Carrie

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Carrie contra Carrie

“No pudo responder porque el presentimiento no la abandonaba: el rostro de su madre”

Carrie, Stephen King

Si hoy estamos aquí es gracias a Tabitha. A Tabitha Spruce, mujer de Stephen King, que rescató un manuscrito del sueño de los justos que su marido había titulado como Carrie. La historia trataba sobre una adolescente inadaptada, objeto de las burlas de sus compañeros de clase y que sufría una rígida educación de su madre, una fundamentalista religiosa. Todo ello con un trasfondo sobrenatural. El de Maine había abandonado el relato porque creía que el maltrato al que sometía a su protagonista era tan desagradable que no le interesaría a nadie. Por suerte, su esposa no era de la misma opinión y tras algunos retoques la novela (con una estructura salpicada de noticias que narran los hechos que están por ocurrir) veía la luz. Aunque no tuvo ningún éxito en su lanzamiento (si posteriormente) fue la primera piedra de la carrera de un escritor cuyo nombre ya está a la altura de los de Richard Matheson, Lovecraft o Robert Bloch, esto es, uno de los mejores especialistas en el horror del siglo pasado. Su primera novela cuenta a día de hoy con dos adaptaciones para cine, una olvidable secuela y un telefilm estrenado en 2002.

Primera edición de Carrie, 1974

En 1976, Brian De Palma ya había rodado Hermanas y El fantasma del paraíso, demostrando que aunque quizás no fuera un narrador fiable para un tipo de historias demasiado complejas, si tenía un dominio de la técnica realmente superlativo. Cuesta imaginar un director de esa época que estuviera más indicado para adaptar la  novela de King que el realizador de La furia, porque su capacidad innata para la creación de atmósferas aseguraba que al punto álgido de la historia (el baile de graduación) se le iba a sacar todo el jugo posible, como quedó demostrado. Y es que la película, como el libro (y como la vida de las adolescentes protagonistas) gira en torno a ese momento, dejando durante todo el visionado la sensación de que va a pasar algo, y que no va a ser nada bueno. Además, De Palma tiene una capacidad para dar empaque desde lo visual que hace que muchas escenas aparentemente de transición se conviertan en auténticos ejercicios de estilo.

El guión de Lawrence D. Cohen sigue de forma bastante fiel la novela (de hecho, es una de las adaptaciones a las que King ha dado su visto bueno, no pasó lo mismo con El resplandor de Kubrick) y las omisiones vienen más por limitaciones de producción que por falta de interés. Por ejemplo, recrear de forma creíble momentos como una lluvia de piedras o el final del libro. Otras de las licencias fue el cambio físico de la protagonista, descrita en el relato como una chica robusta y con granos, lejos del aspecto de Sissy Spacek. La brutal performance de la actriz, dotada de una fragilidad inquietante, especialmente cuando inicia su venganza, ha quedado en el imaginario colectivo como la definitiva. Piper Laurie en el papel de la señora White compone un personaje grotesco, sobreactuado y antipático que consigue transmitir lástima y odio a partes iguales. Con un reparto lleno de caras jóvenes con hambre (como John Travolta, Nancy Allen o William Katt), De Palma supo encauzar ese caudal de energía para implicarlos por completo en la producción.

Carrie

Por encima de todo, estamos ante una película plagada de momentos de una gran efectividad visual, y que emocionan, auténticas coreografías entre los intérpretes y la cámara, que parece bailar alrededor de ellos. Como el prólogo, con bellas imágenes al ralentí de un vestuario femenino sin censura ninguna, que debió dejar con la boca abierta al espectador del estreno (y al que la ve por primera vez ahora). O la escena en la que la autoritaria profesora de gimnasia abofetea a una deliciosamente desalmada Allen. O ese final con susto, que sin ser el primero, con esta película empezó a convertirse en un cliché, siendo explotado hasta la saciedad. El momento del baile merece ser puesto en las escuelas de cine como ejemplo de cómo crear suspense, siendo un mecanismo ajustado al milímetro donde la cámara lenta y las miradas de los personajes preparan la explosión que está por llegar.

No se suele nombrar Carrie de Brian De Palma en la primera fila del horror setentero tanto como a otras coetáneas. A pesar del flou, algún desliz casi ridículo (ese montaje a cámara rápida minutos antes del momento cumbre) y una estética muy deudora de una época tan marcada, la película mantiene un estado de forma envidiable. Y es que muchas veces se olvida que estamos ante un arte eminentemente visual, y en ese campo, el director de Atrapado por su pasado (1993) era el más talentoso de una generación que cambió la industria del cine.

Carrie

En 1999 se estrenaba una secuela directa que tenía mucho de remake encubierto, y que se perdía en el intento de conectar con la generación post-grunge y el aficionado a Scream. Tres años más tarde, el televisivo David Carson volvía a contar la historia original en un digno telefilm carente de interés.

La matanza de Texas, Las colinas tienen ojos, La profecía, La última casa a la izquierda, La noche de Halloween…y ahora, Carrie. Ya cada vez quedan menos clásicos del terror de los setenta por rehacerse, pero todo se andará, aunque tampoco debería ser una cualidad negativa per se. El remake de Aja de la película de Wes Craven sobre los locos de las colinas es bastante superior a la original, por ejemplo. Desde que se anunció que Kimberly Peirce iba a actualizar el personaje de King, parecía claro que era una tarea difícil mejorar la película original. Tanto, que no ha sido posible.

De entrada, resultaba atractivo que la directora de Boys don’t cry (Kimberly Peirce, 1999) estuviera tras el proyecto. Aunque todavía cuenta con una escueta carrera, con la película que encumbró a Hillary Swank dejó patente su valía para contar historias. Por otro lado, podía dar una versión desde el punto de vista femenino del cambio de niña a mujer que Carrie White está experimentando durante el tiempo que transcurre la acción. Añadir una sensibilidad que De Palma no tenía como prioridad en su adaptación.

Carrie, 2013

Otro elemento que sugería que este remake podía tener una razón de ser más allá de la comercial, era la sensación de que el acoso escolar es un problema que no hace sino agudizarse con el paso del tiempo, estando aún más de actualidad que en la época en la que King escribió su libro. Las nuevas tecnologías han ayudado a que se propaguen por todo el mundo imágenes de humillaciones, bromas pesadas o delitos sexuales. Y dentro de los corsés que se han impuesto los creadores de esta revisión, es uno de los aspectos del que mejor han salido parados. Toda la red puede ver ahora como Carrie llora pidiendo ayuda, consiguiendo que la vejación sea aún más cruel y despiadada.

Anunciada como una nueva interpretación del relato, esta película es un remake en toda regla de la rodada en 1976, pero menos atrevida. Más políticamente correcta, como estos tiempos nada transgresores en los que vivimos. En cada punto clave del guión en el que el espectador se pregunte si se habrán atrevido a hacer tal cosa… verá que no es así. Y de esta forma durante todo el metraje, y perdiendo con su predecesora en casi todas las comparaciones que se puedan hacer. Hablando del reparto, Julianne Moore es una mejor señora White, más realista y humana que el estereotipo de la setentera. Pero Chloë Grace Moretz es demasiado guapa y atractiva para creer que nadie quiera invitarla al baile, a pesar de seguir demostrando que es una realidad como actriz de peso.

Carrie

Y si no es posible parar de pensar en la película de De Palma, aparte de porque aquella era muy buena, es porque Peirce no ha sabido darle un toque propio a su película, limitándose a rodar de forma funcional las escenas del guión una detrás de otra, sin atractivo visual y sin presentar nada novedoso que justifique al espectador ponerse delante de la película. Dos secuencias evidencian la falta de valentía de los responsables del proyecto. No se han atrevido a rodar una agresión de un profesor a una alumna, ni tampoco una felación entre adolescentes. Aparte de la morbosidad y el impacto gratuito que generaban estos hechos en el espectador (que también), esas acciones definían perfectamente la personalidad de los personajes que las llevaban a cabo, al tiempo que los humanizaban frente al espectador. En cambio, sí se muestran primeros planos de automutilación, poco trascendentes para el devenir de la historia, pero que parecen puestos ahí para una vacía reivindicación sobre haber llegado más lejos que los anteriores, cuando desde el punto de vista moral sucede todo lo contrario.

Tommy Ross ya no luce una melena como el cantante de Led Zeppelin, ahora parece salido de la última de Crepúsculo. Claro, que si el objetivo era enseñar una historia a un tipo de público al que no interesa el cine hecho antes de su nacimiento, para qué invertir demasiado esfuerzo… Las salas se llenarán, pero el curso que viene nadie recordará a esta Carrie White.

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