Open Windows

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Narrativa píxel

Que la razón de ser de Open Windows (Nacho Vigalondo, 2014) dependa de que la totalidad de la película transcurra a través de la pantalla de un ordenador portátil, no supone simplemente un llamativo atractivo formal de cara al espectador, ni tampoco puede considerarse un quebradero de cabeza gratuito de su director, sino todo un estimulante logro por aplicarlo en su integridad. En demasiadas ocasiones al límite del punto de vista del propio formato, así como de la verosimilitud del guión, el enorme mérito de su perspectiva surge de la necesidad por trasladar los mecanismos narrativos más elementales a la pantalla, simulando una narración imposible entre ventanas digitales, como en la página de un cómic en el que todas las viñetas están sucediéndose a la vez.

Precisamente, las palabras simulación o simulacro van intrínsecamente ligadas a la propuesta de Vigalondo, tanto en los giros de guión, en el acabado visual y sonoro, como incluso en su propio objeto-cine, ya que por su condición de thriller tecnológico, el ordenador portátil está obligado a mantenerse permanentemente unido a su personaje principal. Aunque, como decíamos, esta decisión obliga satisfactoriamente a la narración a desenvolverse mediante el zoom digital como panorámica dentro la pantalla, así como de las múltiples pantallas abiertas que hay en su interior. Pero al contrario de lo que nuestros sentidos podrían dictarnos, esta no trata de imitar el fugaz movimiento ocular, sino el de una cámara imperceptible dentro del propio fichero, en busca de una narrativa del píxel, cuya entidad se hace cada vez más presente -y se desconfigura al mismo tiempo- en cuanto la imagen quiere acercarse en mayor volumen e intensidad a esos cuerpos cuya física es inexistente, tan sólo un reflejo en la red.

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Como director, pero también como cinéfilo, Vigalondo se sabe consciente de que aunque su película no deje de transitar por una probable historia del cine, él debe añadir su propia muesca. Ya desde su metacinematográfico inicio, se nos presentan huellas de las películas que ha asimilado y que por ello evita repetir al mismo tiempo. El personaje de Elijah Wood, un joven que administra un blog de fans de una conocida actriz, captura la pantalla cada vez que  ésta, interpretada por Sasha Grey en un papel repleto de dobles lecturas, aparece en el tráiler que abre el film. En repetidas ocasiones, la captura de pantalla queda registrada por el sonido, pero también por la breve congelación de la imagen en blanco y negro. Un recurso que en su reiteración cita abiertamente a Blow-Up (Michelangelo Antonioni, 1966) y a la fascinación que provoca a su protagonista el revelado de las fotografías en blanco y negro, su observación y aumento, así como lo que toda imagen esconde de la realidad, hacia lo abstracto.

Con esa resonancia latente y cargada de magnetismo, las similitudes comienzan a fraguarse por caminos dispares, desenvolviendo una trama voyerista por medio de evidentes recursos hitchcockianos, no tan fundamentales a la hora de definir la habilidad de la propuesta como se ha anunciado, pero que están presentes a cada instante: La mirada indiscreta a través de la ventana (o de todas ellas), la trama del falso culpable, su correspondiente huída con la muerte en los talones e incluso el nano-saco de patatas, que se ajustan a las necesidades precisas para hacer avanzar la acción, que llegado un momento hasta incorpora el lenguaje de los videojuegos en primera persona y a plano secuencia, añadido definitivo acorde a su intento por abordar una experiencia audiovisual actualizada y completa.

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Con el precedente todavía por igualar que supone Timecode (Mike Figgis, 2000), Vigalondo renuncia a establecer una pantalla dividida fija en cuatro partes como tótem narrativo por el que confluyan simultáneamente sus diversas pantallas, en todo caso lo utiliza como recurso dramático en determinados momentos, otorgando a su película una personalidad propia que va más allá del ejercicio de estilo por medio de la multiplicidad de pantallas -su trabajo en ese sentido queda lejos de la sensibilidad de De Palma al respecto- y apunta a una futura (presente) concepción de la imagen como un ente participativo y constantemente alterable, superpuesto en espacio y tiempo, por lo que integra el material found footage a su discurso. Quizá debido a ello tampoco incide en su transcurso a tiempo real, pero en cambio a Vigalondo le sorprenderá saber que Open Windows coincide en una de sus argucias tecnológicas con la nueva temporada de 24, Live Another Day, una serie demasiado a menudo desconsiderada pero que resulta clave para fundamentar la integración digital del lenguaje a tiempo real y sus posibilidades narrativas. En todo caso, el tiempo real sigue sin ser una meta, aunque en determinado momento se vuelva contrarreloj, sino una constante que aparece en el fondo de escritorio o en los comandos de algunas ventanas, pero que no marca los tiempos de la narración, estableciendo una concepción líquida de nuestra manera de navegar por la red.

Pero más allá de sus referencias, si hay un quiebro al futuro de la tecnología y al pasado del cine que sitúan el film en la sugerente frontera entre el thriller y la ciencia ficción, no es otro que su arriesgada concepción visual por la que el píxel futurista cobra borrosa forma tridimensional alrededor de los sensores de las cámaras. Sirviendo en un primer momento como atractiva y sofisticada herramienta para las secuencias de acción, concluye albergando una suerte de poética pixelada para héroes sin rostro, tiempo ni lugar, una solución estética afortunadamente abstracta y difusa, inherente a esta era digital que tan sólo acabamos de comenzar.

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En definitiva, el píxel conduce a una narración de arquetipos reconstruidos digitalmente, fácilmente identificables, modificables y hasta desmontables por exigencias del guión, pero también en su proceso nos niega una imagen nítida de la realidad, de nuestro propio relato, dividido, aún por configurar. Seguramente sea pronto para calibrar los méritos de Open Windows, que junto a otra imprescindible película española estrenada este año, El futuro (Luis López Carrasco, 2013), nos ofrece alimento (o carne de cañón) para hacernos debatir alrededor de nuestro tiempo en relación a su dispositivo. Ambas provocan una simulación de lo real desde un carácter nítidamente opuesto, del analógico a lo digital, de lo concreto al género, pero no en vano comparten incertidumbres, procesos y agujeros negros temporales. Mientras tanto, el futuro de Nacho Vigalondo sigue en desarrollo, que no es poco.

2 Comments

  • Olvidas por completo comentar lo más importante de una película: la construcción de la historia, la trama y los personajes. Creo que sólo mencionas los aspectos supuestamente rompedores y arriesgados de la película, pero si toda esta vanguardia audiovisual se sostiene en unos pilares completamente inexistentes no hay nada que defender. Vigalondo se ha preocupado demasiado de llevar un paso adelante el lenguaje cinematográfico, pero ha olvidado lo más importante: la verosimilitud de la historia. Queda bien compararlo con Hitchcock y Antonioni pero resulta osado compararlo con estos maestros de la narración. Debería aprender a contar historias y a amocionar como lo hacían ellos y luego dedicarse a innovar o a plantear nuevas posibilidades para el cine. A mi parecer Open Windows es un completo fiasco de principio a fin. Una película que haría enrojecer a cualquier estudiante de secundaria al que le hayan explicado los principios básicos de una narración. Repleta de giros injustificados, de socavones de guión, de incoherencias narrativas y con unos personajes de cartón piedra que convierten a Espinete en un icono del humanismo. Vuestro enfoque es completamente parcial, simplista y reduccionista. Deberíais valorar la película en su totalidad prestando atención a aspectos importantísimos de la narración fílmica, como la nula solidez del guión o de sus personajes.

    • A Hitchcock se le acusó siempre de lo inverosímil de sus historias, de hecho, incluso acabó haciendo de ello uno de sus puntos fuertes. Me sorprende que lo pongas como ejemplo de narrativa sólida. Igual que a Antonioni, que derivó su trayectoria a otros niveles. Y no quiero usarlos como referentes gratuitos ni mucho menos como equivalentes de Vigalondo, pero me interesaba rastrear las huellas históricas que recoge. Por otro lado, comprendo tus diferencias con la película, pero aunque no lo creas intento valorar Open Windows en su totalidad, certifico los problema del guión, es especial de sus giros finales, pero desde lo específico, aportando mi filtro, o estaríamos repitiendo todos lo mismo. Como crítico la propuesta me interesa en lo formal, me parecería un error aplicar un análisis clásico o de guión a una película que pone por encima de todo su apartado visual, de ahí que lo que creas que es parcial y reduccionista, realmente pone el foco en lo que creo es importante, no todas las películas son iguales y no todas las críticas tampoco pueden serlo. Gracias por comentar, un saludo.

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