75 años de Batman

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Bailando con el diablo a la luz de la luna

De entre las miles de historietas existentes del hombre murciélago no son pocas las que, de una forma u otra, han ayudado a forjar la imagen en cine de éste, tirando puentes entre los márgenes de las viñetas, primero, y de los fotogramas, después. Creado en 1939 –a raíz del éxito de Superman, pero totalmente opuesto en tono a éste– por Bob Kane y Bill Finger, era sólo cuestión de tiempo que ‘the Bat-man’, como fue llamado originalmente, expandiese su reinado del noveno al séptimo arte y proyectase su sombra en la gloriosa gran pantalla.

En el día en que se cumple su 75 aniversario, Revista Magnolia hace un repaso a la figura del vigilante encapuchado en el medio audiovisual, ángel vengador de más sombras que luces, incansable en su cometido de imponer un orden inexistente en la anárquica ciudad en que reside y que ha jurado proteger, así como a las historias que devinieron en su tránsito a la sala oscura. Sean bienvenidos.

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“Llega sin aviso… atraviesa la ventana de tu estudio, del mío…
Lo he visto antes… en alguna parte… me asustó de pequeño… me asustó…
Sí. padre. Me convertiré en un murciélago.”

Batman: año uno (1987)

El vínculo de Batman con el cinematógrafo se remonta al año 1943. En estos primeros años de exploración de las posibilidades del personaje de cara a la platea se presenta un serial en forma de largometraje, “cien veces más emocionante visto en la pantalla grande”, según rezaba su cartel. Bajo el título de Batman, la cinta no tardó en ver aparecer su secuela, si bien con diferentes actores, en Batman y Robin (1949). Ambas supusieron el trampolín para el desarrollo en la década de los 60 de la pieza de televisión descaradamente teatral y de espíritu camp que fue la reivindicable e inocente aproximación a las aventuras de ambos superhéroes, con Adam West como el murciélago y Burt Ward como su fiel ayudante. Ésta tuvo además su traslado a la pantalla grande, en una película que pretendía reflotar la popularidad de la misma especialmente en el mercado internacional. Tras un total de tres temporadas, la serie fue no obstante cancelada. El vistoso y algo recargado colorido de ésta, en sintonía con su carácter absolutamente lúdico e insustancial, y totalmente falto de pretensiones, sucumbieron al temido y definitivo fundido a negro, no sin antes marcar, casi sin saberlo, una de las épocas recordadas con más cariño en los anales del personaje, que si bien se distanciaban sobremanera del carácter y el sentido que debía tener un personaje como Batman, sí enlazaban con ese aspecto detectivesco y procedimental presente sobre todo en la primera etapa de los cómics.

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“Hay cosas que deambulan en la noche.
Da gracias de que una de esas cosas esté de nuestro lado”

Gotham después de medianoche (2008)

De esta primera etapa de toma de contacto se produjo directamente el ascenso a las ligas mayores. Antes de seguir habría que remarcar que la conexión entre el personaje y el cinematógrafo se debe principalmente al trabajo de dos realizadores, dos formas enfrentadas pero no incompatibles de entender el lenguaje del cómic. El primero, un director que en su por entonces corta pero incipiente carrera había dado ya muestras de encontrarse muy cómodo en ambientes fantásticos y góticos, místicos incluso, tratando con personajes que escapaban a la condición de normalidad. El segundo, fascinado por temas filosóficos y existenciales como la búsqueda de la construcción de la identidad individual o la percepción de la realidad. Además, ambos tienen en común una característica importantísima a la hora de acercarse al encapuchado: como Batman, tanto Tim Burton como Christopher Nolan rehuyen la luz, haciendo de las tinieblas el marco predilecto para contar sus historias y engullir a sus personajes.

El primero cuenta en su filmografía con dos cintas dedicadas al multimillonario playboy y héroe sin poderes con un tormentoso pasado a cuestas. Batman (1989) y Batman vuelve (Batman Returns, 1992) suponen, más que un estudio a conciencia del protagonista, una disección de la fértil galería de villanos del personaje. Los esfuerzos de Burton se centran en componer sórdidas y siniestras némesis, con un tono entre gamberro y despiadado, sin vacilar a la hora de restar minutos a un competente Michael Keaton enfundado en el traje del héroe. Lo que el realizador presenta en realidad son tratados sobre las mentes enfermas de los villanos del murciélago, detonantes de la eterna cuestión de quién crea a quien, si los adversarios al héroe o éste último, visto como otra mente enferma, a los primeros.

En Batman (1989) Jack Nicholson fue el elegido para meterse en la piel del Joker, enemigo por antonomasia, por situarse en las antípodas de lo que éste representa, del cruzado enmascarado.  El perpetuo duelo, condenado a repetirse eternamente, entre estos parias, marginados ambos de y por la sociedad que les acorrala, tuvo su influencia en la novela gráfica “La broma asesina (The Killing Joke)” (1988). Escrita por Alan Moore, sus páginas contienen la que está considerada como la versión definitiva del origen del payaso criminal. La posición que ocupan héroe y villano a ambos lados del mismo espejo fue además si cabe engrandecida por el director de Bitelchús (Beetlejuice, 1988), al establecer una correlación y una simetría en sus procesos de creación. Muerto el payaso y acabada la rabia, Burton decidió seguir ampliando su alineación de dementes para la segunda parte convirtiendo al actor Danny DeVito en el Pingüino y a la actriz Michelle Pfeiffer en la más conseguida encarnación, por cautivadora, seductora y absolutamente liberada, de Catwoman. Las filas de estos incomprendidos venían a subrayar la ausencia de colorido en esta visión del personaje, influenciada también, en tono y espíritu, por la obra capital de Frank Miller que es “El regreso del caballero oscuro (The Dark Knight Returns)” (1986).

A este mismo respecto, y heredera de la silueta de la ciudad de Metrópolis (1927), y por tanto de todo el expresionismo alemán, la Gotham de Burton no es sólo la evolución lógica y natural de los ambientes y atmósferas en que se movía –y siguió y ha seguido moviendo desde entonces– su estilo visual, oscuro él y oscura ella, lúgubre, gótica como su nombre, sino que también es, hasta el día de hoy, la representación más fascinante que se ha hecho de la ficticia ciudad en cualquiera de las cintas del personaje –no por nada le fue concedido el Oscar de la Academia a Mejor Dirección Artística y Decorados. Mención destacada merece la partitura de Danny Elfman, paradigma de la asociación de una melodía a un personaje. Como apunte adicional, la excesiva oscuridad –así catalogada– de la que Burton dotó a su binomio le condenó a la silla de productor para la ya planeada tercera entrega, que resultaría en una ruptura drástica de concepto para con el trabajo del director. El lado bueno vino de la mano de una serie animada para televisión, Batman: La serie animada (1992) que sí supo continuar con esa misma esencia adulta y pesimista de la que el de Burbank había impregnado esta primera adaptación formal, seria y rigurosa del murciélago.

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“¿Acaso he sobrepasado los límites de la razón?
¿Estaba el Diablo mismo allí esperando? ¿Era miedo lo que reflejaban sus ojos?”

 Batman R.I.P. (2008)

Entre las dos vertientes principales responsables de trasladar las historias del hombre murciélago al medio audiovisual que comentábamos antes encontramos lo que sobre el papel debía responder a una ligera variación del modelo perpetrado por Tim Burton pero que acabó mutando en una pobre, hortera y desatada propuesta insuflada de la estética pop más extravagante, caldo de cultivo de las peores decisiones tomadas respecto a la figura de Batman con la excusa de acercar al personaje a un público más juvenil.

Joel Schumacher fue el encargado de recoger el testigo dejado por Burton, después de que su candidatura para realizar una tercera parte fuera rechazada por la atmósfera tan lúgubre que había dado a Batman vuelve. El cambio fue drásticamente visible: una Gotham colorista y artificial, la entrada en escena de un Robin que anulaba por completo el carácter de Batman –ahora Val Kilmer, tras la retirada de Keaton– como justiciero solitario de la noche, y la inclusión de unos villanos más cercanos al espíritu camp de la serie de los 60 que a sus homólogos del cómic o incluso de las anteriores entregas. Tras un magnífico Joker, un aceptable Pingüino y una soberbia Catwoman, Schumacher incorporó a los también interesantes –en el cómic– Enigma y, sobretodo, Dos Caras. El fiscal del distrito quedó reconvertido en un Tommy Lee Jones saturado de colores y desatado en la actuación, acompañado, por si no estuviese clara la dualidad, por representaciones, en forma de cuerpos femeninos, del cielo y el infierno. Jim Carrey no salió mejor parado con una interpretación de Enigma muy exagerada, cargando al personaje de un histrionismo que no necesitaba, si bien los acertijos conservan cierto encanto del original del tebeo. Todo ello, y más, pero no mejor, fue Batman Forever (1995).

Y empeñado en sobrepasar los límites de la razón y la cordura, Schumacher repitió jugada y modelo en Batman & Robin (1997). Los errores de su antecesora se vieron aquí aumentados a la enésima potencia. Val Kilmer dio paso a George Clooney, de nuevo batiéndose el cobre junto a Robin contra Uma Thurman como Hidra Venenosa y Arnold Schwarzenegger como Mr. Frío. Batgirl también rondaba por allí en lo que amenazaba con convertirse en la gran familia de Batman.

En cuanto al material de referencia, la primera de estas dos entregas contenía ciertos apuntes provenientes del “Batman: año uno” de Frank Miller, sobre todo en cuanto a mitología del personaje. En todo lo demás, tanto ésta como la siguiente se asemejaban a los cómics de los años 40 y 50, con claras influencias de buena parte del conocido como período del declive. Era una vuelta al espíritu lúdico y falto de pretensiones, basado en la alianza de Batman y Robin para derrocar a toda la grotesca galería de villanos de las viñetas más estrafalarias jamás concebidas a este y al otro lado de la pantalla.

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“¿Qué te pasa, caballero oscuro?
¿Por qué te resulta más fácil combatir supervillanos psicóticos
que enfrentarte a tus propias emociones?”

Batman: La Resurrección de Ra’s Al Ghul (2007)

La más reciente etapa cinematográfica del personaje, con el británico Christopher Nolan en la dirección y David S. Goyer y Jonathan Nolan a los mandos del guión, propicia un retorno, tal y como hicieron los cómics en la década de los 70, a los orígenes del caballero oscuro –rebautizado pareciera que ya para siempre con este sobrenombre–, reinventando al personaje como vengador de la noche, anclándolo fuertemente en la realidad y dotándole de una nueva perspectiva. Batman Begins (2005), piedra fundacional del reinicio, sirvió tanto para mostrar el inicio del camino del héroe como para filmar una cinta sobre el personaje aportando trazas del género neo noir. De repente importaba más encontrar la lógica tras el disfraz de murciélago que verle con él. Si las últimas aproximaciones habían dejado al justiciero herido de muerte, ésta habría de aprovechar para desmontarlo, examinar las piezas y volver a armarlo. Bruce Wayne empezaba, o lo que es lo mismo, se enfrentaba a su primer año, o año uno, como Batman. La influencia del material de Miller quedaba patente también en la profundidad otorgada a personajes secundarios como James Gordon.

Construyendo sobre las mismas ideas de identidad, realismo y crudeza, El caballero oscuro (The Dark Knight, 2008) no sólo vino a sumarse a la lista de secuelas que superan a su antecesora sino que, en una situación de euforia colectiva, absolutamente meritoria, eso sí, llegó a erigirse como la película de superhéroes definitiva, sobrepasando incluso y yendo más allá de dicha etiqueta. La portentosa composición de Heath Ledger presentaba poca opción a la discusión, su Joker entró y permanece en el panteón de villanos de la historia del cine, la anarquía y el caos hechos carne. Vertebrando su estructura a partir de “El largo Halloween (The Long Halloween)” (1996), la cinta rescataba el que quizás sea uno de los aspectos más interesantes de la épica del murciélago, que no es otro que ese punto de veracidad y pragmatismo transmitido al triunvirato conformado por Batman, James Gordon y Harvey Dent. Más que una cinta de superhéroes, El caballero oscuro demostró ser un thriller policiaco con tintes dramáticos y filosóficos sobre el envilecimiento de una ciudad donde sólo quedan tres hombres honrados, utilizados, como en el cómic de Jeph Loeb, para representar nociones clásicas como la corrupción, el autoritarismo o el papel inevitable del destino.

El último acto de la saga, que podría haber sido la pieza cumbre de la re-lectura del murciélago propuesta por Nolan, quedó finalmente lastrado por un exceso de autocomplacencia. No faltaron críticas al sistema financiero, a la crisis monetaria convertida en excusa del terrorista Bane para imponer una sociedad totalitaria disfrazada de movimiento revolucionario, con autoridad para dictar sus propias reglas al margen de los órganos que se eligen para ello. Un escenario temible en el papel, deudor casi de novelas de ciencia ficción futuristas, pero que en su poco creíble paso a la pantalla perdió casi todo halo de complejidad y por tanto interés en su devenir. El aparatoso clímax tampoco parecía firmado por la misma persona que nos hizo revisar el atlas para cerciorarnos de que Gotham no figuraba en él. Títulos como “La caída del murciélago (Knightfall)” (1994), “La tierra de nadie (No Man’s Land)” (1999), el ya mencionado “El regreso del caballero oscuro (The Dark Knight Returns)” (1986) o “Victora Oscura (Dark Victory)” (1999) sirvieron de inspiración al relato. Con todo, El caballero oscuro: La leyenda renace (The Dark Knight Rises, 2012) sí acertó al devolver al murciélago al tortuoso camino del héroe, haciéndole descender a los infiernos y aupándolo finalmente al clamor de un pueblo que, ahora sí, reconocía a su ángel guardián, símbolo anónimo que se revelaba hereditario en un giro de guión llevado con la prudencia y el respeto que se esperaba de este proyecto. Uno que llevó el concepto de superhéroe al árido pero enormemente agradecido terreno de las tragedias griegas, y que confirmó que el murciélago había alcanzado la madurez, con todo lo que eso conllevaba.

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“La gente piensa que es una obsesión. Algo compulsivo.
No es así. Nunca ha sido así. Fui yo quien eligió esta vida.
Sé lo que estoy haciendo. Cualquier día podría poner fin a esto.
Pero hoy no es ese día. Ni mañana lo será.”

 Crisis de identidad (2004)

“Ni mañana lo será”. Con tres cuartos de siglo a sus espaldas, el hombre murciélago parece convencido de que será él el que dicte los términos de su marcha, cuando y como quiera. La continua reinvención que experimentan los tomos de una historieta ha dado ya también el salto a las pantallas de cine. El volar solo, parece ser, se ha acabado, al menos a corto plazo. Por otra parte, el niño al que le aterrorizaban los murciélagos y al que un delincuente cambió la vida una noche que salía con sus padres de una sala de cine tendrá que enfrentarse por enésima vez a sus más profundos miedos. Por nuestra parte será precisamente allí, en una sala de cine, o en cualquier sala oscura que proyecte alguna de sus sombras, donde estaremos esperándole, dispuestos y afortunados de poder bailar una última canción con el diablo a la luz de la luna.

Y que cumpla muchos más.

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