El amanecer del planeta de los simios

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La legitimidad de la especie

En la perpetua búsqueda del reciclaje fílmico que practican los grandes estudios, las sagas de antaño, pasadas, eso sí, por el filtro de los nuevos tiempos, se han convertido en la gran esperanza blanca del mañana. Bien construyendo sobre ellas, bien sentando las bases que conducirán a las mismas, se ha alcanzado un punto de difícil retorno en que la marca engloba y fagocita, en la mayoría de los casos, cualquier rastro posible de personalidad cinematográfica.

La cinta de Matt Reeves –que funciona como secuela a El origen del planeta de los simios (2011) y como precuela al clásico de 1968 y todas las aproximaciones posteriores a éste– presenta aparentemente todas las características de la marca pero, gracias a la pericia de su director, sabe escapar muy sabiamente a ellas. El estudio de la civilización primate focaliza la atención de la trama, el humano casi reducido a mera variable, si bien necesaria, para el impulso del conflicto en la historia.

Amanecer

Así, y junto a Reeves, son Andy Serkis y los suyos los verdaderos responsables del éxito cinematográfico del filme. Si el realizador asume la responsabilidad de que bajo el torrente visual de la cinta se perciba una inquietud por hacer de ésta una experiencia narrativa con significado, cabría culpar a los segundos de insuflar sustancia a los primates del título. Al igual que Caesar se erige como líder de la revolución simiesca, Serkis es el referente indiscutible de la cada vez más en boga técnica de captura de movimiento. El debate sobre las difusas fronteras entre actuación y creación digital, lejos de cerrarse, sigue encontrando nuevos y sugerentes frentes hacia los que abrirse. El más evidente, el que para el personaje de Koba hayan buscado en esta ocasión a un actor, Toby Kebbell –el Liam del futuro distópico de uno de los episodios de Black Mirror (2011)–, en oposición a un especialista de captura de movimiento. La revelación de que incluso cuando la técnica se utiliza para dar vida a unos simios incorpora verdadero talento actoral confirma la legitimidad de la misma. Y si en la anterior el personaje de Caesar se adueñaba de los mejores momentos de la película, ahora habría que aplaudir la extraordinaria creación, en el papel y a nivel de la historia, que supone el personaje y sobre todo gran villano que es Koba.

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