El lobo de Wall Street

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El broker es un lobo para el hombre

Desde la caída de Lehman Brothers hasta el encuentro “interplanetario” de Obama y Rajoy resumido en esa cajita de M&M, llevamos seis años recibiendo golpes sin descanso. La crisis manda puños en forma de recortes, malas noticias o caídas de bolsa que recibimos mal que bien, incluso a veces con sorna. Estamos noqueados, contra las cuerdas, pero negándonos a caer y dar esa satisfacción al rival, como un maltrecho pero orgulloso LaMotta ante Sugar Ray en Toro Salvaje (1980). Si hacemos un esfuerzo colectivo, podemos encontrar en cada film de Martin Scorsese una metáfora con la que explicar cada una de las situaciones que vivimos. Es normal, el neoyorquino se ha preocupado en arrojar luz sobre el lado oscuro del poder; diseccionando el mundo de la mafia desde su esplendor: Uno de los nuestros (1990), Casino (1995), hasta sus orígenes: Gangs of New York (2002), Boardwalk Empire (HBO, 2010). La gran estafa del Capitalismo, a la que hemos tenido a bien denominar simplemente “crisis”, nos ha enseñado a golpe de realidad y a través de documentales como Inside Job (2010) que los métodos de los gobiernos libres y sus mecanismos mercantiles -véase Wall Street- son muy similares a los empleados por los italoamericanos de traje a medida que nos mostró Scorsese. Por ejemplo, en ese mismo documental, se describía a la fauna de Wall Street como una manada hambrienta de dólares que en aquellos maravillosos noventa gastaban su dinero -y el nuestro- en prostitutas y cocaína. Un fiestón. Uno de aquellos animales, quizá el más emblemático, fue Jordan Belfort, apodado “el lobo de Wall Street”, que escribió su autobiografía en la que ahora se basa Martin Scorsese para la película que nos ocupa. Una fiesta de tres horas de duración a la que por fin estamos invitados.

El lobo de Wall Street

La última de DiCaprio y Scorsese está siendo celebrada como el gran hito de su(s) cine(s) reciente, hito que a Scorsese se le negó -quizá injustificadamente- con Shutter Island (2010) y Hugo (2011), dos filmes con muchos elementos reivindicables pero que no se situaban, o más bien no lo situábamos como espectadores, en la primera línea de su cine. Con El lobo de Wall Street parece que si alcanzamos el consenso necesario para situarlo en primera línea, tal es así que hasta la temporada de premios -algunas veces injusta y muchas veces miope- está reconociendo las virtudes del film. Hay dos factores claves para entender lo conseguido: la libertad y el tiempo. El proyecto se inició siete años atrás pero se atascó en la búsqueda de financiación, la apuesta personal de DiCaprio y Scorsese por la autofinanciación permitió, por un lado, sacar adelante la película y por otro hacerlo de la forma más libre posible al no tener que rendir cuentas ante ninguna major; esta libertad que concede la independencia económica ha hecho posible que el film esté plagado de escenas explícitas de sexo y drogadicción. A esto hay que sumarle que aparece en el momento justo, en un tiempo en el que hemos aprendido las causas de la crisis, hemos sufrido las consecuencias pero no hemos visto un desfile de culpables ni un cambio de modelo. Hemos pagado los platos de una fiesta a la que no nos invitaron. Y esta es la historia del exceso, de la celebración del Capitalismo, de la perversión moral de un sistema que se vanagloriaba de ser moralmente neutro.

Esa es la idea que sobrevuela toda la película y de la que Jordan Belfort hace su leitmotiv: exprimir las posibilidades del Capitalismo. Cuando Belfort se haya en la cúspide de su carrera, con una empresa, Stratton Oakmant, en la que todos sus trabajadores están haciendo una fortuna a costa de engañar al ciudadano medio, proclama aquello de “¡Stratton Oakmant es América!”; pero cuando el show no da más de si y el FBI pone cerco a su activad ilegal, grita: “¡Que le jodan a América!”. Y en dos exabruptos, con el mismo escenario, el mismo público, pero en distintos tiempos, sintetiza dos décadas de libertinaje financiero en el país de las oportunidades. Dos décadas que fueron la celebración del exceso para los de arriba y que los de abajo vamos camino de pagar en otra década de purgación. Pero no nos desviemos, en la película no hay rastro de consecuencias, ni siquiera de arrepentimiento o moraleja, no es necesario. Scorsese y el escritor que firma el guión, Terence Winter (Los Soprano, Boardwalk Empire), apuestan por mostrar esa fiesta pero no la factura porque los protagonistas, sin lugar a dudas, han hecho un simpa.

El lobo de Wall Street

Entre cocaína, prostitutas y dólares se consume una película como se consumieron los noventa en Wall Street. Martin Scorsese, desatado, opta por no dar tregua al espectador, por meterlo en una centrifugadora de la que saldrá colocado y confuso a partes iguales. DiCaprio, por su parte, se erige como actor total pasando por la comedia y el drama por encima de todo y de todos, Jonah Hill le aguanta el pulso y el resto lo hace una música seleccionada con maestría por Robbie Robertson. Es difícil no dejarse arrastrar por el ciclón que supone El lobo de Wall Street, una película que capta el espíritu de una década y que suma un nuevo hallazgo en la filmografía de un director imparable. Martin Scorsese a sus 71 años tiene la perspicacia intacta y la fuerza necesaria para transmitirla; amenaza con terminar su carrera en cualquier momento e incluso esta puede ser su última obra, esperemos que no, si Dios existe habrá hecho un pacto con el Diablo, like a Rolling Stone.

3 Comments

  • Pues a mí me parece que se pasa, que a la película le sobra por lo menos media hora y que uno se harta (aspírese la h) de ver tanto follar y drogarse a una panda de cabrones con pintas que, además, hacen se hacen simpáticos, son felices, comen perdices y aquí no ha pasado nada.

    En buena parte, un insulto a las víctimas de la preferentes. De cómo queda la justicia, mejor no decir nada, pero no le da más que una oportunidad: el desplante en el yate.

    Aunque, pensándolo bien, también podría decir que desnuda (no sé si denuncia, pero no lo parece) al capitalismo y sus excesos, aunque no los hace odiosos (¿trata incluso de dar envidia?) ni le importan sus consecuencias, y así queda más comercial. Al fin y al cabo, ¿qué es el cine de Hollywood sino show business puro y duro.

    Algo así, para Scorsese, como ha sido “Los amantes pasajeros” para Almodóvar. Esa es mi impresión: se nota que se van haciendo mayores y que su cima ya la alcanzaron. Ley de vida.

    A mayor gloria y lucimiento de Leonardo di Caprio, que lo borda, aunque tampoco es para tanto y muy inclinado hacia el lado histriónico del personaje y sus circunstancias (queda muy claro como te puede poner esa barbaridad de todo que se mete).

    Eso sí, todo un ejemplo de como se puede salir de excesos inaguantables como una rosa y dedicarse a dar clases.

  • Yo tengo una doble sensación con esta película de Scorsese. Salgo de la sala emocionado, presumiendo de haber visto una nueva obra maestra de este maravilloso director. Sus encuadres, sus planos cenitales, su potencia narrativa, su persuasiva visión de la gran estafa mundial. Pero por otro lado tengo la sensación de haber visto demasiado, de haber visto algo demasiado claro, demasiado evidente, como si de gordos brochazos se tratara. Di Caprio, extraordinario, pero a la vez excesivo. No sé si será por el cabreo con el que uno sale de la sala percibiendo que todo lo que se ha leído sobre este sistema capitalista sangrante y sus efectos “colaterales” es verdad y que la historia de Jordan Belfort es, literalmente, cierta y además, no es única porque ha habido muchos otros casos como el de este depredador financiero y bursátil. Es todo mentira y Scorsese da en el clavo con una obra de ficción basada en una historia real pero que nos transmite verosimilitud y sinceridad. Esto ha sido así, esto es así y volverá repetirse. Y así llego a la conclusión de que el exceso scorsesiano me gusta y que así se transmite mucha verdad y mucho cine.

  • La entrada de la poli con Ms Robinson de fondo, sublime.

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