Con falda y a lo loco: El sexo en la ficción

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No eres tú, es el cine

La mentira, ese pecado tan bien aceptado en nuestra sociedad, es como la palabra mal dicha o inexistente que la RAE, en un momento de debilidad, termina aceptando en el diccionario: popular. Hoy en día todo el mundo miente y a todos nos mienten -el que lo niegue, más lo hace- y el séptimo arte, amigos míos, no iba a ser menos. Están las mentiras piadosas, las mentiras rutinarias, las mentiras graves y, luego, lo que hace el cine con el sexo: pasarse por su forro de 35 mm el octavo mandamiento.

Todos conocemos cómo funciona la ficción. Hay unos actores que representan un guión y cada movimiento de cada escena está estudiado, incluidas las de sexo. Partiendo de esta base, no es de extrañar que cuando visionamos una secuencia de Jungla de cristal (1988) a nadie se le ocurra recrearla al más puro estilo de Bruce Willis -es lógico, si nos tiráramos desde una azotea, tenemos un 98%, siendo muy optimistas, de acabar besando en el suelo-. Sin embargo, cuando se trata de sexo, el cerebro parece no estar interesado en medir el nivel de realismo de dicha escena. Esto no es nuevo. Ya nos mostró Woody Allen en Everything You Always Wanted to Know About Sex -But You Were Afraid to Ask- (1972), que el cerebro, cuando se trata de sexo, no acepta un no por respuesta.

« ¿Zona de control? ¿Zona de control? Preparados para actuar, preparados para actuar. Parece que lo vamos a hacer. »

Los adolescentes virginales -si es que hoy en día queda alguno-, y los no tan adolescentes –que también existen, recordemos Virgen a los 40 (The 40-Year-Old Virgin, 2005) y los famosos saquitos de arena– son sus principales víctimas. El cine se encarga de sustentar sus fantasías y esperanzas con escenas donde el sexo está más que idealizado. Si alguno de estos jóvenes renuncia algún día a su castidad, quedará traumatizado al ver cómo no se satisfacen ninguna de sus expectativas y al no saber cómo enfrentarse a las elipsis que ofrece el cine –no me los quiero ni imaginar forcejeando con su primer sujetador, tan torpes e inocentes–. ­Llegados a este punto, no puedo evitar acordarme de los chicos de Superbad, (2007) -¿cuántos pobres freak habrá en el mundo pensando que saborearán la misma suerte? ¿Y cuántos realmente lo harán? Las estadísticas son crueles, pero la mentira lo es aún más-. Love Actually (2003) habla de estos individuos nublados por el sexo cinematográfico –que no pornográfico– en una de sus historias: Un joven británico, que no se come ni una rosca inglesa, decide cruzar el charco en busca de mujeres y sexo, porque según las películas, a las americanas les encantan el acento inglés.

Seamos sinceros, ¿qué nivel de realidad ofrece esto?

Y qué decir de las intoxicadas princesitas Disney, tan dulces e ingenuas. Pobres. Al madurar, son películas como Tres metros sobre el cielo (2010), las encargadas de continuar alimentando la idealización del príncipe azul. El cine les hace exigentes con el género masculino –hasta tal punto que algunos han muerto en el intento–, les hace creer que el momento de la desfloración será mágico y especial, cuando en realidad la gran mayoría no lo quiere ni recordar. Así es como el género femenino visualiza su primera vez, gracias al cine.

Nota: No ver el siguiente vídeo acompañado, el nivel de vergüenza ajena será más alto.

Es una atrocidad, lo sé. Alguien debería ponerle frenos a este despropósito. Tendrían que avisar de que lo que estamos viendo no es real y, a veces, de que ni siquiera lo intentemos imitar. No quiero destruirle la vida a nadie, pero estas escenas no son más que una coreografía que se baila al son de música y gemidos que se incorporan más tarde en postproducción. Si vives desengañado porque no has conseguido emular ninguna de estas escenas, tranquilo, no eres tú, es el cine. Love Actually ha sido una de las valientes que se ha lanzado a desmantelar el panorama sexual de más de uno. Y es que lo que nosotros vemos al final del montaje, nada tiene que ver con la forma de grabar las escenas sexuales. –Absténganse de visualizar el siguiente vídeo, los que quieran continuar felices e ignorantes–.

Pero esta cinta no es el único ejemplo de honradez. Existen más granos de franqueza en la montaña de la falacia cinematográfica. Hace un año llegó Girls (HBO), una serie que, aunque algunos puedan pensar que abusa del sexo e incluso pueda incomodar, trata el tema con mayor naturalidad y realismo. Si los adolescentes virginales ojearan algún capítulo de la vida de Hannah, se darían cuenta de que los pantalones a veces no salen con facilidad, que mientras se practica el sexo se puede dialogar, que hay posturas aparatosas que hay que trabajar y, lo más importante, que los personajes, a la par, rara vez van a eyacular. Gracias, una vez más, a Lena Dunham por romper los tópicos sexuales con los que el cine mantiene engañada a la sociedad.

Ya lo confesó Andy Warhol, o al menos eso dicen: El sexo es más excitante en la pantalla y entre las páginas, que entre las sábanas.

2 Comments

  • Resulta cuanto menos curioso que la misma película aparezca como ejemplo de honestidad y a la vez de gran mentira.

    Afortunadamente ya existen películas que empiezan a tratar este tema con el realismo correspondiente.

    Me apunto Girls, que hace tiempo que me han hablado de esa serie.

  • Como ya sabemos, Love Actually es una película coral. Dicho esto, puedo comprender que se denuncie mi holgazanería, por acudir a una misma película dos veces, pero no me percato de dicha contracción, ya que son dos historias completamente diferentes.

    Aun llegas a la tercera temporada de Girls. Esta serie te hará mejor persona, más si cabe.

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