Woody Allen (V): Postales desde Europa

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Quinta entrega de nuestro Estudio: Woody Allen. De Londres a París, pasando por Roma, Asturias o Barcelona, su reciente etapa europea queda marcada por una clara irregularidad, pero también por alentar nuevas y nada ingenuas perspectivas a una filmografía en la que ya parecía estar todo dicho. Sería un error desdeñar las dos caras de la moneda que resuenan en el binomio formado por Match Point y El sueño de Casandra, su sorprendente incursión en la comedia a la italiana de A roma con amor o la controversia que sigue causando su aproximación al ensayo sobre las relaciones de pareja en Vicky Cristina Barcelona. Siempre sin perder la posibilidad de creer en la fantasía de Midnight in Paris y conservando una capacidad demostrada para alternar la comedia más ligera y personal, como Scoop, y los abismos más amargos de Conocerás al hombre de tus sueños.

Aunque con el título hagamos referencia a la estampa de postal que su cine ha mostrado de Europa, no creemos que esta selección de su obra se quede en la superficie. Y es que si Europa de repente resulta el decorado perfecto para su cine, sin duda es porque antes Woody Allen ha puesto el genio. ¿Dónde? Eso será lo que a continuación, y con la ayuda de nuestros colaboradores, trataremos de rescatar.

match point

Crimen sin castigo

Escrito por Pablo Vigar

Reemplazando su Nueva York habitual por un Londres que capta con la misma maestría, con la ópera haciendo las funciones del jazz y con un tono grave y puramente dramático, el director Woody Allen firmó en 2005 una obra de ecos hitchcockianos, emparentada además con su anterior y también fabulosa Delitos y faltas (Crimes and Misdemeanors, 1989) y que venía a reinterpretar la obra del novelista ruso Fiódor Dostoievski “Crimen y castigo”. El resultado fue una de las más inusitadas aproximaciones del neoyorquino a uno de los temas más recurrentes en el conjunto de su amplia filmografía: las vicisitudes de las relaciones de pareja, enfocadas aquí desde una perspectiva trágica (más de lo normal), en la que la culpa, el deseo y el azar se encuentran para dar forma a un relato apasionante.

La película se abre con la imagen de la red de una pista de tenis y una bola que pasa de un campo a otro. Una voz en off habla sobre la influencia de la suerte en la vida, opuesta al talento. En un momento dado, la bola choca contra la red y queda suspendida en el aire. El tiempo queda asimismo en suspenso. Es de suponer que el lado por el que caiga la bola determinará bien la victoria, bien la derrota de uno de los contendientes. Es una escena precursora de lo que, en el último acto de la película, llevará al destino a juzgar los actos del alter ego del Raskolnikov de “Crimen y castigo”.

Analizando la narrativa sobre la que se asienta la película no es difícil reconocer los referentes en los que se apoya Allen. Tenemos, como si de un calco se tratara, al joven tenista obligado a cometer un asesinato de Extraños en un tren (Strangers on a Train, Alfred Hitchcock, 1951), personificado en el protagonista de esta particular ópera en tres actos. Un protagonista (Jonathan Rhys Meyers) que al comienzo de la película aparece leyendo la ya referida obra de Dostoievski, toda una declaración de intenciones por parte del director (hasta parece un pequeño homenaje la extrapolación del personaje de la usurera rusa a la vecina anciana). También en Delitos y faltas se tratan temas similares, casi idénticos, si bien la principal diferencia radica en la ausencia total de un tono más liviano. Allen pone todos sus esfuerzos, en la que es su primera película post-Manhattan, en la construcción de una tensión dramática de primer orden.

El director venía de encarrilar una serie de títulos encomiables a la par que discretos cuando llegó Match Point. Una bola de partido que otorgó una merecidísima victoria a ese loco bajito, en la que, él proclama, puede ser su mejor película, una, eso sí, carente de su particular y agradecido sentido del humor. Lo cierto es que el guión es magnífico, la autoimpuesta seriedad no carga y Scarlett, reconozcámoslo, nunca ha estado mejor (ni más sensual). Hablamos de una obra que muy fácilmente se podría completar con el término “maestra”, una ante la que es imposible no caer rendido. De un lado, o del otro.

scoop

Que la muerte no estropee una buena noticia

Escrito por Manuel Barrero Iglesias (Tierra Filme)

En la magistral Delitos y faltas (1989), Woody Allen exploraba la naturaleza humana a través de su particular revisión de Crimen y castigo. Una temática compleja que volvería a retomar más de dos décadas después, en la que fue su primera película rodada íntegramente fuera de Estados Unidos. Con Match Point (2005) inauguró su trilogía británica, recuperando el argumento del hombre de éxito que encuentra en el asesinato de su amante la única solución para no perder su estatus privilegiado.

En Scoop (2006) volvemos a encontrarnos con el hombre de apariencia intachable que oculta oscuros secretos, aunque la perspectiva que toma Allen es opuesta a los ejemplos antes citados. En este caso, la estructura nos remite a Misterioso asesinato en Manhattan (1993), construyendo una intriga cómica muy similar. Estamos ante un claro ejemplo de ese continuo reciclaje de elementos que conforman el cine del neoyorquino. De hecho, el mismo Allen repite personaje timorato ante el peligro, pero que se crece a medida que transcurren los acontecimientos. Si bien es cierto que introduce un par de variaciones significativas en el habitual estereotipo: su propia muerte (aunque sea narrada fuera de campo) y el definitivo abandono de la figura de conquistador de mujeres jóvenes. A pesar de compartir aventuras con toda una Scarlett Johansson, Allen no va más allá de la figura paternal.

Precisamente es Johansson la que personifica esa vuelta de tuerca que Scoop supone respecto al anterior film del autor. Mientras en Match Point la actriz encarna a una seductora peligrosa, aquí se presenta como una estudiante ingenua y despreocupada (atención al vestuario). Eso sí, de nuevo le toca ser la americana de a pie que se cuela en la clase alta británica, entorno que Allen retrata en ambas películas. El contraste entre la vulgaridad estadounidense y la sofisticación inglesa lo explota el director a través de su propio personaje, con el que consigue los momentos más divertidos del film.

Scoop no deja de ser un film menor, un interludio cómico entre dos obras de cierta gravedad (recordemos que en El sueño de Casandra vuelven el crimen y la culpa). Una comedia sin pretensiones donde reina lo festivo, y en la que Allen se da el capricho de interpretar a un mago. Con el loable propósito de hacernos pasar un buen rato se une a un seductor Jackman y a una adorable Johansson. Y es que si hay algo que destaca es el encanto de su trío protagonista.

el sueño de cassandra

Muñeca rusa, barco de los deseos

Escrito por Jonay Armas (La Butaca Azul)

Hay algo que Woody Allen siempre quiso hacer y nunca se atrevió: que una de las pequeñas fábulas que adornan sus historias, y que los protagonistas mencionan durante una breve secuencia a modo de anécdota, adquiriese forma como protagonista absoluta. Nunca se había atrevido, hasta que la libertad creativa que encontró en la llamada trilogía londinense le permitió reinventar su cine a partir de un atrevimiento aún más inaudito que en su anterior filmografía vestido, además, de una engañosa manufactura y un distanciamiento emocional mal entendido por el público, que tradujo la frialdad que vertebra El sueño de Casandra (2007) en una cierta apatía de su autor.

El tono de fábula, sin embargo, revela las verdaderas ambiciones de la cinta. Quizás se trate de la película más diminuta jamás filmada por Allen, e incluso en ese pequeño tamaño el realizador sabe introducir todos los elementos que le preocupan y con los que ha construido su identidad como cineasta. Sólo que aquí se abandona la caricatura propia de la película arquetipo del autor para abrazar el cuento moral en todas sus consecuencias, con su estructura previsible pero también con los infinitos matices que comporta y con los que Allen puede entablar un diálogo preciso lleno de sutilezas. Las diferencias empiezan con una banda sonora original de Philip Glass que insiste en un tono irónico de tragedia con el que el filme encuentra una inquebrantable identidad propia. La cualidad previsible del relato no habla de un estado fallido de la película, sino todo lo contrario: a través de las esperanzas del espectador por la victoria de la pareja protagonista es donde encuentra su mayor triunfo esta película, en realidad condenada desde su inicio.

La historia de los dos hermanos que se encuentran ante el dilema de cómo un asesinato puede empujarles a un nuevo nivel de vida no es, ni mucho menos, un tema inédito en la filmografía de Allen. El sueño de Casandra podría ser el reverso de Match Point, que a su vez era ya una variación de una de las historias centrales en Delitos y faltas. De modo que tenemos una muñeca rusa que encuentra su último eslabón en este filme, auténtico núcleo de las obsesiones morales del director. Bajo esa perspectiva, enfrentarse a esta película sería algo así como mirar a través de las costuras del cine de Woody Allen, asomarse a lo que hay tras el telón en una de sus rendijas. Y lo que hay sigue siendo hermoso.

El sueño de Casandra es también la película que dio a conocer internacionalmente a Sally Hawkins pero, lejos de la anécdota, puede que sea el filme que más ponga a prueba al admirador del universo concebido por Woody Allen. Ausentes el glamour y el humor inteligente, grandes reclamos a la hora de acercarse a las películas del realizador desde la frivolidad, ¿será capaz el espectador de aceptar al Allen de siempre, más sincero que nunca?

vicky cristina barcelona

Pasión y simulacro

Escrito por Antonio M. Arenas

No parece haber acuerdo a la hora de valorar la incursión europea del cine de Woody Allen, su aceptación transita desde la mayor de las suspicacias al reencuentro con sus diálogos, placeres y formas. Pero concretamente, no hay película que ilustre mejor, para bien o para mal, los logros y fracasos de esta etapa que Vicky Cristina Barcelona (2008). El rechazo o la falta de consenso crítico contrastaron con su amplia acogida por parte del público, logrando ser una de las películas más taquilleras de su filmografía reciente. Estas dos son sólo otras más de las múltiples contradicciones que sobrevuelan el film, las que asisten a sus dos mujeres protagonistas, Vicky y Cristina, durante su estancia en Barcelona. Ratas de laboratorio, sin saberlo, del ensayo sobre las relaciones de pareja al que les somete el director de Annie Hall (1977).

Reformulando el concepto platónico por el que el amor romántico será siempre aquel que no se haya culminado, Woody Allen establece con su encargo barcelonés una interesante paradoja, utilizar las estampas de Asturias y Barcelona para jugar con las máscaras y el simulacro, los de toda película y los de cada relación de pareja. Partiendo de una voz en off cuyos recursos la podrían acercar al uso de Truffaut de la misma, por no hablar de las similitudes de los descensos en bicicleta de Jules, Jim y Catherine con los de Cristina, Juan Antonio y Maria Elena, en espíritu es el film más afrancesado de su carrera, un ensayo sobre la pasión y el conformismo, sobre lo inesperado y lo seguro, del que ambas mujeres, pese a sus muy distintas personalidades, acaban estando encerradas. Vicky en su miedo a sentir, Cristina en su desconfianza de la seguridad, ambas deserán lo que no tienen, porque “saben perfectamente lo que no quieren”.

Igualmente, Allen asume esa máscara, la de rodar en una ciudad que desconoce (dejando la cálida dirección de fotográfia en manos del español Javier Aguirresarobe), insistir en el uso de una recursiva y tematizada canción principal o incluir en la BSO temas de Isaac Albéniz o Paco de Lucía, realizando un potente ejercicio introspectivo en el estudio de sus personajes amparándose en lo que parece un simulacro de film turístico. La película es producto de esta contradicción. Por ello Allen no interpreta ningún rol, no aparece y ni siquiera es la voz en off, filma oculto por su conciencia, desvelando las infelicidades de cualquier pasión, la tristeza de toda cómoda máscara y la confirmación de que la respuesta a la felicidad sigue estando lejos de nuestro alcance. Ni siquiera en Barcelona.

conocerás al hombre de tus sueños

Como la vida misma

Escrito por Sofia Pérez Delgado (La película del día)

Tras lanzarse de nuevo a la comedia más inspirada en su adorada Nueva York con Si la cosa funciona (2009), Woody Allen cogió desprevenidos a sus seguidores con Conocerás al hombre de tus sueños (You Will Meet a Tall Dark Stranger, 2010) la que probablemente era la película más descorazonadora del director en el nuevo siglo hasta que llegó Blue Jasmine (2013), no siendo casualidad que ambas películas guarden no pocas similitudes. Después del regreso fugaz a Estados Unidos tras tres películas en Inglaterra, Allen volvió a Europa para seguir un recorrido que le llevó a París y, con peor resultado, a Roma. Pero antes, regresó a Londres, para situar allí un drama realista disfrazado de comedia ligera sobre las relaciones humanas. Sin embargo, la ciudad pierde el protagonismo que tiene en sus otras películas europeas más allá de como envoltura de los personajes, y por ello precisamente no se queda solo en una postal turística. Los londinenses resultan ser tan neuróticos como los neoyorquinos, sólo que sustituyen los psiquiatras por los adivinadores de futuro, a los que acuden desesperados por encontrar algo que merezca la pena en sus vidas.

En Conocerás al hombre de tus sueños Allen rescata de nuevo una de sus obsesiones: el autoengaño como la única manera de la que quizás se puede ser feliz. Helena, el personaje de Gemma Jones y motor de toda la historia, podría ser perfectamente una versión más mayor y británica del que interpreta Cate Blanchett en Blue Jasmine: una mujer incapaz de superar la pérdida de su marido y de la vida a la que estaba acostumbrada. De este modo, antes que enfrentarse a la realidad, prefiere vivir a base de mentiras, que le resultan más satisfactorias. Y Allen no sólo no le reprocha esta actitud a Helena, como sí que haría con Jasmine en su última película. Al contrario, la recompensa por encima de los demás personajes, a los que presenta como mezquinos y decide, de manera bastante despiadada, que no merecen alcanzar sus sueños ni ser felices, por mucho que lo busquen.

Lo que otras veces ha sido una mirada compasiva y humanista por parte de Allen hacia los sujetos a los que ha dado vida, aquí se traduce en cierta distancia, sólo rota en breves instantes, como el último plano de Naomi Watts con el rostro desencajado, o Anthony Hopkins mirando y hablándole directamente a la cámara, como sintiéndose en la necesidad de dar una explicación que excuse sus actos. Pero, ¿a quién le habla, al narrador, al espectador o al propio Allen? La constante necesidad de los personajes por sentirse realizados y tener que justificarse por ello es precisamente lo que les impide hacerlo. De este modo, se ven envueltos en exasperantes situaciones, que abordan sobre todo las distintas etapas de las relaciones de pareja, con especial atención a la (in)comunicación y los desacuerdos entre hombres y mujeres

La película lanza sin piedad una de las verdades más amargas: por mucho que se luche por lo que uno quiere, nada garantiza que se consiga; esperamos algo de nuestras vidas, y al final todo cambia. Y no siempre para bien. Tal vez por no tratarse de un pensamiento nuevo en la trayectoria del director, tal vez por el momento en el que surgió, o tal vez por no ser capaces de concederle en esta ocasión el beneplácito al Woody Allen más cruel, Conocerás al hombre de tus sueños es una de las películas menos valoradas y más olvidadas de su filmografía. Una lástima tratándose de un cuidadísimo y en absoluto intrascendente estudio de emociones y personajes que sufren, ríen, lloran y desean. Como la vida misma.

midnight in paris

No hay quinta mala, Woody

Escrito por Alejandro Arroyo (Ecos del Balón)

Por su promiscuidad con el papel y la cámara y por su calidad e imaginación demostrada durante cuatro décadas diferentes, Woody Allen es de los artistas y personajes que mayor curiosidad me despiertan a la hora de querer conocer el proceso de creación de sus obras; el momento de la aparición y gestación de una imagen o un personaje en su cabeza y cómo se desborda hasta derivar en una obra con sentido. Quien sabe si Balas sobre Broadway (Bullets Over Broadway, 1994) vino al mundo mientras veía un anuncio de colchones o se le ocurrió crear a Larry Lipton o Danny Rose al ver discutir desde su balcón a una pareja gritándose de una acera a otra. Supongo que todo comienza y termina en conocerse a sí mismo a través de sus obras.

Decía recientemente Hugo Mújica, poeta argentino, que necesita pasar cada día de la semana en un estado de escucha y atención; rodeado de Bach, libros y el tacto de todo lo que pueda aportarle un comienzo. La fascinante manera en la que un autor pasa su vida eternamente de puntillas, en pleno compromiso con la creación, obsesionado por sentirse vivo y en constante trabajo, palabras aquí sí, del propio Allen. Midnight in Paris (2011) es, en sí misma, el proceso de creación de su propia crítica, en este caso la mía personal, pues creo que es la película que remata una carrera, que reconcilia al genio con el incondicional y el pasajero, pues sus cuatro anteriores cintas habían abrazado una suerte de rutina impersonal, que banalizaba la belleza de la cara conocida, el casting rutilante y numeroso y sin apenas energía especial, puntualmente preocupante en Vicky Cristina Barcelona (2008) y Conocerás al hombre de tus sueños (2010).

Como seguimos con opiniones personales, fallido consideré el intento de ceder su alter ego a Larry David (Whatever Works, 2006) y acertado en devolver con tino y calidad su sombra a Owen Wilson, vistiendo pantalón de pinza y aparente aburrimiento en su personaje. En su particular y crepuscular Ceniciento, donde un escritor es preso de un hechizo que le transportará a los años 20 del siglo pasado, Allen se reencuentra con sus mejores momentos, donde mezcla el gag lapidario, rápido y consecuente con un mejor trato de la imagen y de la puesta en escena, algo olvidada en largometrajes previos. Recuperando el buen gusto, la progresión de la historia y el ritmo de la misma. A pesar de una sensación general de idealización de París, de dudoso gusto en la manera de acercarse a otras ciudades europeas, Allen capta con magia lo que su personaje principal está viviendo. Olvidando una de sus etapas de menor profundidad e imaginación, Midnight in Paris demuestra que no hay quinta mala para Allen.

a roma con amor

Everybody is a star

Escrito por Pedro Villena

En 1975 The Kinks editó “The Kinks Present a Soap Opera”, un álbum conceptual en el que Ray Davies, líder de la banda británica, se convertía en el Starmaker, una suerte de estrella del rock de poderes sobrenaturales con la capacidad de intercambiar su vida por la de cualquier ser mundano y aburrido. La etapa más teatral de la banda fue también un periodo bastante negro en la vida personal de Davies, noqueado por un proceso de separación bastante traumático que le llevó a preguntarse si las estrellas de rock no sufren y padecen como cualquiera de los mortales los avatares de su paso por el universo.

Su metamorfosis le permite experimentar con la encarnación del well-respected man británico: un hombre casado que trabaja de 9 a 5 y cuya vida no podría definirse de ninguna manera como excitante. En A Roma con Amor, Woody Allen revierte la situación por partida doble: un starmaker que realmente no aparece en la trama toca con su varita mágica a un señor que ni se llama Norman, como en el disco de los Kinks, ni es británico.

Necesariamente exagerado, el relato del ascenso y caída de Leopoldo Pisanello (excelso y divertido Roberto Benigni) es la crónica de lo liviano y desconocido de la fama en su origen. El problema surge cuando hay que poner los pies en el suelo y la carga se hace mucho más pesada de lo esperado. La de Pisanello es solo una de las historias que conforman el aparente paseo turístico del neoyorquino por Roma, pero quitando el ojo del objetivo de la cámara de fotos y el callejero de la Ciudad Eterna descubrimos una estimulante reflexión sobre lo efímero y peligroso de ser reconocido.

La volatilidad de quien se hace famoso de la noche a la mañana, y que a la siguiente deja de serlo sin que nadie le haya avisado antes, los encantos de la actriz misteriosa y cultivada que se ve seducida por Hollywood, la caída del mito erótico italiano; ese actor de telenovelas que en realidad es un calzonazos de primerísimo nivel. ¿Qué mejor sitio para reflexionar sobre la fama podía haber que el lugar que durante mucho tiempo fue el centro del mundo?

El Starmaker que encarnaba Ray Davies acababa al final del disco aceptando su condición de mortal entre mortales, camuflado pero feliz, confiando en que le sobrevivirán sus canciones para hacerle eterno. Woody Allen está experimentando en sus carnes lo peligroso y nocivo de la fama, pero está claro que sin necesidad de hacer juicios de valor, su obra ya es un más que valioso legado.

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