Capitán América: El soldado de invierno

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El soldado que sabía demasiado

En un momento de Thor: El mundo oscuro (Alan Taylor, 2013), la traición del hermano bastardo al dios del trueno en un planeta devastado, seguida además de la mutilación del campeón nórdico, lograba sugerir ecos más propios del cine de aventuras y fantasía de antaño que de la mayoría de propuestas actuales de la variedad del blockbuster, y por supuesto que del resto de esa propia cinta. La imperiosa necesidad, en este caso como también en cualquier otro no perteneciente al universo compartido de los estudios Marvel, de que los modelos respondan a patrones de fondo y sobre todo de forma bien –demasiado– definidos, parece anular cualquier capacidad de sorpresa u oportunidad para construir una identidad propia.

Dentro de las honrosas excepciones a esta norma, ojeando el muestrario de la casa de las ideas, encontramos la competentísima tercera parte de Iron Man, el entretenimiento absoluto que supuso Los vengadores o la primera aventura en solitario de Steve Rogers, alias el Capitán América. Comandada por los hermanos Russo, realizadores con mayor experiencia en televisión que en cine, la secuela a esta última lleva por título El soldado de invierno, en alusión al personaje de los cómics del mismo nombre. Retomando la vida en el mundo actual del capitán, interpretado con solvencia por Chris Evans, e incorporando con habilidad a la aleación al personaje de la Viuda Negra, encarnada por Scarlett Johansson, la cinta declara desde sus primeros compases –y mediante la colaboración de Robert Redford, en un papel finalmente algo insustancial– el guiño cómplice al cine conspiranoico de los años setenta. Un par de secuencias, la de la conversación entre el protagonista y Nick Furia en casa del primero o esa del ascensor y el progresivo descubrimiento de las verdaderas intenciones de sus ocupantes son especialmente reveladoras a este respecto. La intención por desmarcarse de los parámetros establecidos en este tipo de cine y sobre todo de los de esta franquicia integrada es de agradecer, aunque el resultado final esté un escalón por debajo de las mejores propuestas de la casa.

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Obviando la pregunta de dónde demonios se encuentra Iron Man mientras la organización para la que trabaja está siendo desbaratada, sí cabría preguntarse si no hemos visto ya demasiados terceros actos totalmente calcados unos de otros. Quizás la sensación de asombro pasaría por empezar a renegar de los fuegos de artificio finales en beneficio de piezas localizadas y más centradas en los conflictos de los personajes. Por suerte, y aunque abuse de lo primero, El soldado de invierno deja espacio también para lo segundo. Y más allá de la consabida escena post-créditos y el nuevo orden que parece formarse tras los acontecimientos vividos en esta, el conflicto precisamente apunta a ser la base argumental para la próxima incursión del supersoldado patriótico. Y a falta de que llegue la que promete ser la película más rompedora de este universo, tendremos que conformarnos con que los próximos títulos, en solitario o en conjunto de cualquiera de este aguerrido grupo de héroes, sean al menos tan entretenidos y logrados como este, y, sobre todo, con tanta vocación de salirse del recuadro.

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