A la contra: La calidad del cine español

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En un artículo que publicamos en el número 7 de Magnolia (Julio-Agosto de 2012) analizaba el estado del cine español frente a la crisis, las reticencias de cierto sector político-social del país para abrazar nuestro cine y los nuevos caminos que estaban abriendo un grupo de cineastas al margen de la industria. Dos años después el panorama no es muy alentador, la crisis cinematográfica continúa su perpetuidad congénita y lo que antes era una nueva forma de hacer cine -producción y exhibición independiente- se está convirtiendo en la norma. Lo que no esperábamos es que ante los evidentes problemas estructurales de la industria y la ausencia de una política cultural definida, se ponga el foco de la cuestión sobre la calidad del cine español.

El debate se creó en octubre de 2013 a raíz de unas declaraciones del Ministro de Hacienda, Cristóbal Montoro, recogidas por la Cadena SER en la que aseguraba que la subida del IVA no ha tenido incidencia en la taquilla y defendía el recorte del 12,4% para 2014 añadiendo que “los problemas del cine español no tienen que ver sólo con las subvenciones, también con la calidad”. Estas sorprendentes declaraciones causaron polémica porque el Ministro tiró piedras sobre su propio tejado atacando a un sector cultural de su propio país pero sobre todo, porque lo hizo basándose en criterios subjetivos e infundados. El guante fue recogido inevitablemente por el Ministro de Educación, Cultura y Deporte, José Ignacio Wert, a quien le tocó la papeleta de defender al cine español frente a un ministro español (!) y corrigió a su colega destacando la calidad de nuestro cine sin demasiada convicción. Este cruce de declaraciones entre carteras ministeriales viene a manifestar dos cuestiones: la primera, la ausencia, no sólo de una política cultural por parte del gobierno, sino de cualquier medida aunque sea discursiva para intentar reflotar un sector estratégico para la llamada “Marca España”; y la segunda, que el análisis económico y político del cine español está tristemente supeditado por prejuicios ideológicos aún no superados.

¿Qué es el cine español?

A esto le siguió una cascada de críticas y reproches al titular de Hacienda, ante el cual el propio Montoro tuvo que rectificar alabando en esta ocasión un cine que está “entre los mejores”. Desaires a parte y con las caretas fuera, esto ha servido para mantener en el ambiente un diálogo sobre la calidad del cine español que en algunas ocasiones ha sido provechoso para entender nuestro cine y los caminos que transita. Si queremos discutir la calidad, en términos de creatividad o de fortaleza estética o narrativa, quizá deberíamos comenzar preguntándonos qué es el cine español.

No es una pregunta retórica. Lo primero que debemos acordar es si el cine español tiene unas características estéticas y temáticas que unen cada una de las obras; si hay un movimiento relativamente homogéneo que agrupe a sus directores; o simplemente el cine español es todo aquel cine hecho en España o por españoles. Si estamos ante el último caso, y parece que así es, resulta imposible hablar de toda la cinematografía del país en términos absolutos, en esta situación el cine español es igual de bueno que el francés, el alemán o el italiano porque su excelencia no depende de la acumulación de películas si no de obras específicas. Para ejemplificar el asunto: la última gran obra de nuestro cine Blancanieves (2012, Pablo Berger) es comparable en parámetros de calidad con el gran éxito internacional de Francia en aquel momento, The Artist (2011, Michel Hazanavicius).

Lo comercial y lo invisible

En cualquier caso, el debate sobre la calidad es consecuencia del descenso de espectadores y por extensión de taquilla. Si analizamos la dinámica de los últimos años, la buena cosecha o no del cine español suele depender de un puñado de películas que revientan la taquilla y equilibran la balanza total. En los dos últimos grandes éxitos de espectadores, Lo imposible (2012) y Las aventuras de Tadeo Jones (2012), el éxito vino precedido de una amplia campaña de marketing por parte de la productora y de los grupos mediáticos implicados en las cintas; situación que se repite en el reciente éxito de Ocho apellidos vascos (2014). Resulta bastante irresponsable y miope hablar de los parámetros de calidad en relación al éxito en taquilla; primero porque la promoción publicitaria tiene mucha influencia y segundo porque se obvian multitud de películas pequeñas que dependen de la atención crítica que se les otorgue. Por ejemplo, la última ganadora de los Goya, Vivir es fácil con los ojos cerrados (2013, David Trueba), ha necesitado el reconocimiento de la Academia para poder reestrenarse y ampliar su corta carrera comercial.

En este sentido, los Goya tienen la responsabilidad de dar visibilidad a un cine que no está sobreexpuesto y que goza de una calidad notable, sin embargo la Academia no termina de cumplir este objetivo y mira para otro lado ante la abundante y excelente producción independiente que tenemos. Los Premios Feroz, que otorgan un grupo de informadores cinematográficos, podía haberse distanciado dando visibilidad al cine español independiente; sin embargo la decepción llegó cuando primaron el glamour y la alfombra roja sobre la apuesta por un cine más arriesgado. Un cine “invisible” que, por otra parte, triunfa en certámenes y festivales, ahí tenemos el ejemplo de Història de la meva mort de Albert Serra o Costa da morte de Lois Patiño, por citar dos ejemplos de películas recientes. Hay que estar un poco atentos y pasearse por los márgenes, porque no todo el cine español está promovido por televisiones, ni todo el éxito depende del número de espectadores. Un consejo, la próxima vez que alguien cuestione la calidad del cine español, pregúntale: ¿has visto Diamond Flash?

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