Juego de tronos: El espectador frustrado

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Con la renovación por una quinta y sexta temporada confirmada, la serie más vista de la HBO ya es oficialmente una bestia diferente al libro. Los guionistas empiezan a responder a sus historias y no vacilan a la hora de alterar el curso planeado por George R.R. Martin, autor de las novelas, para sus personajes y muchas de sus tramas. Con todo, David Benioff y D.B. Weiss, showrunners de la serie, han confirmado con la cuarta temporada que si se lanzaron a adaptar la fuente literaria fue porque se sabían capaces de captar su espíritu a la perfección.

La escena que abre este nuevo capítulo de la saga televisiva es un preciso ejemplo de economía del lenguaje y síntesis narrativa. La descomunal espada del difunto Ned Stark focaliza la atención del objetivo nada más abrirse éste. El acero, símbolo del linaje de la casa del lobo y del constante recordatorio de la proximidad del invierno, se funde y descompone para dar forma a dos nuevas hojas. De entre las sombras emerge Tywin Lannister, prodigioso Charles Dance, personificación del discurso narrativo de la serie, que no es otro que nadie nunca está a salvo, y mucho menos aquellos a quienes como espectadores respaldamos. La quema de la piel de lobo, que servía de vaina a la espada, termina por reafirmar, por ahora, la victoria del león. El encadenado de escenas funciona, por tanto, como breve recordatorio del punto del relato en que nos encontramos, y, lo que es más importante y meritorio, contando su propia historia, rehuyendo todo diálogo y apoyándose únicamente en la fuerza de las imágenes y de una banda sonora, y en especial de un tema, The Rains of Castamere, que ya forma parte del tejido de la serie.

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Cuando al comienzo de la última temporada de Los Soprano (1999), otra de las series de la casa, el tío Junior disparaba a Tony, muchos lo vieron como un punto de partida atípico para una serie que se había caracterizado por ir construyendo sus tramas sin excesiva rapidez hasta llevarlas a culminar a sus finales lógicos. La naturaleza de esta temporada de Juego de tronos, que radica en que funciona como adaptación de la segunda parte del tercer tomo, ha hecho que desde el primer momento la serie nos haya deleitado con acontecimientos más propios de un tercer acto que de un primero. La muerte del rey Joffrey, genial Jack Gleeson, en el segundo capítulo de la presente temporada desafía las leyes impuestas por los guionistas de reservar los últimos episodios para los momentos más dramáticos o inesperados. Sin embargo, los sucesos de ambas series, aun siendo tan destacados y súbitamente bruscos no marcan sino el arranque de tramas aún mayores en cuanto a importancia y calado. En la serie de Nueva Jersey era el despertar espiritual, de algún modo, de Tony Soprano, mientras que aquí es el descenso a las tinieblas del personaje más querido, Tyrion Lannister, cuya trama además brinda a Peter Dinklage, su actor, una oportunidad para lucirse sobremanera y que no desaprovecha en absoluto.

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El argumento, además, lleva el subgénero detectivesco de intriga, el whodunnit –¿quién lo ha hecho?–, a Poniente, juicio incluido, con varias piezas destacadas del tablero como posibles culpables. Una de esas piezas es la que ha sido la incorporación de la temporada, Pedro Pascal, que interpreta a Oberyn Martell. En la mejor tradición de héroes vengadores del Iñigo Montoya de La princesa prometida (1987), la Víbora Roja de Dorne llega a Desembarco del Rey con la autoimpuesta misión de clamar venganza por el asesinato de su hermana y los hijos de ésta. Su introducción es magnífica, con tres pinceladas ya está compuesto el personaje, y su despedida es tremenda, épica y a la vez descarnada, en la mejor tradición de los libros y ahora y cada vez más de la serie. El suyo viene además a sumarse a una ya larga lista de personajes que se benefician del paso del papel a la imagen, y ello es culpa del carisma que Pascal le da a su Oberyn. You raped her. You murdered her. You killed her children. Una y otra vez, y mientras tanto el corazón del espectador en un puño y el del lector a punto de explotar.

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Esta ha sido también una temporada de incisión en uno de los recursos más aplaudidos por los lectores a Martin, y ahora por los espectadores a los guionistas, que no es otro que el emparejamiento de personajes a priori improbables o directamente situados en extremos antagónicos de una balanza gigantesca. El joven escudero Podrick ha relevado a Jaime como acompañante de la imponente Brienne, en un road trip que les ha llevado a cruzar caminos –en un desvío del libro que ha resultado ser todo un acierto– con la joven de los Stark y el menor de los Clegane. Siguiendo la estela de la temporada pasada, Arya y el Perro continúan su periplo por las Tierras de los Ríos en busca de algún tipo de recompensa para el segundo a cambio de la entrega de la joven loba. Maisie Williams, que interpreta a Arya, y que se está descubriendo como una portentosa actriz, hace de cada réplica al Perro una afilada reproducción de diálogos, enfrentándose y enfrentándolo sin que le tiemble el pulso ni al personaje ni a la actriz. Si el año pasado fueron Jaime y Brienne la pareja protagonista de la buddy movie de Poniente, éste el honor recae sobre estos dos. El final que se les tiene reservado entronca con las grandes despedidas propias de los westerns, haciendo camino al andar y sin llevar la vista atrás. El de Arya es un viaje que no ha hecho más que comenzar.

Al margen del fondo, y adentrándonos en la forma, la serie de la HBO es una que nada tiene que envidiar a un largometraje hecho para el cinematógrafo. En los pequeños espacios la fotografía y la iluminación encuentran su sitio para brillar. Muchas de las escenas rodadas en interiores se asimilan a piezas de cámara, calibradas al detalle, con atmósferas tenebrosas y una perfecta disposición de personajes.

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En cuanto al valor de producción hablamos de una serie sobresaliente, capaz de recrear palacios, fortalezas y demás estructuras nacidas de la imaginación del autor y ausentes en los grandes espacios en los que graban la serie –y a los que España, en concreto Andalucía, habrá de unirse pronto–, que aportan al conjunto excelsas panorámicas y ambiciosos planos generales, amén de un uso inteligentísimo de la profundidad de campo.

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Como secuela espiritual de la batalla de la bahía de Blackwater, localizada al término de la segunda temporada, la presente ha tenido a bien emular aquello y centrar los esfuerzos de la penúltima hora en la batalla en el Muro entre los salvajes y la Guardia de la Noche. De nuevo sale a relucir el impresionante trabajo técnico, desde efectos visuales hasta planificación de tiempos y escenas, tal es el caso de los dos planos secuencia que permiten visualizar en un travelling ininterrumpido la posición de cada ejército, el primero, y la de cada luchador protagonista, el segundo. Cuesta creer, echando la vista atrás a aquella primera batalla con Tyrion y los hombres de las montañas al frente de la acometida Lannister en la primera temporada –en la que el enano caía inconsciente y despertaba, y nosotros con él, con la batalla acabada– que hubiese un tiempo en que tuviesen que recurrir a una ciertamente tramposa aunque elegante elipsis para resolver secuencias de este calibre. Y eso habla por sí solo de la calidad técnica que ha alcanzado la serie.

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Y, claro, los dragones. La madre de las fieras criaturas ha entrado en la espiral del libro que muchos lectores tildan de desesperante, afincándose en la última de las ciudades esclavas que ha conquistado para gobernar y aprender a ser reina. A la limitada capacidad interpretativa de Emilia Clarke –mano a mano con la de Kit Harington, más solvente en su papel de luchador implacable que de hombre atormentado– se suma la falta de eventos destacables en su arco argumental este año. Ni tan siquiera en el destierro del personaje de Jorah Mormont ha sabido, para quien esto suscribe, dotar a su madre de los dragones de algún tipo de carga emocional. Carga sí presente, no obstante, en su última escena esta temporada, una que precisamente involucra a sus niños.

Y The Children es justamente el título del episodio con que nos despedimos de la serie hasta el próximo curso. Decir que nos encontramos ante el mejor final de temporada hasta la fecha no sería caer en ningún halago gratuito. El episodio se desmarca de su habitual condición de reubicación de piezas y limpieza de desaguisados y se guarda una cantidad grotesca –en el mejor sentido– de momentos climáticos. Entre los más espectaculares, visualmente hablando, un homenaje a Ray Harryhausen y sus esqueletos para Jasón y los argonautas (1963), una carga de caballería en el Muro digna de la trilogía de los anillos y un combate a muerte entre dos fieros adversarios. El próximo año será la temporada de Cersei, el cuarto es su libro, si bien Lena Headey lleva dándonos alegrías desde el comienzo, estando especialmente bien esta temporada y este último episodio. Pero esta ha sido en muchos sentidos la temporada de Tyrion y el final no iba a ser menos. El rosebud particular del Tyrion de la novela queda sabiamente reformulado aquí teniendo en cuenta el recorrido del personaje en la serie y su relación, diametralmente opuesta a la del libro, con Shae. Si el año pasado la duda para un servidor estaba en si serían capaces de transformar literalmente a Robb en el lobo que ya nunca podrá ser tras la Boda Roja, este recaía sobre si se atreverían a llegar a donde lo hace Martin con respecto a ambos. Una figura de mujer sobre la cama, las palabras my lion y una cadena al cuello han corroborado que la serie no se amedrenta fácilmente. La despedida entre padre e hijo, entre el león y el gnomo, es un ejemplo de entendimiento encomiable entre los dos medios.

El futuro es ahora incierto, tanto para muchos de los personajes como para la propia serie, empecinada pareciera en alcanzar a los libros y con el reto por delante de adaptar para el próximo curso dos volúmenes simultáneos en su cronología. Por verosímiles que sean los derroteros de Juego de tronos las direcciones que se abren a su paso no dejan por ello de ser menos inquietantes. Si David Simon avisaba al espectador medio de que su The Wire (2002) no era para ellos, Benioff y Weiss, con el permiso de Martin, amplían el espectro para incluir también al alto y al bajo: y es que por mucho que se esfuercen en equilibrar esa mezcla entre satisfacción absoluta y frustración plena, la serie, al igual que todas las casas que aparecen en la misma, ya ha elegido su lema: que se joda el espectador, servimos a la historia.

1 Comment

  • No estoy nada de acuerdo con que el último episodio haya sido el mejor hasta la fecha (de los finales). Si algo me gustaba de esta serie por encima de muchas otras era el uso moderado del cliffhanger y sobre todo el reservarse ese momento de reubicación tras el momento climático. Otro aspecto en el que desmarcaba de los libros. Hasta ahora el punto álgido de todas las temporadas se había concentrado en el episodio 9 para recolocar en el último y dejarnos un cliffhanger moderado, para que tengamos ganas de más pero donde todos los personajes se encuentran estables y dirigidos. Sin embargo en esta temporada, si bien el resultado final es parecido, para mi ha adolecido de un apelotonamiento extremo en el último episodio que ha quitado intensidad precisamente a los momentos que deberían haber sido mucho más fuertes y a su vez no ha podido desarrollar apenas las consecuencias de esto.

    La temporada en general me ha parecido estupenda y a pesar de la dificultad del apelotonamiento de momentos climáticos para el finale han resuelto con decencia. Pero personalmente me gustaría que no se dejasen llevar demasiado por este amor al cliffhanger y que toda temporada debe ser un camino para el clima final (tras el cual se acaba la temporada) y sí vuelvan al estilo que les caracterizaba, en el cual interesaba más el contar la historia con sus tiempos correctos que pensando en el efecto del espectador medio.

    Dicho esto, gran artículo.

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