Festival de Locarno 2014 (II): La princesa de Francia (Matías Piñeiro), La sapienza (Eugène Green), Dancing Arabs (Eran Riklis)

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Sinfonías para trabajos de amor perdidos

El Festival de Locarno es conocido en todo el mundo por un lugar icónico, la Piazza Grande y sus proyecciones al aire libre, pero durante estos días para los asistentes también es reconocible por un rostro amigo, el del director artístico del festival, Carlo Chatrain, que además de introducir al público las películas de Piazza Grande, presenta con agradable cercanía e inteligencia la programación diaria. Según sus palabras, fue una idea muy consciente que la sección oficial a concurso diera comienzo con la película más larga y la más breve del festival -que no son otras que las de Lav Díaz y Matías Piñeiro, 338 y 70 minutos respectivamente-, una decisión de la que interpretar que esta diferencia de metraje no es un problema para su convivencia, que en el cine y en Locarno no se cuestiona la importancia de cada película por su duración. No le faltaba razón en su apuesta, con La princesa de Francia Matías Piñeiro nos regala una brevísima y deliciosa comedia con el arte y el amor como telón de fondo, dos temas que marcaron la segunda jornada, completada con La sapienza (Eugène Green) y Dancing Arabs (Eran Riklis).

La princesa de Francia (Matías Piñeiro)

La princesa de Francia (Matías Piñeiro) – Concorso internazionale

Trabajos de amor perdidos es la obra de Shakespeare de la que Matías Piñeiro (Viola, 2012) se nutre en esta ocasión. Porque además de interpretarla, también la usa de extraordinario Macguffin para llevar a cabo una personalísima comedia sentimental, que es tanto una historia de amor(es) como un juego intelectual con el lenguaje y sus convenciones. La princesa de Francia vuelve a demostrar la extraordinaria habilidad de Piñeiro para partir desde un material a priori limitado, la obra de Shakespeare, hasta configurar un encantador estilo propio. Su destreza en los diálogos y en cada meta-giro del guión sacan a relucir a un autor que no renuncia a hablar explícita y cálidamente de los conflictos amorosos de su protagonista, un joven que a su regreso a Buenos Aires reúne a las cuatro mujeres que se cruzaron por su vida para la grabación de un audio-teatro de la citada Trabajos de amor de perdidos, sino la decisión de hacer de estos conflictos personales simples partes intercambiables de un truco en el que el arte, la literatura y el teatro son las claves para descifrarlo.

La princesa de Francia comienza con la introducción en off a la obra y una sinfonía de Schumann. Los títulos de crédito se suceden con el fondo puesto en un partido de fútbol 5 de final inesperado, para a continuación invitarnos -como si la vida se tratara de una enorme bambalina, de qué si no estaríamos hablando- a una obra de teatro en la que la representación se encuentra en el anfiteatro. Con esta clase de gestos Piñeiro demuestra brillantemente que cada reminiscencia teatral le otorga una oportunidad para traspasar lo establecido cinematográficamente hablando. A la hora de la verdad no hay diferencia entre un colchón compartido y el interior del Museo Nacional de Bellas Artes de Buenos Aires, donde los hermosos cuerpos de las mujeres de los cuadros de Bouguereau se apoderan de la imagen mientras los diálogos sobre antiguos romances se suceden sin solución de continuidad. Las situaciones cambian para estar igual, por momentos parece que estamos atrapados como Isabelle Huppert en una película de Hong Sang-Soo, pero lo entendemos todo sin leer los subtítulos. O eso creemos, porque como a su protagonista, nos encantaría regresar a nuestros recuerdos en busca de los versos perfectos para tratar de cambiar la historia, como cuando uno vuelve atrás las páginas de un libro, ya sea de Shakespeare, de Lorca o de aquellos de elige tu propia aventura, solo que los títulos de crédito siempre llegan antes de alcanzar la página correcta.

La Sapienza (Eugène Green)

La sapienza (Eugène Green) – Concorso internazionale

Evocando la rivalidad entre Borromini y Bernini mediante la relación entre un prestigioso arquitecto suizo y un adolescente italiano que desea estudiar arquitectura, con La sapienza Eugène Green realiza un bello trabajo de exigente carácter visual, por medio de una rígida puesta en escena que se hace presente desde la primera hasta la última secuencia, como no podría ser de otra manera en una película en la que el arte, y más concretamente la arquitectura residen en el centro. La de Green es una propuesta distinta y sugerente más allá de todo lo que pueda decir una sinopsis, en especial gracias a un estilo artificioso que remite a Kaurismäki en el tono frío y distante de la relación de sus protagonistas, un matrimonio distanciado que cambia tras el cruce casual (o no) con dos jóvenes hermanos, un chico y una chica. Esta última, enferma, recibirá el apoyo de la mujer como a la hija que no pudo ayudar. Mientras tanto, su marido, enseñará las maravillas arquitectónicas de Turín y Roma a un joven del que irónicamente tendrá mucho que aprender.

Mientras el dispositivo establece la fuerte división sobre la manera de ver la vida entre los personajes, filmando sus diálogos mirando a cámara con enfrentados campo-contracampo, cuando la arquitectura toma presencia, la cámara comienza a moverse y dejarse llevar mediante panorámicas para recorrer el espacio y las bóvedas del barroco, como la Iglesia de San Lorenzo de Turín o la Iglesia de San Carlos de las Cuatro Fuentes en Roma. Aún resultando menos fascinante como metáfora vital que cuando juega a convertirse en una lección de arquitectura, La sapienza extrae y lleva a cabo la conclusión de que toda persona, y en especial todo arquitecto, para ser feliz no puede olvidar la luz a la hora de crear un espacio.

Dancing Arabs (Eran Riklis)

Dancing Arabs (Eran Riklis) – Piazza Grande

El día terminaba en la Piazza Grande con la proyección de Dancing Arabs (Eran Riklis), presentada por su director como un deseo de paz hecho película, lanzando un claro mensaje sobre lo acontecido durante las últimas semanas en la franja de Gaza. Además, se produjo la entrega del Leopardo de honor en homenaje al veterano actor alemán Armin Mueller-Stahl (Lola, Promesas del este), que en agradecimiento, en lugar de un speech convencional, realizó una performance a lo Marlon Brando de la que poco podemos decir al respecto por no entender nada de alemán. Salvo una cosa, danke, Armin.

Con una mirada amable sobre los conflictos entre Israel y Palestina desde finales de los setenta a principios de los noventa, Dancing Arabs narra el paso de la infancia a la edad adulta de Eyad, un niño que aún viviendo en una de las conflictivas zonas árabes del interior de Israel, gracias a su inteligencia logra entrar en uno de los institutos más prestigiosos de Jerusalén. Por medio de este contraste el film afronta la segregación racial en un país cuyo 20% de la población es árabe, cuestión por la que muchos árabes cambian de nombre para disimular su condición y encontrar un trabajo. Desafortunadamente, la falta de sutileza y puntería en el retrato generacional -Eyad comenzará a descubrir a Joy Division o Iron Maiden al ritmo que sufre sus primeros desencuentros amorosos con una joven judía- contrasta con las buenas intenciones del conjunto. Aunque al director de Los limoneros (2008) el argumento le ofrezca una oportunidad genuina de reflejar el conflicto, tratando de colocarse en un agradecido término medio entre árabes y judíos, el retrato generacional finalmente transita los lugares comunes más adornados de este tipo de producciones, sin que a su conclusión logre desequilibrar al espectador, conforme con su solvente diseño de producción y un esmerado trabajo actoral sin mayores riesgos ni pretensiones.

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Festival de Locarno - Leopardo de Oro

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