La chica del 14 de julio

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Un DeLorean por los Campos Elíseos

A diferencia de nuestro santo país, donde en la actualidad para un considerable sector político y de la población tan sólo se trata de un problema que disuadir hasta reducirlo a su mínima expresión, tanto es así que ya ni intentan salir en las fotos para evitar quedar retratados, en Francia el cine ha sido un asunto de estado inamovible a lo largo de su historia reciente. Una postura coherente con la defensa de su patrimonio cultural, no en vano se podría decir el invento es suyo, que hoy en día se prolonga y recoge sus frutos gracias a la existencia de películas libérrimas como La chica del 14 de julio (2013), el sorprendente debut en el largometraje de Antonin Peretjatko, que pese a su capacidad indómita para alejarse de lo establecido, no podría entenderse sin la influencia de una numerosa pléyade de cineastas que otrora cambiaron el rumbo del cine francés, y por ende de lo que entendemos por cine moderno. Aquí, en cambio, el poder influyente lo contamos por ministros o presidentes de la Academia, antiguallas más que otra cosa.

La chica del 14 de julio

Peretjatko, y nosotros con él, está convencido de que para intentar cambiar el cine primero hay que cambiar el mundo, o al menos la manera en la que aparentemente está construido, alterando los códigos desde los que lo interpretamos. Ya desde sus títulos de crédito, que a cámara rápida ridiculizan a Sarkozy y Hollande durante los actos del 14 de julio, día de la Fiesta Nacional de Francia, la distópica sátira política de su argumento se presenta como un lugar tan poco habitable como nuestra realidad (igual de cruel y desesperada, aunque sin gracia), pero también uno más inconsciente en el que poder dar rienda suelta a los placeres de la vida y la comedia. Un viaje en coche a la playa con dos chicas, un libro para aprender a ligar y beber una botella de champán conduciendo antes de que acabe el verano más corto de la historia. No sin acidez, el guión incide en un humor burlesco de la sociedad gala, que más allá de sus resortes disparatados, las guillotinas siempre andan acechando, provoca una necesidad imperiosa frente a esta crisis, la de una juventud necesitada de saltar por la ventana sin hacerse un rasguño siempre que haga falta.

Entre el hueco que deja la icónica imagen de Jean Seberg repartiendo el Herald Tribune por las calles de París, hasta Vimala Pons vendiendo guillotinas de juguete desfilando junto a los tanques de las tropas francesas, quizá encontraremos una entrada a ese museo invisible e inabarcable del que surge una propuesta tan deshinibida y feroz como La chica del 14 de julio, especialmente a la hora de absorber y negar al mismo tiempo sus referentes. Porque aunque lo disfrutemos, seríamos probablemente injustos tratando de establecer una fórmula por medio de la que llegar a la esencia del film. De Top Secret (Jim Abrahams, David Zucker, Jerry Zucker, 1984) al trabajo del espacio y el color de Tati, pasando por el Godard de Weekend (1967). Pero también Adieu Philippine (Jacques Rozier, 1962) y el Godard de Pierrot el loco (1965). Si al maravilloso Doctor Placenta lo interpreta Leslie Nielsen tampoco cambiaría nada, incluso se permite que los gags más surrealistas crucen Una noche en la ópera (Sam Wood, 1936) con Porky’s (Bob Clark, 1982). Pero en eso nunca consistió únicamente el juego de Peretjako, que por medio de brillantes digresiones narrativas, pero también algunas arriesgadas apuestas formales, como el instante en el que arrojan la maletas al coche o la secuencia final en la fiesta, detiene el relato con la extraordinaria habilidad de viajar en el espacio-tiempo de una comedia insólita hasta en su desarrollo, que por estar dispuesta a reírse de su época, nos regala la sensación tan placentera de creer haber visto circulando por los Campos Elíseos un DeLorean.

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