Blue Jasmine

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Blue Moon, o aferrarse a las ideas

Desde que aparecieran las primeras críticas de Blue Jasmine se viene repitiendo como un mantra eso de que es la mejor película de Woody Allen de los últimos veinte años. Casi nada. Teniendo en cuenta que la cita anual del neoyorquino con la gran pantalla es puntual como un reloj, decir que es su mejor película desde el año 93, por ejemplo, es alzarla por encima de veinte películas entre las que se encuentran: Misterioso asesinato en Manhattan (1993), Desmontando a Harry (1997), Match Point (2005) o Midnight in Paris (2011), por citar algunas. La exacerbación de su logro es quizá la necesidad de celebrar el talento de un maestro que de un año para otro sube y baja el listón, como no podía ser de otra manera dada su prolífica producción. En cualquier caso, sí es cierto que Blue Jasmine juega en la liga de sus grandes obras, esas que aparecen más a menudo de lo que aparentan.

Blue Jasmine cuenta la historia de una mujer de la clase alta neoyorquina que pierde todo su dinero y se ve obligada a mudarse de ciudad y rehacer su vida desde cero. Se muestra con desgarro y distancia el vaivén vital de una mujer desubicada, incapaz de adaptarse a su nuevo estatus social que encuentra refugio en la automedicación y el vodka. El retrato que hace Allen de esta mujer convierte su obra en una película pesimista, que se aleja de la esperanza y la redención. La artífice de interpretar este personaje, librarlo de las caricaturas y hacerlo posible es Cate Blanchett, que viaja desde la neurótica que es hasta la mentira que fue, siempre aferrada a una idea con forma de canción: “Blue Moon”. La actriz australiana se suma a una lista de actrices como Diane Keaton, Mia Farrow, Mira Sorvino o Diane West. Con todo lo que ello implica.

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Pero Allen, que en el retrato de la mujer tiene más de un mérito, no se centra sólo en la maltrecha Jasmine, también dedica metraje a su hermana Ginger (Sally Hawkins) que la acoge en su casa de San Francisco. Dos hermanas cuyas vidas se contraponen en todos los aspectos: la mantenida y la currante, la rubia y la morena, la clase alta y la clase trabajadora, la ambición y el conformismo, Nueva York y San Francisco. Pero el contrapunto no es tanto para desdibujar a Jasmine, que también, sino para dibujar un marco general en el que nadie, independientemente de sus orígenes o ambiciones, sale bien parado. Woody Allen dispara contra la pija mantenida y contra la cajera conformista, contra el estafador liberal y el currito troglodita. No deja títere con cabeza, o casi, porque el hijo adoptivo de Jasmine si sobrevive a todo el naufragio saliéndose del guión que tenía preestablecido. Mostrando que quizá, entre toda la miseria, hay opciones de no ser un miserable.

En Estados Unidos, muchos han visto en la caída de Jasmine el reflejo de Ruth la esposa de Bernard Madoff que indudablemente guarda algún parecido con Hal, el marido de Jasmine. Según ha revelado Allen en varias entrevistas, no se inspiró en este caso concreto, ni en ningún otro, sino que el germen de la película nace de una historia que le contó su mujer acerca de una mujer rica que lo había perdido todo. Es normal que allí la película recuerde a Ruth Madoff, aquí la historia podría tener cierto deje borbónico, cristinesco para más señas. Aunque es cierto que, en España, que los Hal pisen la cárcel es prácticamente ficción. En todo caso, en cualquier parte del mundo pueden encontrarse similitudes entre Jasmine y algún personaje de la sociedad porque el film de Woody Allen trata una podredumbre universal, una identificación en boga con la realidad, que se revela como uno de los motivos de su rotundo éxito.

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­Paradójicamente es con su película más nihilista con la que muchos han vuelto a creer en el genio de Brooklyn. Una vez más, Woody Allen confirma que no es humano, ni siquiera una persona, ni un director. Woody Allen es una idea. Es un género que bebe de muchos y aparece todos los años en forma de película delante de nuestras narices. Cuando a Blue Jasmine le lleguen los premios -que le llegarán- volveremos a celebrar los logros de la película y cuando nos queramos dar cuenta ahí estará otra vez, desde Nueva York, o desde Europa, absurdo o influenciado, pero siempre una idea que nosotros no nos cansaremos de mantener viva.

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