A propósito de Llewyn Davis

Escrito por

Persiguiendo Ítaca

“If it was never new and it never gets old, then it’s a folk song”

Donde el cine de los hermanos Coen parecía arrojar, no sin cinismo, la deconstrucción de los géneros norteamericanos y de la propia esencia de su país, en especial del medio-oeste que les vio nacer, quizá sea momento de afirmar que, tras toda una filmografía representando fracasos y temores humanos desde su intransferible filtro creativo -del bloqueo de un escritor en Hollywood a los miedos de un profesor judío-, detrás de esa mirada se esconde en realidad una desesperanzada búsqueda del alma humana.

A propósito de Llewyn Davis

A propósito de Llewyn Davis (Inside Llewyn DavisJoel & Ethan Coen, 2012) supone uno de sus mayores pasos en este camino, sin rumbo aparente más allá del tránsito en bucle por la escena folk neoyorquina en los sesenta de un músico tan perdido como Ulises, el gato que se le escapa y acompaña. Un viaje a ninguna parte del que Llewyn Davis entraña en fondo y forma el más puro absurdo de los personajes coenianos, inmerso en una existencia granulada y grisácea que extraña la luz, como la fotografía repleta de sombras de Bruno Delbonnel, con quien los hermanos colaboraron en el fragmento de Paris, je t’aime (2007). A priori extraño compañero de unos cineastas habituados a trabajar con Roger Deakins, ocupado finalizando el rodaje de Skyfall (Sam Mendes, 2012), cuya alternativa supone el tránsito temporal hacia cierto realismo mágico con la influencia estética del segundo álbum de Bob Dylan, The Freewheelin’.

Nieve bajo los zapatos, un cigarrillo en la puerta esperando algo que no llega, el sol que sale (o se oculta) pero nunca lo suficiente como para iluminar la ciudad y un gato como acompañante, dos portadas que se desvelan como caras de una misma moneda, con las que empezar a construir un artista imaginario que en su Odisea particular nos demuestra lo de real que tiene el fracaso, lo cerca y tan lejos que está del éxito a la vez, si es que no se cruzan. Ambos fueron publicados el mismo año, 1963, quizá por ello no deja de resultar irónico que incluso Van Ronk parezca mirar con cierto recelo a Dylan.

Dave Van Ronk - Bob Dylan

Como si de metraje perdido de I’m Not There (Todd Haynes, 2007) se tratara, la historia de Llewyn Davis afronta la circunstancia dylaniana por la que el artista nunca estuvo allí y el éxito tampoco a su lado, salvo que fue él quien nunca estuvo de verdad. Con la inspiración de Dave Van Ronk y su biografía como soporte, toda una leyenda en el Greenwich Village, presentan el retrato de un fracaso, un músico abandonado a su suerte que duerme de casa en casa, actúa en el único local que se lo permite, acumula vinilos por vender en una caja y la pujante industria musical crecerá lejana a su lado. Todo ello sutilmente envuelto en una lucha por su identidad, respeto e integridad como artista. Un espíritu compartido por los Coen, que mantienen su independencia y control creativo (el presupuesto fue de apenas 11 millones de dólares), no están movidos por la temida nostalgia ni recorren los amables senderos del biopic, encuentran un no-lugar y un no-artista con el que se identifican y que les permite la libertad de jugar a hacer cine en su mundo: un espacio anclado en el tiempo, donde la música y la sociedad americana cambió para siempre. Esta es la historia de los que no lo hicieron.

Con el antecedente de O Brother! (2000), que también comparte reminiscencias homéricas en su trasfondo, los Coen abrazan el musical como atípica forma de expresión de su narrativa, acentuado al dejar fluir la música y permitir que las actuaciones musicales cobren relevancia dramática, especialmente en secuencias como la visita a su padre o la prueba en la sala de conciertos, así como jugando con brillantez a la sutil repetición de escenas, espacios y diálogos, que como espejos proponen enriquecedoras (y  cómicas) lecturas a costa de su poco o nada esperanzador desarrollo.

A propósito de Llewyn Davis

Porque ante todo, A propósito de Llewyn Davis no deja de ser un musical en clave de folk, de poesía triste y solitaria, condenado a repetirse cíclicamente una y otra vez como si de un estribillo magistral se tratara. Pero en la salida trasera, un puñetazo a la gloria. No en vano, la primera imagen es la de un micrófono y la primera escena la interpretación íntegra de una canción, constante esta a lo largo del film. El esfuerzo por recomponer la música de aquella época queda ejemplificado en canciones como Please Mr. Kennedy, capaces de captar el tono del cancionero popular norteamericano con una inocente protesta espacial que pronostica los cambios sociales venideros, aunque del toque paródico tan solo el propio Llewyn Davis parece ser consciente.

Interpretado por el actor de origen guatemalteco Oscar Isaac, dando voz y poniendo rostro a un fantasma, en uno de esos pocos papeles elegidos para ser inolvidables, la suya es una maravillosa oda al fracaso que devuelve a nuestras pantallas la gélida calidez de la música folk norteamericana y a unos cineastas en estado de gracia, convencidos de que es mejor afrontar la existencia desde la perspectiva de los que no triunfan, los desheredados que, como Ulises, siguen tratando de regresar (o escapar) a una Ítaca que ya no existe, o que sólo la música es capaz de hacernos traer de vuelta. Fare the well, Llewyn, fare thee well.

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