Atlántida Film Fest 2014

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Hace unas semanas celebró su cuarta edición el Atlántida Film Fest, un festival que organiza la plataforma de cine online Filmin y en el que se pudieron ver 47 películas, once de las cuales estaban inéditas en España y cuatro eran estrenos mundiales. Además, entre su selecicón contó con un puñado de nombres propios como Errol Morris, Valerie Donzelli o Xavier Dolan. Atlántida Film Fest acoge todas esas obras que circulan en festivales o circuitos independientes y no suelen llegar a salas, dando también especial relevancia a cierto cine español sin distribución. Y ahí radica la importancia de este festival online, llevar hasta nuestros ordenadores, televisores y dispositivos móviles el cine independiente y de autor que no lo haría de forma.

Entre todo lo que exhibió el festival online, hemos escogido siete obras que por distintas razones creemos deben ser reivindicadas y merecen acceder a los canales de distribución. Dos de ellas ya lo han hecho, deseamos que el resto sigan sumándose a la lista. En todo caso, aquí están nuestras siete joyas perdidas de la Atlántida.

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De caballos y hombres

por Antonio M. Arenas

Si en War Horse (2011) Steven Spielberg recorría con asombro la Primera Guerra Mundial a partir del tránsito de un caballo por diversos tramos de la contienda, en De caballos y hombres (Benedikt Erlingsson, 2013) la farsa es más directa. Lo mundano del ser humano y su caótica existencia queda ridiculizado por la presencia de los equinos, espectadores cómplices de una fábula contemporánea sin moraleja, que no renuncia a la potencia visual que los parajes deshabitados islandeses le ofrecen. A través de pequeños y absurdos relatos enlazados entre sí, y más allá del punto de vista marciano con el que se podría definir a su retorcido sentido del humor, Erlingsson establece su singular debut en la frontera entre el individuo y la sociedad, donde no hay normas, en lo salvaje, hasta el punto de que quizá el caballo en comparación con nosotros sea el ser más sociable

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The Kings of Summer

por Gonzalo Ballesteros

Si la infancia es el hogar de la nostalgia, el cine ha contribuido a crear imaginarios que vemos y reproducimos con el fin de hacerlos nuestros. Quizá crecimos en pequeños barrios o en pueblos más cercanos a lo que retrataba Berlanga que lo que muestra Wes Anderson, pero vimos Los Goonies (Richard Donner, 1985) y para nosotros encontrar un tesoro en un barco pirata nos recuerda a nuestra infancia. Al igual que vemos Moonrise Kingdom (Wes Anderson, 2012) y nos invade un extraño sentimiento de nostalgia. Por eso The Kings of Summer (Jordan Vogt-Roberts, 2013) tiene tanto valor, porque recoge el testigo de aquellas películas que han construido el imaginario de nuestra infancia y aporta una hora y media de nuevos significados y recuerdos.

Premiada en Sundance y enmarcada en el territorio indie, el film responde más a un formato de aventuras clásico que a otras propuestas marginales o transgresoras. El verano, una cabaña, tres adolescentes. Con estos ingredientes, un buen guión y una dirección a la altura, a pocos se les puede resistir una película heredera de Cuenta conmigo (Rob Reiner, 1986) en el mejor estilo de las coming-of-age. Cuando los adolescentes deciden huir de la sobreprotección de sus casas, se dirigen hacia el bosque para vivir en libertad, con la naturaleza y siendo conscientes de sí mismos, con todo lo que ello significa. Su cabaña, su refugio para huir del mundo, está a unos cientos de metros de la ciudad pero parece estar a miles de kilómetros de cualquier tipo de civilización. ¿Hay mejor metáfora de la adolescencia?

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A ritmo de Jess

por Antonio M. Arenas

A lo largo de los últimos años, la intensa vida y obra de Jess Franco han sido objeto de diversos documentales, reconocimientos y colaboraciones artísticas de todo tipo, convirtiéndose en una figura de culto para cierta cinefilia española y también del extranjero, siempre dentro de los márgenes y la marginalidad a la que su prolífica y explícita filmografía le ha sometido. ¿Pero qué diferencia A ritmo de Jess (Naxo Fiol, 2012) del resto de trabajos sobre su cine? Su inaudita condición de documento de guerrilla, cuyo dispositivo se limita a capturar el trabajo del propio Jess y su reducido equipo, ya sean ensayos, visionados del material o en el propio escenario de rodaje.

Como si su desarrollo narrativo estuviera desarrollado a base de brutos, Fiol se adentra silenciosamente en el rodaje de la que a la postre sería su última película, Al Pereira vs. the Alligator Ladies (Jess Franco, 2012), y nos invita a compartir su reveladora forma de ser tras las cámaras, bastante afectada ya por el cansancio de la edad y su escasa movilidad en silla de ruedas. Sin pedir permiso asistimos a ese juego, porque Franco no dejaba de ser un niño jugando a hacer películas, a veces divertido (sus ocurrencias e imprevisibles reacciones rigen la producción) en ocasiones cruel (la nada fácil relación con todas sus actrices), y siempre disparatado. En definitiva, la antítesis de lo que en las escuelas de cine enseñan debería ser un rodaje, el making of que no mostrarías ni a tu peor enemigo, por lo tanto un film desinhibido y desbordante de gozo, tan auténtico como el insustituible cineasta madrileño.

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Why don’t you play in hell?

por Antonio M. Arenas

Demostrada su abrumadora capacidad para combinar géneros a lo ancho y largo de Love Exposure (2008), uno no sabe ya qué puede incitar al indómito cineasta japonés Sion Sono para realizar un más difícil todavía con Why don’t yoy play in hell? (2013), por la que se atreve a hacer explotar en pedazos el cine de Yakuzas merced a la inocencia de la cinefília más desatada. Todo ello, por supuesto, sin renunciar a sus fetiches habituales. Sono es de esa especie de directores para los que el guión es un paso en la consecución de una imagen final icónica que de sentido a su proceso creativo y a su imaginación, quizá por ello su factura puede parecer brusca o poco elaborada en un primer momento, pero precisamente su irracionalidad tras las cámaras resalta por la fuerza que imprime a su puesta en escena por encima del desarrollo narrativo.

La pasión por filmar que transmiten sus jóvenes protagonistas, un club de cine que desde que eran niños no para de grabar por la calle hasta encontrar la película que de sentido a su búsqueda, es realmente la misma que mueve a Sono. Hasta que el destino llega a su encuentro. Y en este caso, lo ridículo de su propuesta es su virtud, hacer de un rodaje un cruento enfrentamiento entre yakuzas y convertir la más violenta y cruda acción en un plató de rodaje único. Un acto fascinante y delirante a partes iguales, de mano de un cineasta que nos devuelve la sensación de lo importante que puede llegar a ser el cine cuando uno forma parte de él por un instante.

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Tom á la ferme

por Gonzalo Ballesteros

Quizá que Xavier Dolan haya ganado el premio del jurado en el pasado Festival de Cannes -compartido con Jean Luc Godard, ni mas ni menos- sea el factor necesario para que en España podamos ver sus películas en el cine sin meses o años de retraso. En cualquier caso, siempre nos quedarán festivales como Atlántida Film Fest que luchan por mostrar al público obras tan excelentes como esta. El joven director canadiense acostumbrado a romper moldes estilísticos y narrativos, parece empeñado en desprenderse, de una vez por todas, de la etiqueta de “niño-prodigio”; sus argumentos cinematográficos tienen el peso suficiente para convencernos de que juega en la liga de los mayores. La inefable Tom à la ferme es un ejercicio lleno de energía, sensualidad y terror, una película arriesgada que huye de la adscripción a cualquier género.

La película toma un camino que despista, como siguiendo una brújula que no marca el norte. Es un thriller psicológico, es un melodrama y es cine noir, es todo eso y a la vez nada. La película transita por los géneros en función de las emociones que atraviesa Tom. La desorientación del personaje, será la desorientación del espectador. A esta dispersión narrativa le acompaña un estilo visual sobrecargado, la propuesta es arriesgadísima, Xavier Dolan recorre la cuerda floja como un funámbulo sin red. Queda en manos del espectador aplaudir la osadía o despreciar la temeridad. En cualquier caso la película funciona por acumulación. Acumulación de géneros, de ideas y de personajes, pero también de referentes.

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La tumba de Bruce Lee

por Antonio M. Arenas

Tratando de situar en el contexto del cine español una propuesta kamikaze como el film de Canódromo Abandonado, en su blog Aaron Rodríguez definía a propósito de La tumba de Bruce Lee una de las claves del asunto: “Duelen tantos años rodando cintas que pudieran entender las abuelas – abuelas que, por lo general no iban a verlas, ya que con ver Noche de Fiesta ya lo habían visto todo”.  ¿Y si dejamos de hacer cine pensando en un posible espectador que ya no va a los cines ni tampoco sabe lo que es filmin? ¿Por qué el cine se ha convertido en un propósito para satisfacer a otros en lugar de a uno mismo?

Quizá presos de estas y otro tipo de preguntas, Canódromo Abandonado se lanzaron a su primer largometraje vía crowdfunding, y no precisamente para darnos respuestas ni recompensas fáciles. En La tumba de Bruce Lee (Julián GénissonLorena IglesiasAaron Rux, 2013) hay una pareja y un viaje, dos mentiras y una verdad, que si uno escapa no hay vuelta atrás. El viaje es de Madrid a Detroit, pero uno no sabe en cada momento si detrás de la filosofía que esconde el film hay una risa satírica o una profunda preocupación. Y precisamente en esa inquietud encuentra su razón de ser, su propio espacio, su caravana a ningún destino, más que su aniquilación. La misma que les lleva a subir un críptico vídeo a vimeo o un tuit que desenfunda antes de que empiece el duelo.

Inmersos en un tiempo repleto de tanto talento emergente como de indecisión vital y cinematográfica en el panorama español, se agradecen propuestas que nacen de ese inconformismo para morir en su propia orilla, pero no en la de los cánones de la industria. Con un acabado sucio y doloroso, propio de su impulso, pero con un fondo tan meditado que va directo a hacer sangrar nuestra conciencia, mientras las ofertas de trabajo en Belros llaman a nuestra puerta, olvidaremos aquel viaje a la tumba de Bruce Lee que mejor pensar nunca hicimos.

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Prince Avalanche

por Pedro Villena

David Gordon Green quiso que Prince Avalanche (2013) se produjese en secreto como una forma de regresar a sus raíces más independientes tras tres proyectos producidos por grandes “majors”. Quizás ese secretismo, el hecho de encontrarse trabajando en mitad de un paraje asolado por las llamas, de ceniza húmeda y soledad absoluta, hizo que la pareja protagonista llegase a pensar que iba a cobrar por pintar las líneas de la carretera y no por tener un papel protagonista.

Basada en la película islandesa Either Way (Hafsteinn Gunnar Sigurðsson 2011), Green afirma que este título le vino de un sueño que nada tenía que ver con su argumento: una extraña pareja de cuñados que trabajan asfaltando una carretera de Texas afectada por un incendio a finales de la década de los 80. El Príncipe de las Avalanchas tiene una grandilocuencia que choca con las personalidades simples y a la vez neuróticas de dos perdedores de manual. Cualquier visión idílica de la reflexión y la paz que reporta el trabajo duro al aire libre se esfuma al observar el contenido de sus conversaciones. Pero eso es lo verdaderamente estimulante, la naturalidad y resignación con la que los personajes de Paul Rudd y Emile Hirsch se enfrentan a la vida. Una vida que al fin y al cabo, estés donde estés, puede llegar a ser una aventura.

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