificar sus referencias como perderse en ellas y sentirlas anticuadas. Singer no sólo no actualiza al personaje, sino que recupera el aroma y el espíritu de las cintas anteriores, quedando ésta como una continuación de la historia iniciada en 1978. El director de Sospechosos habituales no se molesta en reintroducir a Superman para una nueva generación, continúa la historia donde se quedó –aunque obvia casi todo lo que viene después de la segunda película–, presentando al héroe exhausto, incómodo y hasta cuestionado por aquellos que antes le aclamaban. Es revelador de las intenciones del director que durante la ausencia de Superman, Lois Lane haya ganado el premio Pulitzer por un artículo de título tan polémico como “Por qué el mundo no necesita a Superman”, perfectamente extrapolable a una realidad que vivió sus años sin preguntarse qué lugar debía ocupar el primer superhéroe en el mundo actual. El kriptoniano de capa roja y calzoncillos por fuera se enfrenta en la cinta de Singer a la insoportable pesadez de su ser, condenado a permanecer en pie cuando el mundo se acabe y a seguir ocultando mientras tanto su identidad tras unas gafas que sirven de perfecto disfraz, por su simpleza, para su álter ego.

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Vuela ahora, le espeta Kevin Spacey tras clavarle un cuchillo hecho de kryptonita. Su Lex Luthor es una perfecta réplica del Gene Hackman original incorporando a la vez un halo de maldad pura bajo toda la comedia. La concepción de némesis entendida como reverso antagónico y total del héroe cobra en este Luthor más que en el de Hackman su máximo sentido. Pero, de nuevo, sin uno no se entiende el otro, razón misma por la que la cinta fue desechada por el público objetivo y mayoritario de este tipo de cine. Si Superman Returns no recibió el crédito que debía fue por un excesivo anclaje en el pasado, pero a todas luces merece una revisión ya que no se contenta con funcionar meramente como digna continuación del modelo de Donner sino que a fuerza de introducirse en la mitología del personaje acaba por convertirse en una magnífica coda para el mismo.

La última aparición del personaje en pantalla la hemos tenido este año con El hombre de acero, cinta adscrita a la corriente nolanista del nuevo cine de capas y espadas. Dirigida por Zack Snyder, responsable de la muchísimo más interesante y arriesgada Watchmen, la película reinicia al personaje eliminando por el camino cualquier nota no trascendental del mismo. La reformulación va también por la línea de la épica ideológica, en tanto que plantea el origen extraterrestre del protagonista como fuente de conflictos internos que incesantemente resuenan en su psique, en oposición a la feliz y despreocupada aceptación de los mismos entendida como oportunidad única de hacer el bien. No sólo se pierden los calzoncillos, también la persona de Clark Kent, pero, con todo, Snyder se las apaña para formular cuestiones –al fin y al cabo estamos en la era dorada de personajes oscuros y traumatizados, si esto es positivo o negativo queda a juicio de cada uno– que de tan válidas y significativas que resultan fallan en encontrar respuestas. Respuestas no refiriéndonos a postulados que ponga fin a tales consideraciones –no se pide tanto puesto que resultaría imposible poner en tela de juicio las preguntas morales derivadas de ser omnipotente–, sino en el sentido de que haya una reacción, una consecuencia, algo, que nos haga ver que de verdad se están teniendo en cuenta, y no, que es lo que parece, que se han incluido porque sí, porque toca.

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En el reino del superhombre ya se ha puesto el sol, pero sólo para, abrazando el carácter cíclico de la existencia, volver a asomar en un nuevo día. Pasarán años antes de que el arte número siete pueda abarcar todas las diferentes mutaciones del personaje que el noveno ya ha cubierto. No se han tocado en este repaso las series de televisión como Smallville, auténtica placa de Petri del universo DC con resultados muy buenos en algunos casos –el Lex Luthor de Michael Rosenbaum, la incorporación del multiverso– y terribles en muchos otros. El siguiente paso será enfrentarle al cruzado de Gotham en la secuela de la cinta estrenada este año, maniobra de DC con la mira puesta en llegar en un futuro a conformar su particular grupo de individuos con complejo de héroe. Lo que está claro es que el sobrenombre de the man of tomorrow seguirá manteniendo la misma validez en los años venideros, y que, para cuando se cumpla el 100 aniversario del personaje podremos seguir preguntándonos: ¿qué pasó con el hombre del mañana?

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