Hermosa juventud: De Oslo a Nueva York

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Algo que poder contar

Sólo hemos vivido lo que está registrado en las fotos de nuestro teléfono móvil. O así parece señalarlo Hermosa juventud en dos de sus grandes, maravillosas elipsis, en las que la noción del tiempo se mide por la cantidad de imágenes almacenadas.

Natalia y Carlos no tienen trabajo y las pocas perspectivas de llegar a tenerlo algún día son desesperanzadoras. Pero ambos tienen, sin embargo, un móvil de última generación desde el que poder registrar ese permanente estado de cambio de la vida, que parece esquivo a ojos de lo cotidiano. En la era de la comunicación y el imperio de las redes sociales, ¿qué importancia tiene el acontecimiento vivido si no es para exhibirlo ante los demás?

Hermosa juventud

La puesta en escena de Hermosa juventud es rotunda: sólo existe la imagen del aparato, las imágenes que se deslizan, o el videojuego que discurre en segundo plano mientras se sucede, a cuentagotas, una conversación de chat entre la pareja. Los personajes han desaparecido del plano y ya sólo nos encontramos con ese reflejo de lo real que son las fotografías, paradójicamente el único objeto capaz de convertir lo que han vivido en algo creíble, algo real, algo que poder lucir.

Natalia y Carlos han terminado por pensar en salir del país como el gran sueño, la utopía de conseguir el ansiado trabajo y un nivel de vida que les permita escapar de su realidad. Miran hacia Europa, hacia esos países donde aún existe aquello del estado del bienestar, ahora convertido en trinchera. Para ellos, tocar Europa es tocar también la felicidad.

Pero el cine nos ha mostrado la otra cara de la moneda: observando un filme como Oslo, 31 de agosto, se diría que aquellos que parecen tenerlo todo no son menos infelices. Les rodean otras inquietudes, lejanas al miedo de padecer una vida llena de miserias, pero la sensación de que algo se escapa llena también la atmósfera de sus planos. Mientras Natalia no es feliz porque piensa que la felicidad se encuentra en aquellos países remotos, los que ya lo habitan han descubierto que la felicidad es un terreno esquivo, que a la incertidumbre laboral le siguen otras inquietudes y que la esclavitud a la que nos sometió contar lo felices que somos a través de Internet convierte en infelices al resto y a nosotros no nos hace sentir mejor.

Oslo, 31 de agosto - Frances Ha

Oslo, 31 de agosto (Joachim Trier, 2011) es una película importante en ese sentido, quizá de manera involuntaria: el momento de auténtica felicidad que vive Anders no puede registrarse en una fotografía, tal vez no puede siquiera contarse. Ese instante vive en una mirada, en las primeras horas de un amanecer, en la sensación de haber salido por fin del círculo. Algo que por fin escapa a las palabras. Ese descubrimiento fascina y asusta al mismo tiempo. Para volver a alcanzar ese momento quizás haya que abandonarlo todo y, para Anders, esa relevación resulta definitiva: para escapar de una existencia vacía, estés donde estés, hay que saltar un abismo que parece insalvable. La orilla de los sueños es una utopía no por lo lejana que se encuentra, sino porque esos sueños ya se han desvanecido.

Tal vez la única forma de sobrevivir sea la de Frances Ha (Noah Baumbach, 2012), que se enfrenta al mundo desde una mirada que recuerda a la infancia. La irresponsabilidad se disfraza de optimismo y se confunde despreocupación con libertad. Los problemas se combaten bailando, o huyendo de ellos al lugar más lejano posible. ¿Volver a mirar a la infancia es un signo de inmadurez, o es el último refugio que nos queda? Al menos Frances vive todo ese período de inquietudes con una sonrisa en el rostro.

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