La luz acelerada: Lo que no se puede cortar

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Hay un lugar especial en el mundo. Está delante de nuestros ojos cada vez que abrimos los párpados. Cada día de nuestra vida pasamos delante de él; a veces lo cruzamos y a veces lo atravesamos sin prestarle atención. Es el lugar de la cizalladura. El espacio donde, durante un mero instante, cohabitan los contrarios.

En 1962, Roman Polanski nos enseñó su primer lugar especial en una carrera que iba a llenar cinco décadas de lugares especiales. Era el lago Niegocin, en el este de Polonia y el cineasta nos enseñó tantos espacios de cizalladura que apenas cabrían en esta frase: el propio lago es una masa de agua en medio de la tierra, de igual manera que el barco donde viajan Andrzej, Krystyna y el joven autoestopista es una masa de tierra en medio del agua, de igual manera que el joven autoestopista es una masa de intranquilidad en medio de las vidas de Andrzej y Krystyna. El autoestopista es una injerencia en el mundo, y todos los espacios que rodean a El Cuchillo en el Agua son los espacios imperceptibles donde cohabitan los contrarios, de igual manera que la superficie del lago es una línea imperceptible donde el mundo hace cohabitar la vida y el agua.

Y es que el mundo funciona por contrarios. Las bonanzas económicas sucumben en el seno de las crisis; cada delantero habilidoso sufre la marca de un fiero defensa; la primera Ley de Newton afirma que a toda acción le corresponde una reacción igual y de sentido contrario. Y cada vez que un péndulo ejecuta un trayecto a la izquierda, indefectiblemente le sigue su retorno a la derecha.

Y funciona, ya lo creo que funciona. Cada ciclo económico hace emerger a la superficie de la sociedad, como bloques árticos en pleno deshielo, lo mejor de la especie humana; y también lo peor. Todo el mundo conoce a Maradona; y todo el mundo conoce lo que le hizo Goikoetxea. Si existen los motores a reacción es porque existe la primera Ley de Newton. Y cada paso de cada péndulo acciona un engranaje, que rueda sobre los dientes de otro engranaje, que a su vez mueve una manija, que apunta con su punta de flecha a una determinada hora y minuto y segundo. Los contrarios accionan los engranajes del tiempo.

Los contrarios nos tranquilizan, nos hacen sentir cómodos, confirman nuestra confianza en el mundo. Sabemos que si empujamos una puerta, la puerta se abre; si proyectamos un chorro de aire caliente sobre un parabrisas empañado, el parabrisas se desempaña; y si atravesamos un filete de ternera con un cuchillo, el cuchillo se separa en pequeños trozos que podremos masticar en otros trozos que se hacen aún más pequeños cada vez que los abrimos con los dientes. Nos gusta creer que sin carbón no hay Reyes Magos.

Pero, ¿y sí aunque recibamos mucho carbón, los Reyes no llegan? ¿Y si la puerta no se abre? ¿Y si el cristal sigue nublado y apenas podemos ver nada?

¿Y si el cuchillo se encuentra con algo que no puede cortar?

Entonces es que nos hemos perdido en un espacio de Roman Polanski, que lleva cinco décadas llenando el mundo de lugares donde no nos sentimos tranquilos, donde no estamos cómodos y donde los contrarios no funcionan. O al menos no funcionan como deberían. Donde un cuchillo cae por la borda y no encuentra ninguna carne y ninguna piel. La hoja de metal atraviesa la superficie plana del lago, que permanece igual de plana, en una inquietante estabilidad.

Porque el acero no puede cortar el agua. Porque nada puede cortar lo que no se puede cortar.

El cuchillo en el agua (1962)

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