Dallas Buyers Club

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Woodroof, McConaughey y los márgenes

En 1985, en Dallas, a Ron Woodroof, un cowboy drogadicto y mujeriego, le diagnostican SIDA y le dan treinta días de vida. A partir de ahí comienza a consumir distintas drogas, legales o no, para intentar combatir su enfermedad, incluso crea un club con otros enfermos donde trafica con distintos medicamentos, entre ellos la famosa Zidovudina o AZT, el primer antirretroviral que se aprobaría dos años después en 1987. La historia tuvo cierta relevancia en Estados Unidos tras la entrevista que le hizo el periodista Bill Minutaglio a Ron Woodroof para The Dallas Morning News. En 1992 el guionista Craig Borten entrevistó a Woodroof e hizo el primer borrador del guión de Dallas Buyers Club (Jean-Marc Vallée, 2013), que tardaría 20 años en materializarse pero que le ha valido la nominación a mejor guión en los Oscars.

Dallas Buyers Club

En este proceso de dos décadas el texto pasó por las manos de distintas parejas “director-protagonista”: La primera que no fraguó fue la compuesta por Dennis Hopper y Woody Harrelson, a finales de los noventa se especuló con Marc Forster y Brad Pitt y en 2008 negociaron con Craig Gillespie y Ryan Gosling; finalmente los elegidos por la productora fueron Jean-Marc Vallée y Matthew McConaughey. Pese a la pequeña odisea de la preproducción y que la producción en sí misma ha sido de bajo presupuesto, parece que el guión no pudo caer en mejores manos, Jean Marc Vallée director de C.R.A.Z.Y. (2005) dirige con solvencia la que posiblemente sea su mejor obra y Matthew McConaughey consigue una de las interpretaciones del año.

En cada crítica sobre Dallas Buyers Club se destaca en mayor o menor medida la actuación de McConaughey, sus recientes Globo de Oro y Oscar no han hecho más que aumentar el número de líneas escritas sobre su actuación en la película. Es curioso como un actor que ha estado durante años ligado a producciones comerciales y de discutible calidad, acomodado en el seno de Hollywood, ha decidido dar un giro a su carrera apartándose a los márgenes de la industria con películas más pequeñas como Killer Joe (William Friedkin, 2011), Mud (Jeff Nichols, 2012) o la que nos ocupa. El intenso retrato de Ron Woodroof que vemos en el film sólo puede ser consecuencia de un compromiso total del actor con el personaje al que da vida, un compromiso que va más allá de la drástica bajada de peso para meterse en el papel, aunque sea lo más destacado por muchas crónicas. El gran logro de McConaughey es partir de un personaje despreciable y homófobo y evolucionar hasta empatizar con el público. El personaje de Woodroof es una suerte de anti-héroe, sin la épica y trascendencia de otros recientes como Heisenberg en Breaking Bad, pero con la suficiente calidez e intensidad para dejar huella en el espectador en apenas dos horas.

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En esa línea incómoda y magnética en la que McConaughey desarrolla su personaje es la misma en la que Jean Marc Vallée construye la película. Cámara al hombro y recurriendo a una dirección en constante movimiento en la que priman los primeros planos, de esta forma le otorga realismo y nervio al film. Una dirección estéticamente independiente que encaja con el escaso presupuesto con el que se ha producido el film y supera la aparente falta de medios ofreciendo un valor añadido a la trama. Y en este punto, al hablar de la temática de la película, es cuando nos introducimos en el terreno farragoso del film. Volviendo sobre las palabras iniciales, es indudable que el guión debe los méritos en parte a la historia en la que se basa, pero en una historia de superación, con un personaje a los márgenes del sistema y con una enfermedad tan grave entre manos, no sería extraño que nos encontráramos con un enfoque sensiblero o efectista. Afortunadamente el guión que firman Craig Borten y Melisa Wallack esquiva los lugares comunes al tratar el SIDA, la drogadicción o la homosexualidad para crear un discurso que no intenta aleccionar ni tampoco compadecer, no rehuye el humor y confía en la fuerza dramática de los personajes. La clave es descifrar si la historia que nos cuenta Dallas Buyers Club es una llamada de atención, un acto de rebeldía frente al statu quo o si, por otra parte, no es más que una anécdota, una parte inherente del sistema. Dos visiones, que pueden ser compatibles, de una película relativamente pequeña que -más allá de McConaughey- abre espacio para el debate, algo para celebrar.

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