El hobbit: La desolación de Smaug

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Fuego, camina conmigo

En una entrevista realiza el pasado año a Eduardo Segura –profesor de Filosofía Política en la Universidad de Granada y uno de los mayores expertos en la obra de Tolkien–, a raíz del estreno de la primera parte de El hobbit, se comparaba el deseo de recuperación del hogar perdido por parte de los enanos con el trasfondo de gran parte de la filmografía de John Ford, entre otros directores del cine clásico americano que lidiaban asiduamente en sus películas con la añoranza y la nostalgia del calor de un fuego en algún lugar al que poder llamar casa. Salvando las distancias, la comparación era perfectamente legítima: la compañía de enanos, liderada por un excelso Richard Armitage como Thorin Escudo de Roble, pretendía reclamar una tierra que antaño les perteneció, de la que fueron forzados al exilio por el dragón que ahora la custodia.

Si no vieron la primera parte, no se preocupen, o eso ha debido pensar Jackson. La cinta se abre con un prólogo en una recuperada Bree, en la misma posada en la que años más tarde Frodo y los suyos tendrán un encuentro nada fortuito con el montaraz llamado a ser rey. La escena, directamente extraída de los escritos de Tolkien, sirve no sólo para poner en antecedentes a los que andaban despistados en la anterior, sino que, de forma muy hábil, replantea la misión de los enanos en torno a la Piedra del Arca, cuyo poseedor podrá convocar las fuerzas de los siete reinos enanos. Lo que en el libro era una tarea algo abstracta y no menos suicida –¿matar a un dragón entre 13 enanos?, ¿robar el tesoro?– adquiere en base a este prólogo una lógica y una estructuración aceptables. Si el eje temático de Un viaje inesperado era la inclusión y aceptación de Bilbo en la compañía, en ésta sale a relucir el rol mismo por el que fue contratado.

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Y lo cierto es que esa base argumentativa funciona, y lo hace bien, pero está siempre a expensas de la última locura expositiva y visual del director. Es descorazonador que pasajes tan emblemáticos del libro como la casa de Beorn o el encuentro con las arañas –pasajes, que, trasladados a la pantalla, conservan no obstante intacto su encanto– se vean tan reducidos en pos de las malditas set pieces. Parece que el cine comercial de hoy en día no puede articularse sin una de las referidas: en este caso, lo que en el libro era un tranquilo descenso en barriles a lo largo de un río, con la mirada puesta en la montaña, fin de viaje que se antojaba ya cercano, se convierte aquí en una estrambótica carrera por rápidos en la que hasta tres facciones distintas compiten. Es el ejemplo más sangrante de la absoluta pérdida de sutileza que con los años ha experimentado el neozelandés, que por abusar del ordenador se cree ágil cuando lo que hace es mostrarse extremadamente torpe, amén de haber convertido la Tierra Media en una montaña rusa en que las leyes de la gravedad parecen no aplicarse.

A ratos poderosa –véase la conversación de Bilbo y Smaug, éste sí un gran logro a todos los niveles, el combate entre Gandalf y el nigromante, que cubre una parte de la mitología poco explorada, o el personaje de Bardo el arquero, una de las mejores incorporaciones–, a ratos bochornosa –la inclusión del personaje de la elfa no sólo contribuye a aumentar la sensación de videojuego sino que va en contra de todo lo que Tolkien escribió sobre las relaciones entre elfos y enanos–, La desolación de Smaug puede que sea la peor cinta sobre este mundo que hayamos visto. Y es una pena. Porque la empresa de los enanos tiene empaque suficiente como para ser carne de leyendas y epopeyas, para conformar algo del calibre de lo visto en la anterior trilogía de este universo, pero cuando se está más preocupado en los fuegos de artificio que en lo que se está contando todo esfuerzo es inútil. Y el espectador asiste atónito a espectáculos malabares imposibles, triángulos amorosos acartonados y más propios de una fan-fiction que de la gente que adaptó para la pantalla la relación entre Aragorn y Arwen o la maldita manía a seguir creando personajes digitales que por el camino pierden cualquier halo de pundonor y realce.

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Y entre toda esta ingente maraña de excesos, dos picos que luchan por sobresalir, por no morir abrasados. El primero, Martin Freeman, abonado a la interpretación veraz y de gags físicos, tótem indudable sobre el que se sostiene la cinta, o sobre el que se debería sostener, empeñado Jackson como está en robarle tiempo para dárselo a sus cámaras de captura de movimiento. Freeman no falla, bendito él y benditos nosotros. El momento en que acribilla a espadazos a una araña que se acerca demasiado a su tesoro y la posterior realización de lo que ha hecho suponen una de las escenas más logradas de la cinta. Su conversación con el dragón, ya mencionada, es otro de los momentos que consigue hacer honor a la letra impresa.

El segundo y último de los picos, estando Gandalf (Ian McKellen) ausente durante gran parte de la cinta, es Richard Armitage. El progresivo descenso a la locura de Thorin, del que ya se han atisbado algunos trazos en ésta, sigue siendo uno de los puntos fuertes de la caracterización del actor. Ya en la oscuridad de Erebor, frente a una cámara sellada y repleta de los cadáveres quemados de su gente, fantasmas de un pasado que se resigna a olvidar, invoca al fuego a que camine con él: If this is to end in fire, then we will all burn together, sentencia con gravedad. Y Jackson, prendiendo la mecha, se encarga de reventar esta aparentemente profunda declaración de intenciones con más artillería pesada. Para el espectador que supo apreciar en la primera el tono despreocupado de aventuras que ofrecía, ya es tarde: la realización llega en forma de fuego que todo lo arrasa, acabando con cualquier intento de sofocar las llamas de un relato que no merecía ser pasto de las suyas propias.

2 Comments

  • Estoy absolutamente de acuerdo. Es ridículo lo que ha querido hacer Peter Jackson, la inclusión de Legolas, la elfa y Kili con su propia historia secundaria es, aparte de un coñazo, innecesaria. Porque como bien dices, todas estas cosas lo único que hacen es quitarle tiempo a Martin Freeman. Y lo de los enanos, que parecen atletas y malabaristas, que ya en la primera película me molestó un poquito, aquí es exagerado. Es terrible la parte final, con lo bien que está el diálogo entre Bilbo y Smaug. Qué lástima.

    Un saludo.

  • Ante todo enhorabuena Pablo por un texto excelente, con el que estoy de acuerdo en lo esencial, y no tanto en la valoración general del conjunto. PJackson es un director sin sentido de la medida, para lo bueno y lo malo, y en una trilogía donde se ha consagrado a dar su visión de la Tierra Media, mirando de soslayo a Tolkien, por fuerza ello tenía que aflorar con toda su fuerza. Sinceramente no veo grandes diferencias, en lo substancial, entre esta y su precedente, más allá de que su condición de nudo de la historia impele, desde un punto de vista jacksiano, a mostrarlo absolutamente todo, sin dejar ningún resquicio a la imaginación del espectador.

    En cuanto a la concepción tirando a infantiloide de las abundantes set pieces, esto ya estaba presente en la anterior trilogía y, evidentemente, ha ido a más. En resumidas cuentas, aunque yo también hubiera preferido un mayor equilibrio narrativo y menos humor facilon, el resultado final, tan logrado en muchos momentos como exasperante en otros, agotador en un visionado continuo, es el esperable en un cineasta que, pese a sus demeritos, sigo considerando imbatible a la hora de conciliar emoción y espectáculo. A ver como remata la faena, con una tercera parte que me imagino será más de lo mismo.

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