De La gran belleza a Oh Boy: Sobrevolando Europa

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Diálogos (de La gran belleza a Oh Boy)

De lo que se trata es de trazar un estado espiritual, un estado de ánimo difícilmente articulable a través de la palabra. La gran belleza (2013), última película del cineasta italiano Paolo Sorrentino, traspasa los límites de lo narrativo para expresar lo inefable a través del lenguaje poético. Asimismo, recurrimos con la libertad anárquica de un dadaísta, a otros largometrajes de reciente producción que, de manera análoga, contribuyen a esa descripción del que creemos, es, el espíritu de nuestro tiempo. No se trata, por lo tanto, de un estudio erudito, sino de otra aproximación hacia aquello que por nefando, resulta difícilmente configurable.

La gran belleza

Zeitgeist: Sobrevolando Europa

Jep Gambardella recorre las calles de Roma al amanecer. Camina con el garbo y la elegancia de un flâneur; asimilando el paisaje urbano con una mezcla de regocijo estético y suspicacia. A esta hora de la mañana, que es cuando los campanarios de la ciudad empiezan a tronar, Gambardella, hombre de gesto irónico pero sentimental, regresa a su domicilio situado a pocos metros del Coliseo. Desde allí, tiene la perspectiva suficiente para escudriñar la ciudad en su totalidad.

La mirada de Gambardella es, en cierto modo, altiva; como si en el fondo, esta privilegiada posición geográfica le otorgara la capacidad de un juicio más objetivo. Sentado sobre un sillón de orejas, Gambardella derrocha lucidez de pensamiento mientras se fuma el último cigarrillo dejando gotear un recuerdo impregnado de tibia melancolía. Todo alrededor de este escritor que nunca escribe se desmorona, pero ya conocemos la paradigmática belleza que contienen las ruinas. El Coliseo, último reducto del espíritu consumado, no es más que la representación de un clima que pide a gritos renovarse; pasar página. El espíritu del tiempo debe ser dinamitado. Los antiguos valores, los caminos trazados, la señalización que hasta ahora nos ha servido de guía, han quedado obsoletos.

La gran belleza

Esta desintegración se expresa también a través del cuerpo. Serena Grandi, otrora mito erótico de la Italia pentapartita, objetivación de la mujer tetuda y lozana, aparece en la película de Sorrentino metamorfoseada en monstruo de las profundidades. Grandi es, junto al Coliseo, la otra prueba viviente de la decrepitud. Existe en ella la galopante necesidad de sobreponerse a la catástrofe. Grandi, del mismo modo que el mundo al cual pertenece, cree que puede salvarse de la inundación a base de liftings y cocaína. Si concebimos la vida como un enorme telar, los personajes de La Grande Bellezza miran hacia atrás descubriendo vastos territorios de pliegues ya tejidos. En este sentido, tienen más pasado que futuro. Su mirada es retrospectiva y, por lo tanto, doliente por la conciencia de lo perdido. A lo mejor por eso, Gambardella recurre una y otra vez al recuerdo de los amores primigenios.

Al otro lado de los Alpes, y zigzagueando por las calles de Berlín, nos topamos con Niko Fischer; rostro opuesto del espíritu. El protagonista de Oh Boy (Jan Ole Gerster, 2011), a diferencia de aquellos que habitan el variopinto mundo romano, tiene más futuro que pasado. Su telar no está, ni de lejos, tejido. Fischer, al contrario que Gambardella, ni siquiera tiene la posibilidad de ampararse en la nostalgia; único refugio para aquellos que no creen en el futuro. Este estudiante de Derecho tampoco alcanza a resguardarse bajo el recuerdo de los paraísos perdidos porque, para su generación, el amor es líquido. El afecto en la sociedad de las redes sociales se presenta como un tipo de vínculo basado en la fragilidad. Por eso, el film de Gerster se inicia con una secuencia en la que vemos a Fischer romper relaciones con una chica cualquiera, a la que no quiere, cuyos abrazos no dejarán la más mínima huella en él.

Oh Boy

La ruptura, sin ser un acontecimiento relevante dentro de la película, significa el detonante a partir del cual, las andanzas del protagonista se convierten en un ir y venir del carajo. Fischer está desprovisto de ruinas pero también de proyectos. Su existencia, gris y anodina, se limita a vivir un presente que parece estancarse en las aguas de la imposibilidad. Fischer, como sujeto último de la postmodernidad, es incapaz de desarrollarse. Los cimientos del viejo mundo se han venido abajo; no se trata ya de recrearse en la melancolía de los mundos perdidos. Fischer, a diferencia del aburguesado Jep Gambardella, se ve en la obligación trazar un plan. Debe hacer algo si no quiere terminar esquinado en la barra de cualquier bar del Kreuzberg.

Por otro lado, las referencias al Travis Bickle de Taxi Driver (Martin Scorsese, 1976), vehiculizadas a través del aspirante a actor que interpreta Marc Hosemann, resultan significativas por cuanto de parecido clima existencial comparte ésta con la cinta de Gerster. Travis, del mismo modo que Niko Fischer, brujulea por una ciudad cuyos patios traseros resultan sórdidos, tristes y desamparados. No obstante, la película del realizador alemán, aun desesperanzada, se nutre de un melancólico sentido del humor que nunca asoma en el Nueva York de Scorsese. Probablemente sea éste, uno de los rasgos que comparten el bueno de Gambardella (Perro viejo) y el aprendiz, saqueado de sueños, Niko Fischer. Ambos se pasean por el mundo con una mirada de derrota, cinismo y luz sentimental. Gambardella, aún en medio del estruendo, la cháchara y el ruido de una charanga moderna, tiene espacio para la postura poética. Los travellings ralentizados de Sorrentino, sacan a su protagonista del mundo terreno elevándolo a las alturas de lo omnicomprensivo. Gambardella es, digámoslo de una vez, un genio sensible en medio de un solar repleto de seres perdidos.

El viaje inverso

Un fantasma recorre Europa. Se trata del fantasma del desconcierto, la desilusión y el descreimiento. Prueba de ello son los viajes a la inversa. Tránsitos en los que, de manera aparente, se produce una regresión del más al menos. Nos ayudará otro ejemplo ilustrativo: Los inútiles (I Vitelloni, Federico Fellini, 1953). Moraldo, el personaje encarnado por Franco Interlenghi, hace examen de conciencia sopesando las posibilidades que un joven de provincias, tiene en un pueblecito de la Italia de posguerra. Moraldo sabe que de seguir a rajatabla la rutina, su vida, la única forma de existencia que conoce, puede quedar reducida al embrutecimiento. Solo hay un camino trazado, de menos a más, y ése no es otro que el de los raíles de una vía que dibujan su trayectoria dirección Roma. Pero Roma puede ser intercambiable por cualquier otra ciudad. Roma es la representación del final. De la reconciliación y del sentido. El lugar donde se anudan bien los trazos desmarcados.

Los inútiles

Cuando todavía el amanecer no se atreve a romper la cáscara tibia y derrotada de la noche, Moraldo hace el petate y sube al tren que lo sitúe en el andén de los proyectos y los sueños. En este sentido, Moraldo, aunque entristecido por todo lo que deja atrás, sabe bien dónde apuntar. Es la antítesis de Fischer, cuyo devenir se desarrolla en un tiempo donde las crisis existenciales parecen haberse puesto de moda. La diferencia entre Moraldo y Niko, reside en la sujeción. El primero sabe de las dificultades implícitas pero reconoce la recompensa. Fischer, por el contrario, no tiene esa capacidad para vislumbrar la meta. Es posible que no sea un problema de visión. Quizá, es que esa meta no era más que una ficción, un espejismo que, si alguna vez existió, de ésta, hoy no quedan más que las sombras.

Este descubrimiento lo encarna Romano, el personaje interpretado Carlo Verdone en la cinta de Sorrentino. Romano podría ser un trasunto de Moraldo. La consecuencia del viaje ordinario. Romano como un Moraldo maduro y lúcido; lleno de sabiduría pero lastrado por fatigas y decepciones. El mejor amigo de Gambardella le confiesa a éste, en una de las secuencias más bellas de la película, que se marcha. Regresa al pueblo, con su madre; Roma, horizonte donde habita el sentido, hace ya tiempo que dejó de ser la gran urbe en la que construir espíritus. Roma, del mismo modo que Berlín, Londres o Madrid, es hoy, tanto para el que empieza como para el que acaba, poco más que un fraude. Por eso Romano dispone lo necesario para realizar el viaje inverso. Moraldo vuelve a las raíces. Esta vez, el tren, parte de la gran ciudad a la pequeña población de provincias. Romano es Moraldo que se ha hecho viejo y ya no tiene las fuerzas de juventud para jugar al autoengaño.

La gran belleza

Niko Fischer, Moraldo y Romano representan la hipostasis de la desorientación y el desencanto. La encarnación de una personalidad que, a buen seguro, estaría dispuesta a dejarse llevar por el romanticismo, la creación y la belleza del amor erótico. No obstante, y de esto el bueno de Gambardella sabe la tira, en Roma, Madrid, o Berlín, ya no queda aire ni espacio para la espiritualidad. Lo profano se ha tragado definitivamente a lo sagrado. No se trata de establecer una dictadura de lo sacro, naturalmente, también debe quedar espacio para el esparcimiento y la música estrepitosa. Debemos conservar esa dedicación de fin de semana consistente en olvidarse de uno mismo. Jep lo sabe, por eso no se pierde ninguna de las celebraciones que devastan las terrazas de Roma.

Éste es, pensamos, el espíritu de nuestro tiempo. Zeitgeist que no es otra cosa que una fábrica de individuos desnortados. Ricos o pobres, italianos o alemanes, la crisis del nuevo siglo impregna el arte y, de paso el cine, devolviéndonos el reflejo de todo aquello tan difícilmente expresable a través del lenguaje. Solo un poema, una mirada o un plano cinematográfico tienen la capacidad de hablar acerca de lo inefable. Por eso el último filme de Paolo Sorrentino ha resultado un éxito de crítica y público. Porque sin necesidad de una trama al uso, las andanzas de Jep Gambardella nos parecen familiares y cercanas. El espíritu se despliega ante nuestras narices dejándonos boquiabiertos y conmovidos. A fin de cuentas, eso que le sucede a Niko Fischer, se parece mucho a todas esas peripecias que me ocurren a mí.

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