Hermanos Coen: Los ecos de la tragedia

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Aproximarse a la filmografía de los hermanos de Minnesota desde un punto de vista estrictamente clásico y no perecer en el intento, puede presentarse como labor imposible. Me explico: incluir su ya basta filmografía dentro de un género que nace en la antigua Grecia y cuyos paisajes están hoy delimitados de forma palmaria, es un capricho antojadizo y a todas luces arriesgado. Vanidad de crítico. De buscarle, como se dice, tres pies al gato. El viaje de la tragedia ha sido largo desde que abandonara, hace más de dos mil años, la península Ática, derramando, vía Shakespeare, los destinos inexorables de sus personajes sobre Inglaterra, Dinamarca o  la luminosa Verona.

O brother!

La tragedia griega ha acogido a lo largo de los siglos un amplio conjunto de narraciones cuyo último agregado es el lenguaje fílmico y los géneros que de éste se derivan. No resulta baladí dicho acercamiento, si tenemos en cuenta que la Poética (libro por excelencia en el que Aristóteles analiza las formas clásicas de la tragedia) sigue ejerciendo poderosa influencia sobre los gurús de la escritura dramática. Véase Mckee y su famoso libro “El guion: sustancia, estructura, estilo y principios de la escritura de guiones“. La tragedia, incluyendo sus posteriores mutaciones, ha sido esqueleto y base de toda narración destinada a la puesta en escena. A fin de cuentas, qué obra no es heredera de el modus operandi iniciado por Esquilo.

La narración cinematográfica ha sido y es, no sabemos si sobrepasada ya por las múltiples formas del audiovisual, el último peldaño de la forma trágica. Las innovaciones formales de Sófocles y Eurípides supusieron frente al texto clásico de Esquilo, una renovación del género que en el caso del primero, le sirvió para declararse vencedor en las Grandes Dionisias. Pero con Sófocles, el destino del héroe continúa presentándose oscuro y fatal. Será Eurípides quien rebaje esta fatalidad mitológica. Con Eurípides el héroe ya no sufre a consecuencia de una culpa condenada por la providencia. Lo que tenga que ocurrir, ocurrirá.

Fargo

En este sentido, el héroe coeniano, y en particular aquellos que componen la tetralogía formada por Fargo (1996), Quemar después de leer (Burn after reading, 2008) y El hombre que nunca estuvo allí (The Man Who Wasnt There, 2001), se verá arrastrado por una serie de circunstancias que, al más puro estilo Medea, lo acabarán empujando al asesinato, el secuestro o el ostracismo. El caos deviene siempre a partir de un acto nimio; ya sea la extorsión, el descubrimiento de una infidelidad o el deseo de hacer dinero de forma rápida. La vanidad, la avaricia y la lujuria, parecen ser sancionadas por una suerte de dios que todo lo observa. Tal vez el dios judío del antiguo testamento, vengativo y cruel, sigue estando presente en esta tragedia contemporánea. Quién sabe si observando a través del ojo impreso en los billetes de un dólar ensangrentados.

La visión del demiurgo

Es habitual en las películas de los hermanos Coen, encontrar un personaje, por lo general encajado dentro de la acción, el cual, a la manera de un narrador omnisciente, observa  y describe las hazañas de los protagonistas a través de una sabiduría solo concedida a los dioses. Tanto el Extraño, interpretado por Sam Elliot en El gran Lebowski (The big Lebowski, 1998) como el relojero de El gran salto (The Hudsucker proxy, 1994) parecen pasar por el mundo al margen de las pasiones y deseos que mueven al resto de personajes. Ambos filmes se inician con una voz en off que parece ejercer el papel de un oráculo. El destino del Nota parece estar escrito del mismo modo en que lo está el futuro de Norville Barnes.

Sangre fácil

De un modo similar, el sádico detective al que daba vida M. Emmet Walsh en Sangre fácil (Blood simple, 1984), jugaba a sojuzgar tanto a la pareja protagonista como al malogrado y engañado marido. En esta ocasión, y como un capricho de juventud, los Coen decidían matar a Dios clavándolo en el alféizar de una ventana.

Estas voces superlativas o personajes resabidos son habituales en la filmografía de los Coen teniendo su máximo punto de expresión en una de las secuencias que abren otra película ostensiblemente homérica. Los tres prófugos de O Brother! (Oh Brother, Where Art Thou, 2000) se encontrarán a medio camino de la nada y entre las vías del ferrocarril, con un vejete ciego (igual que Homero) que será el encargado de cantar en voz alta el destino de Ulises Everett McGill.

O Brother!

A propósito de todo esto, tampoco nos puede resultar extraño que en la última cinta de los cineastas, el gato escapista de Llewyn Davis tenga el mismo nombre y la misma tendencia viajera que el héroe del poema homérico. Vemos que la figura del demiurgo, conocedor de los hechos que transita al margen de la historia, recorre toda la filmografía de los Coen. No sabemos si se trata de un creador primigenio, pero de lo que no nos cabe la menor duda es que cuando visita la ciudad de los ángeles, le gusta beber la mejor zarzaparrilla.

De Edipo rey a Meursault

Si los personajes que habitan Quemar después de leer y Fargo son trágicos en el sentido griego, el Ed Crane de El hombre que nunca estuvo allí se nos presenta como la imagen cinematográfica del héroe absurdo propuesto por Camus y los existencialistas. Edipo, ignorando la trampa que los dioses han preparado para él, mata a su padre para compartir lecho con su madre. Ante el descubrimiento de tan magna circunstancia, Edipo decidía sacarse los ojos y apartar de sí el cruel destino al que había sido condenado.

Los personajes de los Coen, del mismo modo que Edipo, son empujados a la peor de las penas viéndose arrastrados a situaciones funestas. Solo una cosa distingue al héroe clásico del héroe coeniano. El primero es épico mientras que el segundo es patético. El patetismo forma parte del universo de los cineastas. Cuando alguno de estos personajes descubre su grotesca situación, en lugar de extirparse los ojos, se hace un perfil en cualquier red social que le permita seguir coleccionando conquistas. En este sentido, el personaje al que da vida George Clooney en Quemar después de leer se presenta como uno de los tipos más irrisorios de su filmografía. Si la tragedia clásica no da opción a la deformación grotesca, los personajes son de una dignidad casi sobrenatural, la tragedia coeneniana se presenta terrenal y humana, demasiado humana.

Quemar después de leer

Chad Feldheimer ignora los peligros que supone extorsionar a Osborne Cox. Que Feldheimer termine dentro de un armario con el cráneo hecho papilla, no es siquiera una consecuencia necesaria de tal extorsión. Solo un terrible error, como el de Edipo, puede causar semejante ola de crímenes. Los personajes de Fargo, como los de Quemar después de leer son víctimas de un azar dantesco. Perecen sin importar demasiado qué hacían o cuáles eran sus ilusiones. La de unos estirarse las patas de gallo, la de los otros, construir un aparcamiento en el centro de Minneapolis.

No obstante, y como hemos mencionado anteriormente, es el personaje de Billy Bob Thornton en El hombre que nunca estuvo allí quien nos sirve de nexo entre la dignidad del héroe griego y el patético hombre de la modernidad. Crane, como Medea y Edipo, está condenado por el azar. Aunque en ocasiones la providencia muestre visos de esperanza, al final, siempre acaba aplastando (y en esta ocasión en un bello y melancólico blanco y negro) con una ferocidad ciega.

Ed Crane

Ed Crane comparte además visión espiritual con el señor Meursault, protagonista de El extranjero. En la novela, Camus nos presentaba al hombre absurdo. Un tipo que sabiendo que nada tiene sentido, dejaba de luchar o inmiscuirse en los problemas de la vida. Crane no parece estar enamorado del mundo. Es peluquero y se conforma con la existencia que le ha tocado vivir. Por eso cuando los vientos del destino lo empujan a la silla eléctrica, Crane camina con la conciencia de quien se sabe incapaz de huir a las circunstancias. El héroe trágico, el héroe coeniano y el héroe existencialista se dan la mano en una de las cintas más aplaudidas de su filmografía. Una película sobria y elegante que no oculta la fatalidad patética con la que tanto disfrutan los Coen y a la que, de forma irremediable, todos estamos sometidos.

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1 Comment

  • El artículo me ha gustado mucho, pero quizá se podría haber escrito con la misma intensidad y sin perder un ápice de sentido evitando los spoilers. A pesar de ser películas estrenadas hace años, puede haber rezagados que tengan alguna pendiente…

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